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Presa de una tradición autoritaria múltiple, donde convergen la romantización de los imperios precolombinos, del feudalismo colonial y de las sociedades cerradas (fascistas o comunistas), América Latina tiene una compleja historia en relación a la lucha por la libertad, que poco a poco ha logrado irse abriendo paso entre tanto obstáculo cultural, ideológico y estructural.
A contrapelo de los panegiristas de los sistemas nombrados o de sus derivaciones dictatoriales, varios de los mayores autores de la América hispana distrajeron su pluma de la creación poética o narrativa para dar la batalla de ideas en la segunda mitad del siglo XX, gesta cuya generosa sombra se extiende hasta nuestros días.
Uno de ellos fue el poeta y ensayista mexicano Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura en 1990. Paz comenzó su viaje por las ideas políticas bajo los influjos disímiles de su abuelo liberal y de su padre zapatista, decantándose por una orientación de izquierda que lo llevó a visitar España en defensa de la república. Sin embargo, en plena guerra civil pudo ver cómo el estalinismo perseguía con violencia a otras corrientes, como los anarquistas y trotskistas, convirtiéndose desde entonces en un duro crítico del totalitarismo soviético.
En las décadas siguientes, vendría el distanciamiento con el régimen del PRI (Partido Revolucionario Institucional), hegemónico por entonces en México, cuestionando en particular el extremado presidencialismo y la represión contra los estudiantes.
En evolución desde una postura socialdemócrata hacia lo que se ha llamado un “liberalismo crítico”, Octavio Paz buscó interpretaciones antropológicas para el “laberinto de la soledad”, no sólo mexicano sino latinoamericano.
El segundo hito de este hilo histórico es el de Jorge Luis Borges, a quien Harold Bloom incluyó con justicia entre las figuras capitales de “El canon occidental”. Tras un muy breve sarpullido filo-bolchevique a sus 20 años, cuando pensó en publicar (y felizmente no concretó) un libro que titularía “Los salmos rojos”, celebrando la revolución rusa, Borges fue pasando de una simpatía por la Unión Cívica Radical a un “anarquismo conservador” inspirado en el filósofo Herbert Spencer, proponiendo “un mínimo de Estado y un máximo de individuo”.
Celoso defensor de la cultura hebrea, cuyas concepciones cabalísticas tanto influyeron en su literatura fantástica, Borges sería un crítico feroz del antisemitismo nazi y luego del peronismo, al que vio (con lucidez) como una imitación del fascismo mussoliniano.
Ojalá que podamos aprender de ambos (y de otros como Mario Vargas Llosa y Carlos Rangel) la necesidad de repudiar por igual a los distintos sistemas autoritarios, sin importar si la excusa utilizada por sus caudillos es la igualdad, el orden o el retorno a un pasado imaginario.



