OpiniónEconomía

Antecedentes, consecuencias y perspectivas del nuevo tipo de cambio oficial en Bolivia

Carlos Hugo Barbery Alpire

Economista DAEN. Certified Pricing Professional (CPP).

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El régimen de tipo de cambio fijo mantenido durante casi quince años funcionó como un ancla antiinflacionaria primaria en la economía boliviana. Sin embargo, el deterioro del balance energético, el incremento del gasto público y la caída paulatina de los activos de reserva del Banco Central de Bolivia (BCB) terminaron por erosionar la liquidez en divisas del sistema financiero formal.

La escasez sistemática de dólares en el canal bancario derivó en la fragmentación del mercado cambiario en tres cotizaciones operativas: a) La tasa oficial fija, b) La cotización efectiva para operaciones de comercio exterior sujetas a comisiones bancarias elevadas, y c) La tasa del mercado paralelo o informal, sea dólar físico o virtual. Esta brecha estimuló incentivos perversos como el arbitraje cambiario, la acumulación precautoria de divisas –‘colchon bank’– y la sobrefacturación o subfacturación comercial –según sea el caso o el momento–.

Un punto central radica en cómo la modificación de la paridad oficial impactará en los precios al consumidor y en los costos de reventa y/o de producción industrial, bajo la falacia que éstos ya estaban considerando el tipo de cambio paralelo. Sin embargo, hay que tomar en cuenta tres elementos: Primero, el mecanismo directo por importaciones, dado que ‘sincerar’ del tipo de cambio oficial encarece de manera inmediata la importación legal de insumos, maquinaria, medicamentos y combustibles (en la medida en que la subvención no absorba completamente la diferencia). Esto incrementa los costos marginales de reventa y/o producción local, aunque como medidas paliativas de corto plazo se hayan reducido aranceles o base de cálculo para liquidación de costos de transporte.

Segundo, el efecto expectativas y fijación de precios en el mercado informal, dado que éste representa gran parte del comercio minorista, ya utilizaba como referencia la cotización del mercado paralelo, la devaluación del tipo de cambio oficial no genera necesariamente un salto proporcional en todos los precios finalistas, pero sí consolida un piso inflacionario más alto y reduce la volatilidad del margen especulativo, en otras palabras este nuevo tipo de cambio oficial, en este punto específico, castiga al formal y por oposición incentiva al informal, con una mayor maniobra para fijar sus precios, pero esto es similar a ‘dispararse’ en el pie, porque ¿Quiénes son contribuyentes?.

En tercer lugar, imprime una distorsión en tasas de descuento y valoración de empresas, ya que el entorno inflacionario y la incertidumbre cambiaria elevan el costo de capital y a su vez la prima por riesgo, dificultando la planificación financiera corporativa y la evaluación de proyectos de inversión a largo plazo.

Dicho eso, este ‘sinceramiento’ del tipo de cambio oficial, busca reducir la distorsión entre ‘oficial y paralelo’. Sin embargo, el problema de fondo no se soluciona únicamente modificando el ‘precio del dólar’. Si no se ataca el origen del desequilibrio —es decir, el déficit fiscal recurrente y la caída de la producción hidrocarburífera—, cualquier ajuste cambiario corre el riesgo de ser absorbido rápidamente sin corregir el problema de liquidez bancaria.

En el corto plazo, un efecto ‘pass-through’ debe analizarse bajo dos dimensiones, por un lado; la estructura real de costos de importación y el componente inercial de expectativas adaptativas. En la práctica, una proporción relevante de la economía informal y comercial ya venía fijando sus precios de reposición en función de un dólar paralelo sensiblemente superior al oficial. Por lo tanto, el traslado a precios de los productos que ya cotizaban a esa tasa marginal no debería ser directo, pues el mercado ya había descontado parte del ajuste.

El mayor riesgo recae en aquellos insumos esenciales, medicamentos y bienes de capital que aún lograban acceder a divisas a la tasa oficializada previa. Para estos sectores, el incremento de costos operativos es directo. Si las empresas no logran absorber este costo mediante eficiencias productivas o reducción de márgenes de utilidad, se traducirá inevitablemente en un traslado al precio que deberá pagar el consumidor final. Ahora bien, para que el ajuste del tipo de cambio oficial cumpla un rol estabilizador, se requiere un programa macroeconómico integral apoyado al menos en tres pilares:

Primero, una consolación fiscal rigurosa, es decir; reducción del gasto público improductivo y racionamiento eficiente de subsidios, alineando los ingresos del Estado con sus egresos reales para disminuir la propensión a la emisión monetaria inorgánica. Segundo, los incentivos y garantías al sector exportador, directamente hacia la liberación de exportaciones, eliminación de trabas burocráticas y esquemas atractivos para la repatriación e ingreso de divisas al sistema bancario formal.

Y, tercero; el restablecimiento de la confianza e institucionalidad, con claridad en las reglas de juego financiero, predictibilidad en la disponibilidad de divisas y comunicación transparente por parte de la autoridad monetaria. Lo contrario se reflejará, por un lado, directamente en la volatilidad que ya lleva un 15% de incremento, y en la nueva ‘brecha cambiaria’ pues un mes antes del 29-jun-26 fecha del nuevo tipo de cambio oficial, era de 42% y se redujo a menos de 2% y al día de hoy, 25-jul-26 ya está en el orden del 5% abriéndose levemente, —ver gráfico ilustrativo— situación no para preocuparse, pero sí para ocuparse.

En conclusión, por un lado, para la autoridad de Estado; la política cambiaria aislada es insuficiente. Se tiene que instituir una coordinación estrecha entre la política fiscal y la monetaria para anclar las expectativas, por otro lado, para el sector empresarial y financiero; es crucial ajustar los modelos de valoración de empresas, proyectar flujos de caja bajo escenarios con volatilidad cambiaria y priorizar la optimización del capital de trabajo, y finalmente, para el consumidor; proteger el poder adquisitivo mediante la racionalización del gasto no esencial y la diversificación precautoria de activos, dirimir entre ‘gusto y gasto’ es crucial para que no haya ‘mucho mes al final del salario’.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo

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Carlos Hugo Barbery Alpire

Economista DAEN. Certified Pricing Professional (CPP).

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