OpiniónEconomía

¿Mente sana aún con cuerpo sano?

Pablo Mendieta Ossio

Economista en el campo de políticas públicas

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En algunos países mayo es el “Mes de concientización sobre la salud mental”. Es una oportunidad para valorar la relevancia de la salud emocional que es un requisito para la vida de calidad.

En décadas pasadas estos temas no eran discutidos probablemente por algunas razones que comparto como hipótesis.

La primera es que el ritmo de vida no era intenso como el que tenemos ahora. La mayor parte de la población mundial vivía en áreas rurales, tenía menos exigencias sociales y la interacción era limitada.

En cambio, hoy nuestros niños tienen que postular para entrar a una guardería y, ni qué decir, un kínder o un colegio. Es más, en algunos países asiáticos esta competencia es feroz y se manifiesta en las edades más tempranas.

Por otra parte, las exigencias económicas han subido cada vez más porque un nivel avanzado de vida requiere varios elementos que van desde vivienda propia, un trabajo o empresa estables, un sistema de salud razonable, entre varios otros. Y para alcanzar ese nivel de vida los medios lícitos son altamente probados, pero tienen resultados modestos, como puede ser la educación y la innovación.

Por ejemplo, no importa en qué colegio o universidad estén nuestros hijos (puede ser público o privado), pero lo que es cierto que es la mejor opción que hemos elegido, pero que viene con una serie de requisitos sobre estilos de vida.

Escuchando al paso distintas conversaciones salta inmediatamente el “problema económico”: la tensión entre los recursos limitados y las “necesidades” ilimitadas; o, queremos mucho, pero tenemos poco.

Parafraseando a un destacado líder cristiano, Rick Warren: compramos bienes que no nos sirven, con dinero que no poseemos, para agradar a gente que no conocemos. En lo personal, eso me hace añorar la tranquilidad que postulaba la espiritualidad franciscana en la que crecí, donde la pobreza es uno de sus votos.

El segundo factor, relacionado con el primero, es que los núcleos familiares han cambiado. Antes teníamos usualmente a “madres a tiempo completo” dedicadas al cuidado y formación de los hijos; y también a padres que se enfocaban en tener mucho tiempo de calidad con sus hijos.

Hoy la vorágine de expectativas y legítimas ansias de superación han hecho que ambos padres estén totalmente dedicados a sus actividades laborales y empresariales. De esa forma, la mayoría de los hijos se crean por sus propios medios y con interacción principalmente virtual.

Un aspecto no menor, es que ese estado de cosas ha derivado en el deterioro de las relaciones maritales, creando núcleos monoparentales y con participación dividida entre progenitores y abuelos.

Y, en tercer lugar, es probable que antes los problemas que existían (tal vez en menor medida que ahora) no se discutían libremente como se lo hace ahora. En décadas anteriores se “ocultaba bajo la alfombra” ésta y otras dificultades como, por ejemplo, el maltrato familiar.

Ojo, que no estoy criticando a los cientos de miles de casos que tienen todas o algunas de estas características (entre las cuales me incluyo). No quiero tener el tufillo de que “todo tiempo pasado fue mejor”.

Pero sí me preocupa que estos tres elementos y otros más estudiados por cientistas sociales sean el caldo de cultivo para un deterioro significativo de la salud mental, que se ha expresado en depresión, ansiedad, bipolaridad, bulimia, codependencia e incluso hasta suicidio. En el ámbito cristiano, este último no se discutió hasta que afectó al hijo del pastor Warren en 2013 generando consciencia al menos en una parte de esa rama.
Para colmo de males de paso el mundo tuvo el experimento social (o natural) más terrible en 2020: la pandemia y sus secuelas.

En lo profesional, una investigación reciente publicada por la Oficina de Investigación Económica de los EE. UU. encuentra que, si la salud mental es tratada en los países en desarrollo, mejorará la capacidad de trabajar de los empleados.

En términos simples, cuidar la salud mental es rentable socialmente; y, sobre todo, éticamente es necesaria.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Pablo Mendieta Ossio

Economista en el campo de políticas públicas

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