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Llevo ya siete días en Nepal y estaré 10 días más en este humilde, pero asombroso país. Primero me asenté en Biratnagar, en la frontera con la India, y ahora estoy en la capital, Katmandú, una ciudad casi tan caótica como fascinante. Tenía pensado, entonces, dedicar esta columna a hablar sobre los retos de la economía nepalesa, que es en lo que he estado pensando intensamente en estos días, pero en nuestro país se ha anunciado con bombos y platillos el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Es, sin duda, un acuerdo importantísimo para Bolivia, así que vale la pena comentarlo. Nepal esperará.
He escuchado a economistas y a políticos celebrar el acuerdo con el FMI y referirse a él como algo muy positivo. He visto al Presidente y sus ministros sacar el pecho orgullosos de lo que consideran un importante logro, no solo de su administración, sino del país. No comparto ese entusiasmo. Aquí no hay nada por lo que sentir orgullo. Lo que hay que sentir es vergüenza. Este es, después de todo, un programa de rescate financiero. Es la soga que alguien te tira cuando estás ya sin aliento y a punto de hundirte. Es la última oportunidad que le da un centro de rehabilitación al alcohólico que ha destrozado su vida, está en la calle y ya no tiene adónde acudir.
A un rescate con el FMI se llega después de haber sido irresponsable y tiravida por mucho tiempo. Lejos de enmarcar el acuerdo y exponerlo en la sala de la casa; por lo tanto, tendríamos que reflexionar muy seriamente cómo fue que caímos tan bajo y cómo no repetir nuestros vicios.
Digamos también que $us 1.900 millones es mucho menos de lo que se venía anunciando. El monto representa unas seis veces el valor de la cuota boliviana en el FMI, pero todos esperábamos un rescate igual a ocho veces esa cuota o, incluso, más (recordemos que el acuerdo con Argentina de 2018, por ejemplo, se hizo por un valor superior a 12 veces la cuota de ese país). Al final, claro, platita es platita, y se la recibe, pero muestra que el FMI no se la está jugando completamente con el país porque probablemente sigue viendo nubarrones importantes en su futuro. Aun así, este acuerdo puede ser una llave maestra que logre liberar fondos provenientes de otros organismos multilaterales hasta llegar a $us 5.000 millones.¿Qué se debería hacer con este dinero?
Pues todo lo contrario a lo que hemos venido haciendo. Esta plata tendría que ser la anestesia que haga más llevadero el salir de nuestros vicios, o la aspirina que permita pasar el chaqui del día siguiente y no tener que ceder a la tentación de seguir tomando. Y entre todos, claro, nuestro peor vicio es el enorme gasto fiscal. La incontenible gastadera del Estado ha producido 12 años consecutivos de déficit fiscal, ha dilapidado las reservas internacionales, ha generado un corralito bancario, ha hecho que el Banco Central imprima sin ton ni son, generando inflación y devaluación, y ha comprometido seriamente la estabilidad macroeconómica.
Sin reducción del gasto no hay estabilidad macro y sin ella no habrá inversiones ni reactivación del aparato productivo. O dejamos de gastar o no hay futuro, con o sin el rescate del FMI.
Pero dejar de gastar duele, produce fuerte resistencia social y es, por lo tanto, muy difícil de llevar adelante políticamente. Para empezar, y solo para empezar, el gobierno debería cerrar empresas públicas (todas), reducir un 30 % de la burocracia estatal y eliminar de una buena vez la subvención a los combustibles, liberando los precios de la gasolina y el diésel (transfiriendo el negocio de importación a los privados). Idealmente, todo esto debería hacerse de una sola vez utilizando una política de shock. Esto es lo que en los 90 llamaríamos un “paquetazo” de ajuste. La plata del FMI debería ser usada para contrarrestar los efectos sociales del frenazo.
El año pasado, algunos meses antes de las elecciones, visité al famoso economista Arthur Laffer en sus oficinas en Nashville y pasamos un par de horas hablando de Bolivia y de algunas de mis propuestas. Le planteé exactamente el plan de ajuste descrito arriba y me preguntó cómo pensaba lidiar con las protestas sociales que surgirían después de despedir a tantas personas. Mi respuesta fue que el gobierno debería hacer un programa con el BID o el Banco Mundial para ofrecerle a cada trabajador despedido de las empresas públicas o de la burocracia un año entero de sueldo como indemnización. Esto les haría más llevadera la transición hacia el sector privado y reduciría sus incentivos a protestar.
Laffer me miró muy seriamente y me dijo que un año de sueldo no bastaría y había que ofrecerles dos. Su lógica era que no solo había que evitar protestas, sino que había que hacer que el programa de ajuste sea bienvenido, abrazado e incluso impulsado por la clase trabajadora. Dos años de sueldo sin trabajar harían el truco.
Se podría pensar en algo similar para evitar protestas sociales por la liberación completa de los precios de la gasolina y el diésel (y la transferencia completa del negocio de importación de combustibles a privados). Se pueden afinar detalles y decidir si debieran ser uno o dos años de sueldo, pero el punto es que la plata del rescate se use para poder hacer lo verdaderamente importante: la reducción del gasto público.
Otra buena parte del monto que llegue debería ser usado para devolverle la deuda de $us 2.000 millones al sistema financiero y así poder dejar atrás el corralito financiero. Esto recuperaría la confianza y la gente tendría incentivos para dejar sus dólares en la banca e incluso traerlos desde afuera.
Lo que no debería hacerse con estos dólares es usarlos para seguir importando combustibles subsidiados, para seguir cubriendo déficits fiscales o como fondo para estabilizar el tipo de cambio, vendiéndolos o deshaciéndonos de ellos para lograr alguna meta. Hay que recordar que estos dólares son solo un préstamo y no es que los generamos productivamente. Debiéramos comportarnos, entonces, como si no los tuviéramos. Para generar estabilidad cambiaria el Banco Central debería reducir la oferta monetaria de bolivianos, no vender dólares.
El rescate del FMI nos generará una enorme deuda. Es además la última soga que nos tiran y si no la aprovechamos habrá que apagar las luces. Utilicemos la plata, entonces, con la mayor responsabilidad posible. Eso significa reducir el gasto público de forma significativa y sentar las bases institucionales (partiendo por una reforma a la Constitución) para reactivar el aparato productivo. Si no lo hacemos, habremos salido del pozo solo temporalmente y muy pronto nos veremos en los mismos aprietos y encima tremendamente endeudados.
*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo



