Escucha la noticia
Durante años nos acostumbramos a pensar que un dólar estable era sinónimo de una economía tranquila. Ahora que el tipo de cambio es flexible y ha subido, muchas personas temen que dejarlo moverse sea como abrir una jaula: una vez libre, nadie sabría hasta dónde llegará.
Pero quizá la comparación correcta no sea una jaula, sino una olla a presión. Mientras la tapa permanece cerrada, desde afuera parece que todo está bajo control. Sin embargo, la presión sigue aumentando por dentro. Si no existe una válvula, llegará un momento en que la tapa saltará de golpe.
Algo parecido puede ocurrir con el tipo de cambio. Cuando faltan dólares, pero su precio oficial permanece fijo, el problema no desaparece. Se manifiesta de otras formas: mercados paralelos, menos importaciones, menor producción y pérdida de reservas.
Usando una analogía: si llegan pocos tomates y muchas personas quieren comprarlos, el precio sube. Podemos colocar un cartel ordenando que el tomate cueste menos, pero eso no hará aparecer más tomates. Provocará filas, ventas escondidas o que el producto simplemente desaparezca.
Con el dólar sucede algo parecido. Un tipo de cambio flexible permite que su precio refleje mejor cuántas divisas entran y cuántas salen del país.
¿Por qué podría ser mejor?
Primero, porque permite corregir los desequilibrios más rápido. Los estudios sobre América Latina muestran que los tipos de cambio fijos pueden ocultar durante más tiempo una moneda sobrevaluada. Es como seguir usando una balanza mal calibrada: muestra siempre el mismo peso, aunque la realidad haya cambiado.
Segundo, porque ayuda a absorber los golpes externos. Bolivia depende de la venta de materias primas. Si los precios internacionales caen o ingresan menos dólares, la economía debe ajustarse de alguna manera.
Con un tipo fijo, el ajuste suele recaer sobre las reservas, el empleo, la inversión y la producción. Con uno flexible, parte del golpe se absorbe mediante el precio del dólar.
La analogía sería la de un automóvil. Los amortiguadores no eliminan los baches, pero evitan que todo el golpe llegue directamente a los pasajeros. El tipo de cambio puede cumplir una función similar frente a las turbulencias externas.
Tercero, una depreciación ordenada puede favorecer a quienes exportan y a quienes compiten con productos importados. Si nuestros bienes se vuelven relativamente más baratos para el exterior, venderlos puede ser más atractivo. Y si los productos extranjeros se encarecen, algunas empresas nacionales pueden recuperar espacio.
No es magia. Tampoco significa que todo lo importado pueda reemplazarse de inmediato. Pero ayuda a mover la economía en la dirección correcta.
Cuarto, permite cuidar mejor las reservas internacionales. Defender indefinidamente un precio que ya no corresponde a la realidad es como usar el agua de un tanque para mantener verde un jardín en plena sequía. Por un tiempo funcionará. El problema aparece cuando el tanque se vacía. Las reservas deben servir para emergencias, no para sostener eternamente una cotización artificial.
Aclaro algo importante: flexibilidad no significa improvisación. Una mala flotación puede convertirse en caída libre. Si el déficit fiscal sigue elevado, si el Banco Central pierde credibilidad o si existe temor generalizado, el tipo de cambio puede subir más de lo necesario.
Por eso la salida no consiste solamente en mover el precio del dólar. Se requiere un plan completo y creíble.
Los siguientes pasos son imprescindibles: avanzar hacia una verdadera independencia monetaria, construir capacidades técnicas dentro del Banco Central, desarrollar instrumentos de cobertura para que empresas y personas puedan protegerse de las variaciones cambiarias y transitar gradualmente hacia un régimen de metas de inflación.
El objetivo final no debe ser simplemente que el dólar deje de estar fijo, sino que Bolivia tenga una política monetaria moderna, confiable y capaz de preservar el valor del dinero. Flotar no es quedar a la deriva; es aprender a navegar.



