Escucha la noticia
Cuesta aclararle a la gente boliviana que el 1 de noviembre no es día de los muertos, es Todos Santos y, al día siguiente, el 2, es recién el Día de los muertos. Esto tiene una importancia vital para mí, pues soy t’anta wawa y no calaca; es decir, nací el 1 y no el 2. Pero aquí, dale y dale, todos creen que el 1 es la celebración de los difuntos.
Cuesta trabajo también aclararles que ambos días –el 1 y el 2– no son lo mismo. La confusión surge porque las almas llegan a mediodía del 1, probablemente vía aérea, pues por razones conocidas en Bolivia no podrían llegar en transporte marítimo.
Ellas se van al día siguiente, luego de 24 horas de haber comido y libado todos sus antojos, si no es tiempo de inflación. Cuando los precios suben mucho, los vivos –me refiero a los de esta tierra– no pueden poner en la mesa todos los gustos de los muertos.
Por ejemplo, en este año muchos se cuidarán de poner platos con papa o con huevo, pues están carísimos; les harán chuflay sin limón porque un mini limón cuesta un boliviano. Además, todas las almas comerán productos de importación porque Bolivia, a pesar del proceso de cambio, no tiene soberanía alimentaria e importa todo de los países limítrofes: papa, palta, chirimoya, tomates peruanos, y frutas “zonzas” sin sabor de Chile y Argentina, como duraznos o ciruelos que no saben a nada.
Insisto en la aclaración para los confundidos: el 1 es Todos Santos y no el Día de los muertos. La tradición no es igual en todos los países. Por ejemplo, en México el 1 es el Día de los muertos chiquitos –no de los petizos, sino de los niños– y el 2 es el de los muertos grandes, de los adultos.
Tanto allí como aquí se ponen mesas con las comidas y bebidas que gustaban a las personas que se fueron al más allá; aquí se llama mesa, allí se refieren a las ofrendas. No sé si en este año las familias mexicanas sigan haciendo ofrendas a Juan Gabriel, muerto hace unos años.
En esta época me acuerdo mucho de mi infancia, pues los dos días los dedicábamos, con la tropa de nuestros amigos, a la cual se sumaba mi propio hermano Julio –por quien rezaré otra vez este año, pues Banzer me lo convirtió en difunto– a rezar recorriendo nuestro barrio Villa San Antonio. Pero el barrio se quedaba corto, era muy chico hace 60 años, entonces nos pasábamos también a la frontera de Villa Copacabana y penetrábamos en cementerios y casas del lugar.
Algunas veces nos aventuramos en Miraflores, pero en esa zona nos daban poca paga; en cambio, en las villas eran más generosos con los panes, maicillos, bizcochuelos y otras masitas. Rezábamos preferentemente en casas y no en cementerios.
El pago para los mayores era comida y algo de trago, además de las famosas masitas de la época: suspiros, maicillos y otros más. A los changos rara vez nos daban comida –recuerdo la variedad de ajíes que veía en las mesas adornadas por los parientes de los difuntos: ají de huevo, de arvejas, ají de papaliza–.
A nosotros nos pagaban sólo con masitas y, de tanto en tanto, un poco de chicha morada, la cual había que tomarla, pues no la podíamos poner en nuestro saquillo. Los reziris mayores –había también una tropa de ellos, no me acuerdo si eran sólo reziris o si más bien eran t’irilleros del barrio– rezaban mucho, siempre por trago.
Cuando ellos rezaban o cantaban había un fuerte olor a trago, pero creo que a las almas no les importaba mucho eso. No se inmutaban, más bien se quedaban tranquilas recordando sus andanzas al lado del pisco, de la cuarta Ormachea o de las cervezas.
Desde ese entonces mi favorito es el bizcochuelo. En aquel tiempo podía comerme unos 10 en los dos días, obviamente de los ganados por nuestros rezos, pues la plata nunca alcanzaba para tanto.
En cambio, ahora que puedo comprarme los 10 ya no puedo comérmelos, esas son las paradojas de la vida. Así es la vida: cuando de niño hay hambre, no hay plata; de adulto, cuando hay plata, el hambre es poca; se gasta más en omeprazol o digestan que en bizcochuelos.
La meta per cápita para cada uno de la tropa –esta palabra yo no la conocía en ese entonces– eran dos saquillos de masitas por llock’alla. Es decir que en mi casa debíamos alcanzar a cuatro saquillos, con lo cual no había necesidad de comprar pan por mucho tiempo, no tanto como se cree, porque como en ese tiempo el hambre no esperaba, nos “manjábamos” muy rápido todo el producto de nuestra fe.
Por cada rezada individual nos daban cierta cantidad de masitas, dependiendo de la bondad u opulencia de quienes hacían rezar, pero la cantidad era mucho mayor si cantábamos en grupo –normalmente éramos cuatro o cinco–. Claro, preparábamos coros de algunos mementos que hasta ahora puedo acordarme un poco. Producto de esos mementos recibíamos más en calidad y en cantidad.
Desde que se fue mi madre, ponemos una foto suya en la mesa, en la cual no puede faltar el bizcochuelo ni los coctelitos de tumbo que le gustaban. Este año le pediré una disculpa a su alma, pues no habrá coctelito de mandarina, dado que los cocaleros acabaron con todos los cítricos de los Yungas.
*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo



