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Dicen que los nietos son el premio que Dios les da a los abuelos por no haber ahorcado a sus hijos…
Y es que los que somos padres conocemos lo que es estar al borde de que el instinto de preservación pierda su significado; y lo que es sentir que la región del cerebro responsable de inhibir los impulsos se haya atrofiado. Pero también sabemos que en esos momentos se activan, por distintas afectividades, emociones que terminan por frenar actos de violencia contra nuestra prole.
Aunque en ocasiones esos afectos no son suficientes. En 2023, Lindsay Clancy, una enfermera de partos de 32 años estranguló a sus tres hijos (5 y 3 años, y 8 meses) en Massachusetts.
En el juicio por asesinato la defensa viene alegando que Clancy no es responsable en tanto se encontraba bajo un estado severo de psicosis posparto inducido por la depresión y la sobremedicación. Mientras tanto, los fiscales argumentan que el crimen fue “intencional y premeditado”: Lindsay habría mandado a su esposo a realizar unas compras para quedarse a solas con los chiquitos.
Parte del movimiento feminista cerró filas en torno a la madre y no a los niños estrangulados. Y dirigió el asunto solo al sufrimiento de ella y a su salud mental; culpando a los roles patriarcales y a las fallas del sistema, que no respondió a su pedido de auxilio. La campaña del colectivo blanqueador del triple infanticidio, consistente en volver víctima a la responsable, cuenta con propios eslóganes y hasta con poleras llamativas. Y ha reforzado la idea de que la maternidad es siempre, sobre todo, una carga que puede conducir a una mujer sobrepasada a un estado mental crítico, apto para hacerle cometer cualquier crimen (por el que no debería asumir culpa ni responsabilidad).
Para reafirmar los motivos de esta nueva cruzada, mujeres -con gran influencia y por lo visto gran hastío- han salido a mostrar su sororidad con la mamá estadounidense, haciendo confesiones personales que demuestran lo fastidioso que puede llegar a ser tener críos (…), independientemente de si se padece o no alguna patología psiquiátrica. Una famosa influencer española dijo en una entrevista que ella duerme con tapones de oídos para no escuchar los quejidos de sus hijos pequeños: “simpatizo profundamente con esta mujer (Clancy) porque yo he estado en ese rincón oscuro, el sistema y el marido la dejaron sola”.
La denostación de la maternidad (que legítimamente para muchas puede no ser lo que esperaban) parece ser uno de los requisitos para gozar de una membresía gold en este feminismo. Desmarcarse de lo materno es una muestra de independencia, realización y libertad personales. “Quiero vivir con vos, no para vos” le dijo la actriz y vedet Moria Casán a su hija cuando esta tenía unos siete años, según la biopic que la misma Moria protagoniza, y que abrió un fuerte debate en Argentina.
Se suman ahora madres que se quejan de la soledad en la crianza; del abatimiento que la maternidad provoca hasta arrastrarlas “a lugares oscuros”; o de la alteración del estado anímico provocada por la falta de sueño (recuerdo pasar dos o tres noches seguidas sin dormir por estudiar Derecho Romano, y no por ello tener el impulso de asesinar a mi dulce catedrática).
El mexicano Tony Rodríguez acierta cuando escribe que hemos llegado a tal grado de sofisticación emocional que podemos construir una conversación sobre tres niños asesinados y conseguir que quien los mató termine recibiendo la mayor parte de nuestra compasión. “Quizás no tengamos poca sensibilidad. Quizás simplemente aprendimos a repartirla como repartimos tantas otras cosas modernas: con enorme entusiasmo, impecable superioridad moral y una puntería de la chingada”.
Una de las causas que, en combinación con otras, provoca la psicosis posparto son los cambios hormonales (de los que ningún embarazo se salva y que nos convierte en seres necesitados de atención y comprensión). Con lo cual, un veredicto que contemplara que Clancy no es culpable porque cuando cometió el crimen padecía este trastorno, obligaría a modificar parte de ese discurso pseudofeminista que lleva años “deconstruyendo” la histeria femenina, acusando que se trata de una “construcción médica y patriarcal utilizada para patologizar la autonomía, el descontento y la libertad de las mujeres” … Este feminismo endeble tiene un talón de Aquiles en cada tentáculo.
Escuchaba a propósito, a una norteamericana que con sorna decía: los papás no saben las tallas de los zapatos de sus hijos, el nombre de su pediatra y si son alérgicos a los cacahuates, pero su testosterona no ha sido nunca usada con éxito como alegato de insania mental.
El eventual veredicto a Lindsay Clancy como “no culpable” constatará que la alteración hormonal de las mujeres hasta la histeria o trastornos más severos no es una construcción patriarcal, sino una condición médico-científica (que merece ser hablada y tratada por el bienestar de quienes la padecen en mayor o menor grado). Pero, sin importar el resultado, la mayor constatación será que pertenecemos a una sociedad cada vez más líquida: ha visto con indiferencia cómo a tres niños se los llevaba la muerte violenta, mientras decenas de sororas se quedaban de este lado haciéndole barra a su homicida.



