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Por fin el ciclo de elecciones llegó a su término. Un espacio que reordenó candidaturas y aupó liderazgos regionales, no nacionales. Fue el velorio de unos políticos y el nacimiento de otros. El péndulo abandonó sus extremos y se acomodó en un centro que casi cae en una grisura peligrosa. No hay caudillos. Hay seguidores. Hay followers, hay «me gusta», hay redes sociales. No hay consistencia, peso político, línea político-partidaria. Hay personajes, funámbulos; hay cáscara, no nuez.
Pero, al mismo tiempo, hay un humor social distinto. Menos espeso. Hasta podría decirse que es una especie de esperanza y reclamo al mismo tiempo de los ciudadanos que exigen acuerdos, soluciones y practicidad. Ya no ideologías –que ya están muertas– o verborragias tan propias de los políticos descontinuados. Estas imposturas son rechazadas ahora con mucho furor.
También hay cansancio y agotamiento, junto a una depresión social que esconde –latente– una ira apenas controlada. Los bolivianos estamos saliendo de un cuadrilátero que nos dejó el rostro inflamado, los ojos reventados y el cuerpo magullado. Nos golpearon durísimo y, sin que haya un árbitro de por medio, además, nos aporrearon en el suelo.
Ahora percibimos una vibración social diferente y muy particular. Todavía endeble, liviana y muy delgada que añora sanar en paz, saber que las medicinas harán su efecto inmediato y que las hinchazones y los cardenales irán sanando. Agradecemos ese paño frío en la frente y esa emulsión sobre la piel amoratada. Y estamos conscientes de que no queremos volver a estar así de machacados. No, otra vez no.
La demanda del boliviano de a pie es un punto de encuentro. Un equilibrio, unos acuerdos comunes, transparentes; llegar a fin de mes con certidumbre ya es ganancia. No son grandes demandas cobistas ni sindicalistas; sólo busca certezas mínimas que le permitan planificar, crecer, invertir y, por supuesto, alcanzar alguna prosperidad.
Demanda recato y una mirada de abajo hacia arriba. Los altisonantes, los tira fuegos, los payasos con la nariz roja de tanto mentir están en desgracia. Nadie los quiere. Están desterrados.
La arrogancia de un político o de una agrupación –cualquiera sea su postura política– es hoy aborrecida. Muy aborrecida. La pedantería, la glorificación, el postureo no están en la agenda de las personas.
Por eso se debe tener mucho cuidado con esas frases rústicas que se esgrimen a voz en cuello sobre la promesa de un trabajo durísimo. Como si los bolivianos no trabajáramos cada día con todo nuestro esfuerzo para tratar de cumplir con nuestros acreedores.
El agotamiento del boliviano de a pie también esconde el rechazo a que nos vendan la idea de que los únicos que trabajan a lomo partido son los políticos. No es así. Son cientos de miles de bolivianos quienes trabajan durísimo y, además, enfrentan un sistema desigual, abusivo y persecutorio.
Pregúntenle a un emprendedor, a un creador de una empresa emergente, a los innovadores en tecnología, en gastronomía, en hotelería, a los formales de este país que pagan mensualmente impuestos con un SIN absolutamente discrecional e injusto, y que pese a todo no cejan de trabajar por sus sueños. No se comparen con ellos porque saldrán ridículos en la fotografía.
Lo mínimo que espera, por lo tanto, el elector promedio de Bolivia es que los políticos dejen de ser un fiasco y trabajen en tiempo y forma. Con esa actitud mínima –aunque sea– creo que ya avanzaremos bastante para salir de este escenario tan corrupto y burocrático en la cosa.
La sociedad no le debe nada a ese burócrata –desde el propio Presidente hasta el último numerario–; más bien es el boliviano franco el que le debe cobrar todos los días a estas nuevas autoridades probidad y honestidad. Son ellos los que están en deuda con nosotros; no nosotros con ellos.
Que un funcionario se ubique en el lugar del “sacrificado” o del mártir, porque deberá trabajar a destajo para cumplir con su electorado, es in extremis, insultante y hace crujir un contrato social entre gobierno y sociedad.
Además, es una clarísima muestra de una desconexión con las instituciones y la calle. Demandamos soluciones casi simplonas, como el hecho de que un semáforo funcione, que las aceras estén en buen estado para que los ciudadanos de a pie y muy especialmente, nuestros niños que salen a diario de los colegios, no arriesguen sus vidas al tener que invadir la calzada y se expongan a un accidente de tránsito.
Demandamos luminarias que iluminen, policías que protejan y que no extorsionen; reducción de la tramitología, de las fotocopias, de las filas, de las humillaciones diarias en todas y cada una de las instituciones públicas.
No pedimos cohetes para ir y volver de la luna o inaugurar obras pomposas para la posteridad; necesitamos una mirada más micro, más pequeña, más simple, más cercana. Desde el saludo en una oficina pública hasta un «señor o señora en qué le puedo ayudar», en lugar de la afrenta, la coima o el portazo.
Si alguien se está rompiendo la espalda para hacer de este país algo mejor es ese elector de barrio. Ese vecino que madruga todos los días porque debe esquivar una serie de obstáculos para llegar a su fuente de trabajo. A ver si un micro o un minibús le hace el favor de parar.
El repartidor, el albañil, el emprendedor empecinado en sacar adelante su negocio es el que realmente trabaja a destajo todos los días; no el político que va en vagoneta con chofer. Esa es una obscenidad.
Nunca olvidemos que una esperanza siempre significa una ilusión, un deseo y una motivación que, cuando es bien entendida y no se confunde con un optimismo simplón, invita a la acción social y a una política real de cambio social.
Se ha cerrado un ciclo de casi un cuarto de siglo muy oscuro, incivil, iliberal, ilegal, inmoral y hasta criminal. Nos despojaron de esa añoranza, de esa ilusión. Hoy Bolivia abre un nuevo cuarto de siglo marcado por la esperanza. Después de mucho tiempo, se siente en el aire algo nuevo, diferente, distinto.
Fraude o no, impostura o no, engañifa o no, sólo tenemos un camino por andar, uno solo: confiar en estos nuevos liderazgos y, con la mirada clavada en el cielo, esperar que estén a la altura de la historia. El tiempo lo dirá.



