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La poesía de Marcelo Ostria Trigo

Emilio Martinez

Escritor y analista político

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El pasado lunes, nuestro querido Marcelo Ostria Trigo emprendió el último viaje. Era conocido entre nosotros por su dilatada carrera diplomática, que incluyó la representación de Bolivia en la OEA, Israel, Hungría y Uruguay, y por el constante y valioso ejercicio de su pluma en las columnas de opinión, donde se empeñó en la defensa de las libertades democráticas.

Quiero poner de relieve, sin embargo, otra faceta de Marcelo: la del escritor lírico, que reconstruye mediante la poesía los parajes de la geografía de la memoria. En 2011, gracias a la Fundación José Bertero se publicó su poemario Baladas mínimas, donde compone estampas de Tarija y de la ciudad de los cuatro nombres, entre los cerros que el ojo poético transfigura en “guardianes de tierra y piedra” y entre remotos jardines (Keukenhof, Schönbrunn, Rikugien), donde la voz de Ostria Trigo entona un canto elegíaco que convoca a los que están y a los ya idos.

Acuden al llamado los fraternos fantasmas de Cerruto y Campero; de Federico, Machado y Juan Ramón; de Neruda y Max Jara, Whitman y Tamayo, Alfonsina y Octavio Paz. En tan buena compañía, no sólo se viaja en el espacio sino también a través del tiempo, por los ciclos del corsi e ricorsi de la vida.

“Quiero contar que yo no comprendo al otoño”… “porque es el tiempo del vuelo, de las canciones atenuadas…”, nos dice el autor, en líneas que hablan de partidas y, por lo tanto, de ausencias. Clave importante para acercarse a la poética de Marcelo, invocación de lugares y personas resurrectas por la discreta magia de la palabra.

“En medio, el rey del universo: el hombre vestido con los andrajos de las ausencias”. Es el hombre genérico que observa al mundo circundante, pero también el alter ego del poeta, que no condesciende a la paz del olvido y elige el dolor y la dicha de evocar el pasado: “se duda entre la felicidad y el amor, ambos enemigos enconados y tan lejanos”.

Esa es la sutil victoria de la palabra: hacer presente a lo ausente, tangible lo intangible y, en cierta manera, vencer a la muerte. Y es que las líneas de estas Baladas mínimas son “palabras que no se van; se quedan en el firmamento, aferradas a las estrellas”.

En 2017, Marcelo presentó Poemas postreros, un libro donde todo canta: el vino y el viento, la pradera y los árboles. Es naturaleza animista enfilada al cielo, como los álamos de su pueblo. Ostria Trigo poetiza su tierra buscando el misterio de la trascendencia.

No olvida tampoco su compromiso libertario, enjuiciando al tirano y anunciando “aquel futuro luminoso que no alcanzaremos a ver de cerca sino a la distancia, desde algún lugar del espacio”.

El Juglar del Sur trajo en su bolsa baladas, elegías y madrigales. Quiso dejarnos una sinfonía del ocaso, pero le ganó la vida que latía en sus versos, y nos dejó primavera eterna en las flores de la memoria.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Emilio Martinez

Escritor y analista político

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