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Desigualdad económica: Al pan pan y al vino vino

Antonio Saravia

Economista

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El escritor y columnista Jorge Patiño ha respondido recientemente (Página Siete 18/2/2022) a mi columna de hace un par de semanas sobre desigualdad económica. Los debates con Jorge Patiño sobre este tema ya son un clásico en la prensa nacional. Recordarán ustedes los artículos de ida y vuelta que nos dedicamos entre septiembre y octubre del 2020 en varios periódicos. Quedo siempre muy agradecido por el interés y el tiempo que Jorge, y varios otros lectores críticos y no tan críticos, se toman para leer y comentar mis opiniones.

Más que hacer una respuesta pormenorizada a cada uno de sus puntos, creo que es importante tratar de establecer el meollo de nuestras diferencias sobre este tema. En mi opinión, Jorge Patiño y yo diferimos esencialmente en una cosa. Para él la desigualdad económica es mala y hay que “corregirla.” Punto. Jorge admite que no es deseable eliminarla completamente (no es comunista) pero, dado que es mala, sí que hay que hacer esfuerzos por reducirla. Para mi, en cambio, la desigualdad económica no es ni mala ni buena. Es simplemente el resultado del proceso natural por el cual los individuos buscan satisfacer sus proyectos de vida. A unos les va bien, a otros mal y a otros más o menos. La desigualdad económica solo refleja las diferencias intrínsecas entre individuos que toman decisiones de forma independiente. Yo no creo, por lo tanto, que se deban hacer esfuerzos por reducirla. Si así lo hacemos, estaríamos deshumanizando el proceso natural que determina las consecuencias de nuestras acciones.

Llegados a este punto, Jorge tiene dos preguntas o contra-argumentos. 1. ¿Qué hacemos con aquellos a los que les fue mal? ¿Deberíamos dejarlos echados a su suerte? Jorge ironiza: “los pobres, en vez de reclamar por las pocas migajas que les caen, deberían romperse el lomo desde más temprano y seríamos iguales y felices.” 2. Jorge apunta con razón que los hijos de aquellos a los que les fue mal hoy, tendrán menos oportunidades que los hijos de aquellos a los que les fue bien. La desigualdad económica podría entonces perpetuarse en inocentes nuevas generaciones.

Aquí debo convencer a Jorge de que estamos más de acuerdo de lo que él supone. Los dos contra-argumentos son esencialmente quejas contra la pobreza, no contra la desigualdad económica. Y aunque me acuse de “mostrar un gusto por los dilemas fáciles,” debo decirle nuevamente que la pobreza es el verdadero enemigo. La desigualdad económica no importa (es simplemente el reflejo de nuestras diferencias), lo que importa es que todos tengamos cada vez más oportunidades para incrementar nuestro bienestar económico absoluto (no relativo) y no nos quedemos bajo la línea de pobreza. En ese objetivo Jorge y yo estamos en el mismo equipo.

Afortunadamente, eso a estado pasando en el mundo a pasos agigantados. En 1900 el 85% de la población mundial vivía con menos de dos dólares al día (la definición de extrema pobreza del Banco Mundial). En 1980 ese porcentaje se redujo a 44% y a la fecha es solo 9%. ¡Las proyecciones indican que será 0% el 2040! Es imposible no celebrarlo. ¡Estas no son migajas, son marraquetas enormes! Pero, ojo, este tremendo logro no fue posible gracias a esfuerzos por reducir la desigualdad económica. Esto no se logró redistribuyendo la torta, se logró cuando descubrimos como hacerla crecer. Y, aunque le pese mucho a muchos, esto se logró gracias al capitalismo. Es decir, con libertad económica y dejando que cada uno persiga su proyecto de vida (lo que Jorge llama “la angurria privada”). Cuando uno es libre de perseguir sus metas sin que estas sean redistribuidas, los incentivos a trabajar y producir son inmensos. Esta “angurria” incrementa la producción, la innovación y las oportunidades para todos, es decir, hace crecer la torta. Fíjense que los innovadores tecnológicos solo retienen el 2,2% del valor social de sus innovaciones.

Establecido entonces el efecto del capitalismo sobre la reducción de la pobreza en el mundo, repito lo que escribí en mi artículo original. El capitalismo no elimina espacios para el altruismo y la caridad, o incluso para impuestos bajos que ayuden a los que tengan dificultad en valerse por si mismos. Pero, que quede claro, estos no son esfuerzos por reducir la desigualdad económica. Aclaro también, por si acaso, y Jorge estará de acuerdo, que aquellos que lograron riqueza engañando o siendo corruptos, no solo que deberían perder lo que lograron, sino que deberían ir a la cárcel (como Lula o García Linera a quienes critico en mi artículo original).

Y sí, la desigualdad económica se puede perpetuar en futuras generaciones. Pero el capitalismo ha generado dos importantes resultados. Primero, al recompensar la “angurria privada” o ideas que generen plata, antes que apellidos o castas, el capitalismo ha generado mucha movilidad social. En EEUU, la mitad de las personas que estaban en el quintil más bajo de la distribución del ingreso en 1987, se movieron a quintiles superiores en el transcurso de 20 años. Y miren esto, en la última década, 37 a 47% de las personas que se encontraban en el percentil más alto de la distribución del ingreso salieron de este después de solo un año. Solo un 25% permaneció en ese percentil por seis años consecutivos. Segundo, el capitalismo incrementa el tamaño de la torta y, por lo tanto, mueve consistentemente a todos hacia arriba. En 1967, 37% de la población en EEUU era considerado clase baja, 54% clase media y solo 9% clase alta. Con el paso del tiempo las clases baja y media se achicaron y la clase alta se incrementó. Para 2017, esos porcentajes eran 29%, 41% y 30%, respectivamente. Tenemos entonces movilidad social individual y grupal.

Jorge, al igual que muchos en la izquierda, apunta a los países nórdicos como ejemplos en los que se redistribuye y las cosas van muy bien. Digamos primero que estos países empezaron siendo muy capitalistas y lograron aumentar el tamaño de su torta significativamente antes de tener un estado de bienestar relativamente grande. Digamos también que estos países siguen haciendo esfuerzos por consolidar su capitalismo. Finlandia está en el puesto 9 en último índice de libertad económica de la Heritage Foundation, Suecia está en el 11, Islandia en el 13 y Noruega en el 14. Todos son más libres que el propio EEUU que está en el puesto 25. En Suecia hay libre comercio, no hay impuestos a la propiedad ni a las herencias y están privatizando una parte de su sistema de pensiones. Por eso, porque son muy capitalistas, es porque tienen alta movilidad social.

Mi enfado con los Choquehuanca, García Linera y Lula, viene por su total descaro en querer que los exitosos paguen los platos rotos de sus desacertados modelos de izquierda. Su sinvergüenzura radica en venderles a los pobres la idea de que la solución a sus problemas pasa por la expropiación de los que produjeron. ¡Y encima queriendo que creamos que hacer eso es cristiano! Ya está bueno. Llamemos al pan pan y al vino vino.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Antonio Saravia

Economista

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