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Desregular para crecer

Sebastian Crespo Postigo

Expresidente de la Casa de la Juventud y director en el Comité pro Santa Cruz.

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Bolivia está sumida en un hoyo profundo de problemáticas sociales, sanitarias, políticas y económicas, cuyas posibles salidas, a ojos de muchos, se ven realmente complicadas por las constantes agresiones de parte del gobierno de Luis Arce hacia el conjunto de la población, sumando la ausencia de decisiones efectivas en estos primeros ocho meses de gestión que ha sido su “reluciente” actuar. 

En esta ocasión, debemos entender el contexto en el que nos encontramos, la Fundación Heritage brinda anualmente el Índice de libertad económica que sitúa a Bolivia en el puesto 172 de 178 países en el mundo. Ubicándolo como uno de los peores a nivel mundial solo por delante de Cuba, Venezuela y Corea Del Norte. Una situación muy preocupante que el gobierno deja de lado en su actual agenda. 

Ante eso urge la necesidad, desregularicemos para crecer, no debe ser una opción estancarnos a costa de privilegios y beneficios de unos cuantos. El proceso de liberación siempre tiene vencidos y vencedores, las tecnologías disruptivas están cambiando los mercados, están generando competencia a los mercados tradicionales con bienes/servicios perfectamente sustitutivos, beneficiando sobre todo a la población, en este caso la regulación sólo impone trabas para conseguir esta ganancia.  ¿Pero qué significa realmente desregular? Me remito a la definición de la “desregulación”, entendiéndola como el proceso de reducir o eliminar las normas que controlan una actividad económica con el fin de que sean las fuerzas de mercado las que determinen el equilibrio entre oferta y demanda. 

Esto implica reducir la carga fiscal, incentivar el libre intercambio de bienes y servicios, reducir trámites innecesarios, entre los que destaca negativamente la licencia de funcionamiento que otorgan las alcaldías, trámite que solo sirve para extorsionar a nuestros emprendedores. Liberar y desregular la economía, significa beneficiar al consumidor para que éste pueda elegir al proveedor que ofrezca mejores condiciones de bienes o servicios. 

La competencia que resulte de la desregulación implica directamente precios más bajos, que pueden tender a reflejar asignación de recursos de manera más eficiente a largo plazo, ya que los oferentes se preocupan por brindar un diferencial, brindar algo mejor que su competidor. Este proceso que se da en el mercado premia a las mejores opciones, otorga beneficios a los mejores empresarios. Los “vencidos” tendrán que reestructurar su modelo de negocio, adaptarse para ser más productivos, caso contrario serán expulsados del mercado. Suena cruel, pero esa la asignación de los recursos implica un montón de responsabilidad, conocimiento y preparación por parte de los emprendedores. 

El Estado no tiene por qué limitar o dificultar quién debería emprender o no. Al contrario, debería flexibilizar los requisitos para que nuevos emprendimientos surjan, eliminar cuotas, prohibiciones, fomentar la ampliación de la oferta. 

Estamos viviendo un extraordinario periodo, hemos sido testigos del crecimiento de la economía en los últimos tiempos a nivel mundial que han generado mejor calidad de vida para las personas. Está demostrado que los países que han llevado adelante programas que adoptan medidas de desregulan los mercados son más prósperos. O nos desarrollamos en este post pandemia o, definitivo, nos olvidamos de salir del tercer mundo. Es momento de sumarnos a la ola, desregulemos para crecer.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Sebastian Crespo Postigo

Expresidente de la Casa de la Juventud y director en el Comité pro Santa Cruz.

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