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El tenebroso auge del populismo autoritario

Tom G. Palmer considera que la envidia y el resentimiento de grupos que perciben su status relativo en declive son los principales factores que explican el auge del populismo alrededor del mundo

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Por: Tom G. Palmer

Los gobiernos descritos como populistas ahora están en el poder en Polonia, Hungría, México, y Turquía. Italia y Grecia son gobernados por coaliciones de partidos populistas, mientras que populistas de izquierda o derecha son socios en gobiernos de coalición en otros siete países de la Unión Europea (UE).

Venezuela está en caída libre gracias a las políticas confiscatorias de un gobierno populista. Brasil tiene un presidente abiertamente populista. Y la toma del Partido Republicano por parte de Donald Trump no es solo un espectáculo populista por sí solo, sino que también ha ayudado a fomentar un auge del populismo de izquierda entre los Demócratas. Estos movimientos proponen una variedad de programas a lo largo de un amplio rango de escenarios políticos. ¿Qué tienen en común?

Los historiadores y politólogos han argumentado por décadas acerca de qué exactamente es el populismo, y no han llegado a las mismas conclusiones. El teórico político Isaiah Berlin en 1967 advirtió que “una sola fórmula que cubra a los populismos de todas partes no será útil. Mientras más inclusiva es la fórmula, menos descriptiva será. Mientras más descriptiva es la fórmula, más excluirá”. Sin embargo, Berlin identificó una idea populista nuclear: la noción de que un auténtico y “verdadero pueblo” ha sido “perjudicado por una élite, ya sea económica, política, o racial, algún tipo de enemigo secreto o explícito”. La naturaleza exacta de ese enemigo—“extranjero o nativo, étnico o social”—no importa, agrega Berlin. Lo que fomenta la política populista es el concepto de un pueblo combatiendo una élite.

El científico político Jan-Werner Müller propone otra característica: “Además de ser anti-elitista, los populistas siempre son anti-pluralistas”. En su libro What Is Populism? (University of Pennsylvania Press, 2016) argumentó que “Los populistas dicen que ellos, y solamente ellos, representan al pueblo”. En esta explicación, la clave para entender al populismo es que “el pueblo” no incluye a todas las personas que lo conforman. Este excluye a “los enemigos del pueblo”, quienes podrían ser descritos de varias maneras: extranjeros, la prensa, minorías, financistas, el “1 por ciento”, u otros vistos como que no son parte de “nosotros”.

Trump casualmente expresó el concepto mientras que hacía campaña para la presidencia declarando: “La única cosa importante es la unificación del pueblo, porque las otras personas no significan nada”. Durante la campaña por el Brexit, Nigel Farage, entonces líder del Partido Independencia del Reino Unido, predijo “una victoria para el verdadero pueblo”. Aparentemente, aquellos que votaron en contra del Brexit no solo perdieron, ellos no eran realmente parte del pueblo para empezar.

No toda versión del populismo se ve así. El historiador Walter Nugent, por ejemplo, argumentó en The Tolerant Populists de 1963 que el Partido Populista histórico de EE. UU. no era más anti-pluralista que sus adversarios. En Populism’s Power, publicado el mismo año que el libro de Müller, la politóloga Laura Grattan aportó una definición del populismo que abarca movimientos pluralistas e inclusivos. Pero es la marca Berlin-Müller de populismo que está surgiendo actualmente en Ankara, Budapest, y Washington la que está amenazando la libertad individual, los mercados libres, el Estado de Derecho, el constitucionalismo, la prensa libre y la democracia liberal.

Las políticas promovidas por estos gobiernos varían, pero estos rechazaron dos ideas relacionadas. Una de estas es el pluralismo, la idea de que la gente es diversa, con diferentes intereses y valores que necesitan ser negociados a través de procesos políticos y democráticos. La otra es el liberalismo —no en el sentido obtuso que lo entiende la centro-izquierda estadounidense, sino la creencia más amplia de que los individuos tienen derechos y que el poder del estado debería ser limitado a proteger esos derechos.

Los populistas pueden ser “de la izquierda”, pero no necesitan estar motivados por las ideas marxistas de la lucha de clases o la planificación central. Pueden ser “de la derecha”, pero son marcadamente distintos de los reaccionarios de la vieja escuela quienes añoran un mundo de jerarquías ordenadas; si algo se puede decir es que los populistas suelen disolver las clases tradicionales y los ordenes sociales de antaño hasta convertir la sociedad en una masa no diferenciada del Pueblo. O bien podrían rechazar el espectro izquierda/derecha enteramente. Como la líder francesa populista Marine Le Pen lo dijo en 2015, “ahora la división no es entre la izquierda y la derecha sino entre los globalistas y los patriotas”.

Los populistas frecuentemente creen que la verdadera voluntad del pueblo auténtico está enfocada en un líder. Hugo Chávez, el difunto líder populista de Venezuela, lo dijo claramente: “¡Yo ya no soy Chávez! ¡Chávez es un pueblo! Chávez —somos millones. ¡Ustedes también son Chávez! La mujer venezolana, ¡usted también es Chávez! El joven venezolano, ¡usted es Chávez! El niño venezolano, ¡usted es Chávez! El soldado venezolano, ¡usted es Chávez! ¡El pescador, el agricultor, el campesino, el comerciante! Porque yo no soy Chávez, ¡Chávez es un pueblo!”. El líder de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, una vez respondió a una voz solitaria de la oposición, “¡Nosotros somos el pueblo! ¿Quién es usted?” Y luego está la menos dramática declaración de Trump “¡Yo soy su voz!”

Los populistas puede que busquen el poder por medios democráticos, pero eso no los hace liberales. Muchas veces hacen campaña en contra de los límites al poder del pueblo, especialmente en contra de poderes judiciales independientes y en contra de otros límites al poder ejecutivo. Los populistas pueden ser socialistas o nacionalistas o las dos cosas, pueden ser “pro-empresa” (capitalismo de compadres) o “pro-trabajo” (sindicatos de compadres), pero comparten la idea de que la sociedad debe estar bajo algún tipo de control, ejercido por un líder o partido que representa al verdadero pueblo y está luchando contra sus enemigos.

Los niños de Carl Schmitt

El antagonismo, por lo tanto, es la clave de la mentalidad populista. El teórico central del antagonismo fue Carl Schmitt, un filósofo alemán de la era Nazi —algunas veces es denominado “el principal jurista de la Tercera Reich”— que ha tenido una importante influencia tanto en la izquierda radical como en la derecha radical.

En The Concept of the Political (1932), una crítica sin descanso del liberalismo clásico y la democracia constitucional, Schmitt buscó desplazar el ideal de la cooperación voluntaria con la idea del conflicto. La “distinción política específica a la cual se pueden reducir las acciones y motivos políticos”, escribió Schmitt, “es aquella entre un amigo y un enemigo”. Los teóricos contemporáneos que han adoptado esta noción incluyen a la populista de izquierda Chantal Mouffe y su esposo, Ernesto Laclau, autor de On Populist Reason (2005).

Laclau, cuyas ideas han influenciado a los gobiernos populistas de Grecia y Argentina y los movimientos de oposición a lo largo de Latinoamérica y Europa, aplica el pensamiento Schmittiano directamente. De hecho, él va más lejos que Schmitt, tratando el antagonismo por sí solo como el principio mismo del poder. Donde Schmitt, un anti-semita virulento, identificó a los judíos como el enemigo perpetuo, la hostilidad de Laclau puede ser dirigida a cualquiera.

Para Laclau, un movimiento populista es una reunión de “demandas” no satisfechas que de otra manera permanecerían sin relación alguna y que son agregadas por líderes populistas manipuladores. Las demandas son todas distintas, pero son unificadas por un movimiento que constituye “el pueblo”. La designación del “enemigo del pueblo” es una cuestión estratégica, una forma de reunir a una coalición lo suficientemente poderosa para estar unida bajo un líder con el propósito de tomar el poder estatal.

El ingrediente final y más tóxico es la “inversión afectiva” —esto es, el involucramiento emocional. Lo que une a demandas que de otra manera fueran diversas e inconclusas, dice Laclau, es la adoración que tiene el grupo por el líder y el odio al enemigo.

Íñigo Errejón, un líder del partido populista de izquierda Podemos en España y un defensor entusiasta del régimen venezolano, construye su populismo explícitamente sobre la idea de que las colectividades son creadas al colocar a un enemigo en contra del cual el pueblo debe luchar. En su caso, los enemigos son “la casta, los privilegiados”. Cuando se le pregunto quiénes conforman la casta, Errejón respondió: “El poder movilizador del término viene precisamente de su falta de definición. Es como preguntar: ¿quién es la oligarquía? ¿quién es el pueblo? Son estadísticamente imposibles de definir. Considero que estos son los polos con la mayor capacidad de desempeño”.

Mouffe describió la elección del objetivo como algo esencial para construir el “tipo de pueblo que queremos edificar”. Al identificar al Enemigo, El Pueblo se construye.

No es la economía, estúpido

La vieja explicación usual del populismo es que este es una respuesta predecible a la opresión económica. Por lo tanto, el comentarista socialista John Judis argumenta en The Populist Explosion: How the Great Recession Transformed American and European Politics (2016) que el populismo surgió en respuesta a “la distribución sesgada de los empleos y el ingreso que la economía neoliberal había creado a lo largo de las décadas anteriores”. No obstante, los populistas han experimentado una creciente popularidad o llegado el poder en países con condiciones económicas muy dispares, incluyendo aquellos que experimentaban un nivel de desempleo bajo o un crecimiento económico relativamente alto.

El auge del populismo tampoco es cuestión de edad, es decir, que las personas mayores respaldan a los populistas nacionalistas de derecha y que las más jóvenes respaldan al cosmopolitismo liberal: muchas personas jóvenes han estado votando por partidos y candidatos populistas. Tampoco el voto populista se explica de manera robusta con los niveles de ingreso.

El politólogo Roger Eatwell y Matthew Goodwin señalaron en su libro de 2018 National Populism: The Revolt Against Liberal Democracy (Pelican) que un catalizador común del “populismo nacional” no es la caída en los salarios sino “la privación relativa —la sensación de que el grupo más amplio, ya sean los estadounidenses blancos o los ingleses nativos, está quedándose atrás en relación a otros en la sociedad, mientras que los políticos, la prensa y los famosos que son culturalmente liberales le dedican mucha más atención y status a los inmigrantes, las minorías étnicas y a otros recién llegados”. El cambio rápido en el status de los grupos, notablemente a través de la inmigración, provoca que mucha gente experimente una movilidad hacia abajo y que sientan que el status de su grupo está amenazado.

Cuando Gran Bretaña votó para salirse de la UE, Eatwell y Goodwin escriben, los datos de las encuestas mostraron que los que deseaban permanecer en la unión “hablaban sin fin acerca de los riesgos económicos mientras que los que deseaban salir de la unión estaban principalmente preocupados acerca de las amenazas percibidas contra su identidad y los grupos nacionales” (Brexit es una cuestión compleja, por supuesto, y algunos liberales clásicos lo respaldaron porque temían una burocracia de la UE que no rinde cuentas. Pero el movimiento que promovía el Brexit estaba liderado en mayor medida por preocupaciones populistas antes que las preocupaciones de los liberales).

En EE. UU., un factor decisivo en la victoria de Trump fue un estimado 9 por ciento de electores que habían votado por Obama en 2012 y luego votaron por Trump, según una encuesta analizada por el politólogo John Sides de George Washington University. Entre los electores blancos de Obama que no habían asistido a la universidad, la proporción de quienes votaron por Trump fue de un impresionante 22 por ciento. Como el respaldo pasado de Obama indica, sus votos por Trump no pueden reducirse al relato sencillo de una revancha racial. Tampoco fue una cuestión económica: en gran medida, los ingresos y la calidad de vida de esos votantes son mejores que los de sus padres.

Pero una motivación común detrás de su respaldo a Trump parece ser la inseguridad acerca de su status social. Una encuesta de 2016 de Brookings Institution mostró que 66 por ciento de los estadounidenses blancos que no han asistido a la universidad “están de acuerdo con que la discriminación en contra de blancos es un gran problema hoy así como lo fue la discriminación en contra de los blancos y otras minorías”. La ansiedad acerca del status —en este caso una percepción de que se ha invertido el statu quo— parece ser un factor importante, ciertamente mucho más importante que el racismo ideológico. Como la politóloga Karen Stenner argumentó basándose en los abundantes datos en su libro de 2005 The Authoritarian Dynamic, las amenazas a “condiciones colectivas en lugar de individuales” desatan el deseo autoritario de juntarse en grupos excluyentes, esto es, de populismo.

Aquí es donde los liberales clásicos necesitan reflexionar seriamente. Uno de los principales argumentos a favor de los mercados libres es que cuando los ingresos de las personas aumentan en diferente grado, la cuestión importante es que todos estén subiendo. Incluso los más izquierdistas de los igualitarios aceptan un grado de desigualdad, siempre y cuando sea necesaria para que los pobres sean menos pobres. El filósofo John Rawls argumentó en A Theory of Justice, por ejemplo, que las desigualdades pueden ser justas si estas derivan en el “mayor beneficio para los menos favorecidos”, porque entonces, incluso los de ingresos más bajos no se podrían quejar. Pero los seres humanos están preocupados acerca de algo que más que qué tan bien les está yendo en relación a cómo les iba en el pasado. También les importa qué tan bien les está yendo comparado a otros. A ellos les importa el status jerárquico y social.

El status relativo es algo muy distinto al bienestar absoluto. Los liberales por muchos años han celebrado la mejora del status de las mujeres, las minorías raciales, los inmigrantes, las personas abiertamente homosexuales, y otros que por largos periodos de tiempo sufrieron de un status social bajo. Bueno, cuando se trata del status social relativo, si algunos subieron, otros tuvieron que caer. Entonces, ¿quiénes se perciben como los que caen? Los hombres blancos sin una educación universitaria.

Esto no se trata solo acerca de los que alguna vez fueron forasteros y que ahora están surgiendo cuando se compara su status. Como Charles Murray explica en su libro de 2012 Coming Apart: The State of White America, 1960-2010, un declive en nuestro énfasis colectivo sobre ciertas virtudes tradicionales —el trabajo dedicado, el matrimonio, y otras así— ha abierto un golfo entre las elites educadas en las universidades y aquellos graduados de secundaria que no son miembros de esas elites. El resentimiento sentido por un lado de esta división es, desafortunadamente, muchas veces igualado por la arrogancia y condescendencia mostrada por el otro lado, todo lo cual simplemente acentúa el resentimiento.

Divisiones similares se están dando en otros países también, y parecen ser la motivación principal detrás del sentimiento populista. Las encuestas del Pew Research Center realizadas en 2017 en 15 países identificaron el etnocentrismo y las percepciones de un declive nacional como una característica de los votantes populistas. En Alemania, por ejemplo, 44 por ciento de los partidarios del partido populista Alternativa para Alemania (AfD) dicen que la vida es hoy peor que hace 50 años para personas como ellos, comparado con solo 16 por ciento del resto de alemanes. Mientras que los datos varían en distintos países y, como Berlin señaló en 1967, no hay un solo factor que pueda explicar todos los movimientos populistas, tales miedos de un declive nacional y del status del grupo son comunes, especialmente en Europa y en EE. UU.

El factor más importante en Europa y en EE. UU. parece ser la inmigración y lo que Eatwell y Goodwin denominan “cambio hiper-étnico” en su libro National Populism —esto es, el cambio rápido en la mezcla étnica de una sociedad, con múltiples etnicidades encontrándose en el orden social (Algunos estadounidenses han experimentado sentimientos de dislocación y han percibido una amenaza a su lugar en la sociedad luego de ver que su vieja tienda «Piggly Wiggly» ha sido reemplazada por un mercado con banderas mexicanas. No es la experiencia del pluralismo étnico lo que parece ser el problema sino el miedo de que otras etnicidades eventualmente los desplazarán).

El porcentaje de residentes estadounidenses que nacieron en el extranjero alcanzó un 13,7 por ciento en 2017, el porcentaje más alto desde 1910, cuando era de 14,7 por ciento. Además, desde la Ley de Inmigración y Naturalización de 1965, la cual abolió las cuotas nacionales y favoreció la reunificación de familias, porcentajes más altos de inmigrantes han estado viniendo de Asia, África, Centroamérica, y Oriente Medio, acentuando las diferencias étnicas frente a la población nacida en el territorio nacional.

La Alternativa para Alemania, que empezó como un movimiento en contra del euro y que se ha convertido en un partido populista anti-inmigración, ha obtenido cada vez más respaldo de los votantes con un nivel educativo inferior de los estados que antes formaban la Alemania Oriental. Estos votantes perciben que su status ha caído en las últimas décadas, y temen la inmigración mucho más que los votantes con mayor nivel educativo y que aquellos que viven en la parte occidental del país, quienes han visto mucho más inmigración. De hecho, el respaldo al partido AfD fue más fuerte en aquellas regiones del Este que habían visto el menor crecimiento poblacional debido a la inmigración; las personas en esos lugares sienten que se están quedando atrás, y culpan a los inmigrantes, a quienes ven más en televisión que en sus propios barrios.

Un análisis similar se puede aplicar a Gran Bretaña, Francia, Suecia y otras democracias que han experimentado auges del populismo.

El cambio hiper-étnico es profundamente desconcertante para muchas personas, y está ayudando a promover respuestas políticas populistas. Uno podría desestimar dichas reacciones como algo irracional o de mentes pequeñas, pero muchas personas aún así las sienten. Además, muchas personas no están satisfechas con las mejoras en sus condiciones si perciben que otros —especialmente los afuereños— están todavía mejor. La envidia y el resentimiento desde hace mucho han fomentado movimientos anti-liberales, y parece que han vuelto con fuerza. El problema se empeora con el incremento de las transferencias y beneficios del estado de bienestar, los que muchos creen que son explotados o amenazados por los forasteros.

Temo que estamos entrando en una etapa de “agrupación” autoritaria y que las consecuencias serán terribles para la libertad y la prosperidad. Por no decirlo de otra forma, el auge de los movimientos autoritarios y populistas de extrema derecha y extrema izquierda actualmente recuerda en no poca medida la Europa de la década de 1930.

La respuesta liberal

Para enfrentar dichas ideas populistas, debemos empezar por entenderlas. Si el miedo acerca de las tendencias migratorias está fomentando un miedo más amplio acerca del capitalismo liberal y democrático, una respuesta es asegurar que los procedimientos de inmigración sean (precisamente) percibidos como ordenados en lugar de invasivos. Las actitudes tanto hacia los refugiados sirios que huían de una guerra catastrófica y hacia la situación actual en la frontera del sur de EE. UU. han sido probablemente mal formadas no haber logrado diseñar soluciones más sistemáticas y ordenadas, que comprendan, por ejemplo, el derecho a trabajar legalmente.

La razón por la cual muchas personas deciden ingresar ilegalmente a EE. UU., y de maneras riesgosas, es que es extraordinariamente difícil obtener una visa en un consulado estadounidense y viajar en bus o en auto a través de un puerto legal de ingreso. Aquellos que entran sin permiso o que se quedan más allá de lo que les permite su visa es menos probable que regresen a casa, como era la norma anteriormente, cuando no están seguros de poder volver a trabajar nuevamente en el futuro. Un programa funcional y eficiente para trabajadores visitantes —uno que permita que la gente fácilmente acepte trabajos temporales en EE. UU. y que luego vuelvan a su casa a estar con sus familias con la riqueza que han adquirido legalmente— podría ayudar a calmar las preocupaciones de los ciudadanos estadounidenses que se oponen a la idea de que masas de extranjeros fuercen su ingreso a través de la frontera.

Pero, ¿hay algo que podamos hacer los liberales y la gran mayoría de los que permanecen fuera de los corredores del poder donde se fija la política migratoria?

Una idea es hacer retroceder la idea de que el comercio es un juego de suma cero. Su beneficio no necesariamente debe venir a cuesta mía. Lo que es bueno para Alemania puede ser bueno para Francia, si los alemanes y los franceses intercambian bienes y servicios en lugar de balas y bombas. Los inmigrantes que llegan a trabajar enriquecen a las personas entre las cuales trabajan. Los juegos de suma cero pueden ser transformados en juegos de suma positiva estableciendo las instituciones adecuadas: derechos de propiedad, contratos, y comercio voluntario. El comercio ha mejorado el bienestar de los estadounidenses, los alemanes, los kenyanos, y de todos en general.

Los liberales también deben considerar seriamente nuestra propia retórica. Tratar de dividir la humanidad entre contribuyentes y consumidores de impuestos, como si hubiese una forma sencilla en una sociedad moderna de distinguir entre los dos grupos de manera limpia y poco ambigua, alimenta el odio y la ira populista. Claro que hay que recortar subsidios, pero demonizar a sus beneficiarios como enemigos del pueblo, o como simples parásitos, contribuye al clima de resentimiento, odio, venganza y conflicto que socava el marco necesario para que se de la cooperación pacífica y voluntaria sobre la cual se basa la libertad.

Concebir el mundo en términos de amigos vs. enemigos canaliza la energía hacia el colectivismo y la demagogia. Para detener al populismo autoritario, es importante no promover la mentalidad de enemistad que lo activa.

1Tom G. Palmer es académico del Cato Institute y director de Cato University

*Este artículo fue publicado originalmente en PanamPost el 5 de septiembre de 2021.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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