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Halloween, poder blando y globalización

Sergio Plaza Cerezo

Profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid

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La celebración de la fiesta de Halloween se ha convertido en referencia global. Toda una manifestación del poder blando de los Estados Unidos. El “soft power”, concepto acuñado por Joseph Nye, profesor de Harvard, consiste en la capacidad de influir sobre terceros países a partir de valores, instituciones y una cultura autóctona que resulten atractivos.

El avance hacia un orden internacional multipolar resulta imparable; pero, el poder blando estadounidense no cesa de crecer. Obama lo comprendió; Trump lo despreció. El desplazamiento del centro de gravedad hacia la cuenca del Pacífico se acelera. Sin embargo, la cultura ancestral del té está siendo barrida por el auge del consumo del café en China y Asia Oriental.

Starbucks representa una herramienta principal del poder blando de unos Estados Unidos que se han apropiado de la tradición europea del café. Un estilo bohemio y desenfadado. Un concepto de “neocafé” que introduce la comodidad de los sofás. La terraza de libre acceso, las mesas comunales y los pedidos cursados en barra expresan esa cultura igualitaria que ya advirtiera Alexis de Tocqueville en la Nueva Inglaterra del siglo XIX.

El vaso de Starbucks ya es icono global para viandantes variopintos de las grandes urbes, desde mendigos a jóvenes “hípsters”. Probablemente, Corea del Sur ha sido la nación más obsesionada con crear franquicias locales que repliquen al gigante de Seattle, tales como “Hollys Coffee”, cadena internacionalizada por Asia. Algunos establecimientos tienen hasta seis plantas. Y la chica adolescente que pasea con el recipiente de su “café latte” por el barrio de moda en Seúl –Gangnam-  protagoniza una canción del k-pop, género que ya es global.

Hace años, yo percibía la expansión de la fiesta de Halloween en España como una excentricidad extranjerizante para un país con una tradición tan arraigada en todo el mundo hispano como la del Día de Todos los Santos. Sin embargo, como cliente habitual del establecimiento cosmopolita de Starbucks en la calle Princesa de Madrid, me agradaba la escenografía del local para la ocasión. Recuerdo a una joven barista que era muy seria; nunca sonreía, pero estaba graciosísima con el disfraz de turno aquella tarde-noche.

A pesar de mis recelos, yo revisaba mi percepción sobre Halloween. Tal vez no fuera tan grave dicha penetración cultural. Tengo lejanas raíces irlandesas por una rama de mi familia; y la impronta celta de dicha festividad atravesó el Atlántico, portada por tantos emigrantes desde la isla legendaria. Además, los antropólogos encuentran la presencia ancestral de ritos paralelos, que incluyen la iconografía de la calabaza, en ciertos pueblos de Castilla, la región ibérica con mayor impronta celta, más allá del mito romántico sobre Galicia.

En cualquier caso, ¿no resulta triste que los adolescentes españoles ya conozcan en mayor grado Halloween, cuya relevancia como reclamo publicitario se expande de forma exponencial, que las versiones hispánicas del día de los muertos?

Los chinos de a pie adoran el “glamour” de Occidente. Los visitantes europeos nos sentimos estrellas de cine cuando los turistas chinos de provincias quieren fotografiarse con nosotros en el Bund, esplendoroso paseo fluvial de Shanghai. Las madres y abuelas alzan la manita del niño en brazos para decirnos “hello” en los barrios de Pekín.

La escasez de jóvenes realza su consideración social en naciones envejecidas como Japón. Un término, acuñado en la China del hijo único, lo expresa:  el “síndrome del pequeño emperador”.  Apenas se ven ancianos en los centros urbanos de Tokio, cuyas estaciones de tren de cercanías tienen demasiadas escaleras no mecánicas. Sin embargo, existe un barrio adolescente llamado Harajuku, toda una singularidad urbanita.  Por estas fechas, grupitos de muchachos lo recorren ataviados con disfraces, que sincretizan manga y Halloween.

La plaza principal de Shibuya, distrito vibrante con aires juveniles, es icono global que proyecta la imagen más reconocible de Tokio en el mundo.  Agrupamiento de semáforos entrecruzados y decorado urbano fascinante, que puede ser contemplado desde un mirador privilegiado: el Starbucks aledaño.

La noche de Halloween: fiesta grande en Shibuya. Multitudes de adolescentes y postadolescentes se confunden en un mar de disfraces. Los japoneses son gregarios; no hay problemas de orden público, sensación de agobio ni restos de basura en la calle. Los agentes de policía portan unas cintas para impedir el choque entre los grupos que atraviesan los semáforos confluyentes.

La zona metropolitana de Tokio tiene 37 millones de habitantes; pero, como si fuera aldea global, la recepcionista de mi hotel, ubicado en el barrio coreano, me reconoce. “Le hemos visto por televisión”, me dice. Una entrevista espontánea en la que, reconociéndome extranjero, un periodista me pregunta por la celebración de la fiesta de Halloween en España. Le comenté (2015) cómo dicho acontecimiento iba a más en Madrid, pero que todavía estábamos muy lejos de Tokio. En realidad, yo estaba impresionado con aquella querencia por ese festejo, que simbolizaba la influencia cultural de los Estados Unidos en un país con una civilización propia tan marcada como Japón.

Como corolario, les contaré algo que todavía no figura en los libros de historia. En realidad, muchos años después del armisticio, la guerra de Vietnam ha sido ganada por los Estados Unidos, país extranjero favorito para tantos jóvenes vietnamitas que, además de percibir a la superpotencia occidental como contrapeso frente a la amenazante China, están encantados con los videos occidentales que descargan en las redes sociales. Una cuestión de poder blando.

La Navidad, exportada al igual que Halloween por tantas películas de Hollywood, ya es fiesta global. Siempre recordaré con añoranza la plaza principal de Hanoi durante la noche del día 24 de diciembre de 2014, invadida por multitudes de jóvenes montados en motocicleta, satisfechos con la prosperidad económica aportada en Asia Oriental por la globalización, fenómeno que asocian a Occidente.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo

 


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Sergio Plaza Cerezo

Profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid

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