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Malvinas: 40 años después

El aniversario 40 del enfrentamiento entre Argentina y el Reino Unido por las islas Malvinas invita a la reflexión. ¿Es un conflicto vigente? ¿Qué enseñanzas nos presenta?

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Por Carlos Fara y Mariano Aguas

En estos 38 años de democracia, la Argentina resolvió casi todos sus conflictos limítrofes, la gran mayoría de ellos con Chile, mediante la negociación diplomática o recurriendo a fallos arbitrales. Pero lo que no ha resuelto, ni ha avanzado, es el reclamo de soberanía por Malvinas. Pasados cuarenta años de la guerra, se deben apuntar varias cuestiones sobre qué representa hoy y qué oportunidades le da el escenario a nuestro país.

Este fue el único conflicto bélico que tuvo la Argentina desde la unificación nacional que implicó la Constitución de 1853, salvo la Guerra de la Triple Alianza. No participamos de modo efectivo en ninguna de las dos grandes guerras mundiales, ni de otros conflictos como Corea.

De modo que los episodios de 1982 fueron totalmente ajenos a la memoria colectiva. Dada la derrota militar de ese momento y aquella experiencia histórica, es que uno de los grandes consensos nacionales a nivel social y de la dirigencia política es que la lucha debe darse por medios diplomáticos y ya nunca más por el camino de las armas.

Un reclamo con respaldo popular

Si bien el reclamo argentino tuvo una activación particular a partir de 1965, la evidente movilización popular que se generó con la recuperación militar del territorio en 1982 hablaba a las claras de lo que el tema despertaba en la conciencia popular. Cuarenta años después el recuerdo sigue siendo fuerte. El sistema educativo inculca el reclamo de soberanía generación tras generación. Incluso la reforma constitucional de 1994 incluye la soberanía sobre las Malvinas y las islas del Atlántico Sur. De hecho, la novel provincia de Tierra del Fuego (que data de 1990), incluye a dichos territorios dentro de sus límites.

Huellas de una guerra cruenta en las islas Malvinas | Sabine lj/Shutterstock

El reclamo no ha dejado de estar presente bajo ninguna de las presidencias democráticas; a veces de modo más confrontativo (período Kirchner), a veces de modo más heterodoxo (período Menem). Eso genera mucho debate respecto de cuánto se debe malvinizar la política exterior argentina, teniendo en cuenta la mirada realista (ampliamente mayoritaria en las distintas fuerzas políticas) respecto a que el objetivo de máxima solo se lograría en el largo plazo.

Para la sociedad el tema no es prioritario, pero sin duda que este 40 aniversario activará en la conciencia colectiva tanto el rechazo a la guerra —mal conducida— como el reclamo de soberanía. Demás está decir que los cambios culturales producidos en cuatro décadas —opinión pública menos politizada e ideologizada, más globalizada, desacostumbrada a los conflictos limítrofes— han vuelto a los argentinos menos fervorosos al respecto. Sin embargo, los excombatientes se muestran muy activos social y mediáticamente, por lo que influyen en la activación mencionada.

Una necesaria mirada realista

En la actualidad no hay un gran debate sobre la estrategia para obligar al Reino Unido a sentarse a la mesa de negociaciones.

Salvo algunas honrosas excepciones, es muy difícil encontrar abordajes que nos saquen de los lugares comunes, generalmente más sostenidos por comprensibles emociones que por sistemas de ideas que exploren caminos nuevos que nos permitan vislumbrar senderos políticos alternativos respecto del tema.

«Todo o nada» pareciera ser la máxima culturalmente aceptada y que actúa como un ancla más cercana a lo religioso que a lo que aconseja cierto realismo analítico en las relaciones internacionales.

Una mirada realista no presupone el renunciamiento a lo que consideramos nuestros derechos, sino una reevaluación sobre cuáles son los intereses permanentes de nuestra nación en dicha región del territorio, a la luz de un mundo que ha cambiado bastante en los 40 años transcurridos desde la guerra.

Cementerio en Islas Malvinas | Bernardo Boucho /Shutterstock

Si analizamos cuál es hoy una de las directrices más importantes de la política británica respecto de Malvinas, vamos a encontrar que la conservación del medio ambiente marino en el Atlántico sur juega un papel preponderante, transformando a Gran Bretaña en un campeón contra el calentamiento global y empoderando su rol en la región y en la proyección de sus intereses antárticos.

A pesar de lo que podamos recelar de dicha política, ese filón representa una gran oportunidad también para Argentina, si juega bien sus cartas, como lo ha comenzado a hacer hace algunos años con la creación de áreas marinas protegidas en el Mar Argentino.

En ese sentido, existen ámbitos donde ambas naciones cooperan y trabajan en pos de objetivos comunes, por ejemplo, dentro del Sistema del Tratado Antártico, donde Gran Bretaña es un socio en el mantenimiento en vigencia del statu quo que establece dicho tratado.

En la «larga marcha» que como nación debemos emprender para reconfigurar el mapa del Atlántico sur no podemos obviar al Reino Unido. Eso no implica olvidar nuestros intereses sino, por el contrario, redefinirlos en clave actual apuntando a una política de relativo bajo costo en la construcción de poder blando como es la conservación del mar, haciendo de Argentina un socio invaluable en dicha tarea.

Como reza el Himno de las Malvinas, «bajo un manto de neblina, no las hemos de olvidar», es un tema que nunca dejará de estar en la agenda nacional, aunque los frecuentes cambios políticos locales han conspirado contra la construcción de un consenso estratégico, que otros temas más urgentes postergan de manera sistemática.

Este artículo fue publicado originalmente en dialogopolitico.org el 02 de abril de 2022.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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