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La inteligencia del lector completará la frase que no me atrevo a pronunciar y que está apareciendo de nuevo como una invitación para “solucionar” la crisis.
Está claro que, al no enfrentar nuestros males, se genera su reparación con mayor virulencia.
Problemas políticos, aparentemente normales para nuestra experiencia vital, tienen a Bolivia en los titulares internacionales por el desconocimiento de solidaridad básica con enfermos, provisión de medicamentos y comida. Un instrumento creado para situaciones extremas en guerras internacionales, un “corredor humanitario” para sostener la vida, sencillamente no funcionó.
¿Qué está ocurriendo que no estamos entendiendo correctamente?
Las sociedades modernas han llegado a administrar los conflictos y superarlos, cuando aceptaron que ellos eran superiores a su vida cotidiana, y debieron construir acuerdos de los que dependía su continuidad o existencia: pandemias, catástrofes naturales, guerras.
Los Estados contemporáneos lo hacen a través de pactos constitucionales, convertidos en normas, procedimientos, aplicación institucionalizada, Estado de derecho, frenos y contrapesos, procesos electorales transparentes, administración independiente de la justicia.Buscando respuestas, me he encontrado con un protagonista de la Paz Mundial, Nelson Mandela, el preso 46664 que nos recuerda que la resiliencia es la capacidad de las personas y pueblos para sobreponerse al dolor, enfrentar las heridas, seguir adelante y reconciliarse con la Esperanza.
Cuando se lo analiza, nos encontramos con el perdón como componente. Las tres categorías del perdón – pedirlo, concederlo y perdonarnos– terminan siendo el camino para restablecer la dimensión humana de la reconciliación.
Nelson Mandela fue un maestro en resiliencia y del perdón. Y tiene una cualidad más: no dejó nada sin hacer, nada pendiente, nada sin decirse.
A ese tipo de personas, tenemos la tentación de considerarlas inalcanzable, distantes, ajenas, y frente a nuestras limitaciones cotidianas los exaltamos para distanciarnos para que su presencia no sea muy incómoda.
Ayudar a superar la guerra civil en Sudáfrica, pasar 27 años preso, convocar a los blancos a la reconciliación, sentar a su carcelero a su lado en la toma de posesión como Presidente, y agradecerle el haberle ayudado a mantener su dignidad, fueron, sin duda, acciones extraordinarias para quienes, con una bocina, en una esquina, nos sacan de las casillas.
Durante sus honras fúnebres, se escucharon reconocimientos elogiosos y justos por este hombre que no perdió la sonrisa incluso en los momentos más complicados.
Superada la congoja necesaria, debemos traerlo con su garbo enjuto y espigado para recordarnos con el silencio que es posible superar la violencia, abrazar al adversario y reconciliarnos con nosotros mismos, más allá del dolor que se hubiese sufrido.
«No hay camino hacia la paz, la paz es el camino», lo dijo Mahatma Gandhi. ¿Es un acto de ingenuidad, de negación de la realidad, de irresponsabilidad, plantear estas reflexiones cuando los tambores están sonando a rebato? Digo que NO.



