Bolivia: la democracia acorralada
La crisis boliviana no es ajena para Chile: golpea la relación bilateral, el comercio, la seguridad fronteriza y la estabilidad regional.
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La democracia acorralada
Bloqueos, marchas y violencia han dejado a La Paz sin alimentos ni medicamentos, mientras la consigna principal desde las bases adeptas a los movimientos mineros, algunos sindicales y buena parte de los acólitos de Morales, es la renuncia de Rodrigo Paz. Bolivia, nuevamente está al borde del precipicio y no es retórica, tampoco novedad. La crisis boliviana exige claridad estratégica, no gestos mínimos.
El Estado Tranca
En Bolivia, gobernar significa sobrevivir al siguiente cerco. La Ley 1720 fue el detonante, pero el problema es más profundo. Bolivia está atrapada en lo que Rodrigo Paz llamó el Estado Tranca: un aparato institucional incompetente de procesar demandas sin caer en parálisis. Se trata de una estructura creada para capturar el Estado boliviano. Por eso, la política boliviana funciona a golpe de bloqueo, chantaje y cabildo departamental. La elección de Rodrigo Paz se desarrolló considerando que el entramado siniestro, corrupto y disfrazado debía desmantelarse. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿Alguien medianamente interiorizado creyó ingenuamente que la vida política de Bolivia iba a desarrollarse sin la interferencia de Evo Morales o de aquellos vivieron dos décadas a costa de las prebendas del partido gobernante, el MAS?
Evo Morales y el sicariato sindical
La reaparición reciente de Evo Morales, declarado “rebelde” por la justicia, transformó la protesta agraria en una ofensiva política. Desde el Chapare, Morales y sus aliados decidieron marchar hacia La Paz, instrumentalizando el conflicto para exigir la renuncia de Paz. El Presidente denunció un “sicariato sindical” y apuntó directamente a Morales como responsable de la desestabilización. No yerra. Es así. Morales está acosado por la ley y debe presentarse a declarar hace más de dos años por delitos comunes y por delitos políticos. Es la única forma que tiene para no pagar por sus delitos por el proceso de estupro en Tarija, y para lograrlo, está dispuesto a incendiar el país. Y eso es lo que está haciendo día a día, en lo que va la cuarta semana de movilizaciones. Pero no está solo, hay que decirlo, junto a él están los sindicatos mineros, los cocaleros, los Ponchos Rojos –una fuerza paramilitar- y una serie de dirigentes violentos (as) que este fin de semana llegaron al extremo de querer “bajar” al ministro Mauricio Zamora que deseaba llevar ayuda humanitaria a localidades cercanas a La Paz. ¿Y qué es “bajar”, como decía el audio del dirigente sindical que llamaba a ello? Asesinarlo. Esto es terrorismo político, y debe ser nombrado como tal.
La dimensión internacional de la crisis
El editorial de El Mercurio del 25 de mayo de 2026 resume acertadamente que la crisis es multidimensional del país. Sin embargo, se equivoca en igualarla al 2003. Entonces el país no tenía la inflación descontrolada, escasez de dólares y la crisis fiscal. Esto es a causa del gobierno saliente y el modelo económico social que dejaron.
Los llamados “errores de Paz” son parte de la enorme brecha que existe entre querer hacer las cosas con la gente, respetando los derechos de las personas y la voluntad de desconcentración real del poder en el país. Como testigo presencial de la crisis completa del 2003, esto no existió en aquel entonces. Y, lo del Vicepresidente Lara, forma parte de una pesadilla: creer en que las personas actúan desde la decencia.
Por todo lo anterior es que EE.UU. habla de un “golpe en marcha” vinculado al narcotráfico; mientras el saliente Petro legitima la insurrección. Chile y Argentina envían ayuda humanitaria; pero ambos países reaccionan ante lo real: la crisis boliviana impacta directamente en la seguridad fronteriza. Que Brasil guarde silencio es la prueba palpable de la complicidad del Grupo de Puebla y del Foro de Sao Paulo con Morales. Hoy esas instancias asisten en paralelo a la caída de Zapatero en España. Todo está ligado: todos se defienden desde el mismo fango.
Desde que se ha podido hablar con el gobierno de Rodrigo Paz, Chile no ha hecho otra cosa que acercarse y colaborar. Así lo representó además en la reunión de emergencia desarrollada en la OEA la semana anterior, donde varios países de la región, apoyaron a Rodrigo, incluyendo a la misma Colombia a la que Bolivia le pedía ese mismo día sacar a su embajadora, por declararse a favor de la protesta.
¿Y Chile?
Aquí surge la pregunta incómoda: ¿Vamos a tirar el p… para las moras con Bolivia? ¿Vamos a mirar para otro lado mientras el vecino se desmorona? La crisis boliviana no es ajena: golpea la relación bilateral, el comercio, la seguridad fronteriza y la estabilidad regional. Kast ya lo entendió: Bolivia no puede convertirse en un cráter lunar gobernado por bloqueos y violencia. El efecto espejo para Chile es demasiado cercano.
Una caída de Rodrigo Paz congelaría las relaciones con la Cancillería boliviana. Y la amenaza de Morales —renuncia, transición, nuevas elecciones— busca su retorno. ¿Acaso volveríamos al ciclo de pugnacidad que Chile soportó hasta 2022? ¿Alguien lo duda? Un eventual retorno del ala dura del MAS, anárquico y marxista, sólo avizora una nueva temporada de tempestad. No se trata sólo de crimen organizado o migración descontrolada. Se trata de todo el norte chileno, que quedará impactado por el desconcierto boliviano.
Algunos dirán que Bolivia repite su historia; que cada crisis económica se convierte en crisis política, y cada protesta en amenaza de ruptura institucional. Sin embargo, dadas las circunstancias del hoy con Bolivia, de la inversión en tiempo, energía y voluntad política, lo único que no podemos hacer es mirar para el lado. La pregunta entonces no es si Bolivia repetirá su historia. Mirar de palco tampoco es opción. La pregunta es si Chile tendrá la claridad estratégica para impedir que esa historia nos arrastre también a nosotros.



