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Como parte de los festejos por el Día del Abogado, el I. Colegio de Abogados de Chuquisaca presentó el libro Celda 38 del periodista Edy Luis Franco Nogales. Tuve el honor de comentar ese trabajo, que me ha generado muchas sensaciones. Y no solamente desde lo estrictamente jurídico, sino, principalmente, desde lo humano.
Desde lo jurídico y aunque sea algo prácticamente por casi todos conocido, no deja de asquear la profunda metástasis corrupta y servil del sistema de administración de justicia boliviano –excepciones aplican, pero son eso– cuando una persona cuyo “delito” fue estar fichada por algún poderoso impresentable (hoy bebiendo su propia medicina) resulta sistemáticamente flagelada por un sistema (jueces, fiscales y abogados del horror) cuyos integrantes son –o deberían serlo– garantes de derechos y no sus carniceros. Debieran, como dice el maestro Zaffaroni, ser el último dique de contención de las pulsiones autoritarias. Si ellos no cumplen su rol, ningún ciudadano puede dormir tranquilo.
El rol de la Policía en funciones de seguridad carcelaria –como me decían mis defendidos en las épocas de mi querida Defensa Pública “Made in René Blattman”, es decir, de oro–, acerca de que eran simple y llanamente “delincuentes con grado y uniforme” (sic), es también un secreto a voces, agravado y multiplicado por la extrema cobardía de aprovecharse de personas privadas de libertad en extrema situación de vulnerabilidad (la ley del más débil, como diría el gran maestro Luigi Ferrajoli).
Imposible obviar el triste rol de algunos de nuestros colegas “sacadinero”, como escribe Eddy Luis, que ven a sus “defendidos” como un cajero automático a desvalijar, puntualizando que: “Si encontrar justicia en Bolivia ya es una odisea, encontrar un abogado confiable es directamente un milagro”, o parafraseando lo que sus compañeros de infortunio repetían en San Pedro: “El abogado es igual que la sombra de uno mismo, te sigue fielmente mientras hay sol o mientras hay dinero, mientras las dos cosas brillen al mismo tiempo, pero desaparece por completo apenas llega la oscuridad verdadera del encierro, justo cuando más se lo necesita”. Ojo: no todos somos plátanos, habría que decir en defensa de nuestra noble profesión; aunque sí, el maestro Couture lo sentenció: “La abogacía puede ser la más noble de las profesiones o el más vil de los oficios”.
Aunque a muchos les suenen obvias esas cuestiones, la manera en que el periodista y autor nos lo cuenta, como testimonio de su vida en prisión, es notable y conmueve al abogado y/o al penalista más curtido.
Empero, sin menoscabar lo anterior, me encantó aún más lo humano. Como buen periodista, estuvo ahí para escuchar y, algún día, para contar. Y vaya que lo hizo, y de manera excelente: el libro nos cuenta, además de las miserias por todos conocidas –por algunos denunciadas y resistidas y, por otros, que se acomodan o miran al otro lado congelando su dignidad y conciencia, quedando devorados por el sistema–, el sentido que Eddy Luis, pese a todo –al dolor de la injusticia, la separación de su familia, la traición del “hermano abogado” o la extorsión sistemática del sistema carcelario y político partidario–, le encuentra a su encierro.
También encuentro héroes y heroínas. Además de su autor, que no se presenta como tal sino como un ser humano íntegro, aparecen la heroína, su esposa Paola, sus padres, sus hijos y, afortunadamente, su abogada Rosby, que finalmente lo saca en libertad pese a todo y obtiene su absolución.
Acababa de disfrutar El abogado estoico, de Oscar Fernández León, y encontré en la historia del libro precisamente un excelente ejemplo de ese estoicismo de su autor. Por ejemplo, cuando escribe: “En San Pedro la vida vale muy poco, pero la dignidad, en cambio, no tiene precio”, o cuando describe su trabajo como: “La crónica de un hombre que fue encerrado dentro de una estructura entera podrida por dentro, y que sin embargo logró conservar, intacto, lo único que ningún poder del mundo puede confiscar jamás: la palabra, y la verdad que esa palabra sostiene”. Yo diría su dignidad y su don de gentes.
En suma, entendió y así lo hizo: “Dios no me quería ahí para lamentarme, sino para servir”. La oración, como escribe, se le convirtió en “su único territorio inexpugnable, el único rincón que ni el Ministerio de Gobierno ni ningún fiscal podían allanar”.
No les cuento más; les dejo picados con ese crudo y valiente testimonio del estado del arte de la justicia penal boliviana y celebro que Eddy Luis Franco Nogales, pese a todo, haya sufrido, visto y escuchado para contarnos, de la manera brillante en que lo hace, su Celda 38. Es una lectura altamente recomendable.
*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo



