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Lula: el animal político más grande de la región

Javier Medrano

Licenciado en periodismo y Ciencias Políticas de la Universidad Gabriela Mistral de Santiago, Chile.

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Doña Lindu –madre de Lula o Lulinha, como le decía– sacó adelante a sus ocho hijos desde una choza, luego de abandonar a un marido abusivo, bajo un principio que le inculcó a toda su prole: nunca te rindas. Y así lo hizo. En estas últimas elecciones en Brasil, Lula logró amarrar su cuarto mandato presidencial, marcar un hito político al superar los 64 millones de votos, batir un récord histórico de apoyo electoral y hundir al bolsonarismo en el cajón de los perdedores.

Brasil es calificado como un país-continente, con casi 9 millones de kilómetros cuadrados, lo que lo ubica como el quinto país más grande del mundo, con una población superior a los 214 millones de habitantes y con un PIB (Producto Interno Bruto) de más de dos billones de dólares, que lo sitúa entre las 10 economías más poderosas del planeta.

Esa es la nación que Lula, por cuarta vez, gobernará y que ahora lo apaña y lo legitima como un líder de talla mundial. Es el único sobreviviente del Foro de San Pablo y del Grupo de Puebla, que agrupó a personajes políticos manchados por la corrupción como los Kirchner, Chávez, Maduro, Correa, Ortega, los hermanos Castro, Morales y una ristra de gobernantes que destruyeron economías y democracias en la región.

Su lectura y olfato político son sorprendentes. Este nuevo nacimiento de Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, nacido en Garanhuns, del estado de Pernambuco, con esta victoria electoral agiganta su legado como líder del Partido de los Trabajadores (PT) tras seis décadas de ejercicio político continuo: la política es su proteína. En cada foro se ufana de haber sacado a millones de brasileños de la pobreza y ahora, pletórico, jura que liderará el mejor gobierno de la historia de la política de Brasil.

Nadie duda de que Lula demostró una capacidad de resiliencia descomunal que le impidió rendirse ante las peores adversidades, como la cárcel –acusado de ser parte de la mayor red de corrupción, conocida como Lava Jato, que le significó estar 580 días detenido–; haber superado tres derrotas electorales que precedieron a su histórica llegada al poder a principios de siglo y, además, luchar contra un cáncer cutáneo, razón por la cual usa un sombrero.

Se recompuso de todo y no defraudó a Doña Lindu al movilizar a la izquierda latinoamericana durante muchos años. Claro que ahora, hábil como siempre, dice ubicarse en el centro del espectro político y desde allí –asegura– buscará alianzas y acuerdos que le permitan gobernabilidad, frente a un bolsonarismo herido, rabioso y con muchas ganas de venganza.

Pocos demócratas han gobernado más tiempo en Brasil. Suma ahora cuatro mandatos en un país tan complejo y diverso con más de 214 millones de habitantes. Entre los gobernantes brasileños, solo el emperador Pedro II y Getúlio Vargas ostentaron el poder más tiempo que Lula. Ese es su legado.

Dejó la fábrica metalúrgica –en la que perdió el meñique izquierdo a sus 17 años– para luchar desde el sindicato por los derechos de los trabajadores. Con una visión propia de Lula, fundó el PT en 1980, al constatar que en el Congreso no había obreros ni nadie que defendiera los derechos de las masas que levantaban la economía. Ahí empezó su historia casi revolucionaria, al “incluir a los pobres en el presupuesto” de la nación.

Y luego está su legendario encanto personal, el que le ha permitido congeniar con un mandatario tan agresivo y torpe como Donald Trump, quien le declaró una guerra de aranceles. Quienes lo conocen aseguran que es muy hábil, incluso con aquellos a quienes no les cae bien; basta una breve reunión para que cambien de opinión. No solo habla con una voz pausada y suave, sino también con el cuerpo: es muy afectuoso y es experto en comunicación mimogestual.

Mira a los ojos de su interlocutor, sea un mandatario o alguien sin techo, un agricultor o un CEO de una multinacional, y en contra de todo protocolo, le toca el brazo y lo llama “companheiro”. Adora romper el hielo en ambientes más encorsetados con bromas o con anécdotas de fútbol. Es fan del Corinthians, el equipo del gran mundialista Sócrates Brasileiro y miembro de la Democracia Corintiana, un movimiento en tiempos de la dictadura que hoy resultaría impensable.

Janja da Silva, una socióloga y militante del PT, es su tercera esposa, quien supervisa con mano firme sus rutinas. Es la guardiana férrea que cuida que coma bien, descanse y cumpla con su rutina de ejercicio físico diario –práctica que adoptó en la cárcel– y que, cada vez que puede, recomienda a todos los brasileños implementar en sus vidas bajo el élan vital de su madre: no rendirse jamás.

Cada mañana, antes de ir a su despacho, hace pesas y camina a buen ritmo en el gimnasio bajo la mirada atenta de su esposa y su fotógrafo personal, que convierten esas sesiones en vídeos de apariencia informal que forman parte de una cuidada estrategia de imagen personal que vende un retrato activo y juvenil del mandatario, quien cumplirá 81 años. Razón por la cual su edad no fue motivo de campaña en su contra.

Quizás por eso y arropado siempre por su adorada Lindu, en todos sus mítines bromea –desenfadado– que tiene un pacto con Dios para vivir 120 años. Ese es Lula, el animal político más grande de Latinoamérica.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Javier Medrano

Licenciado en periodismo y Ciencias Políticas de la Universidad Gabriela Mistral de Santiago, Chile.

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