OpiniónSociedad

Duelo por la gata Goda

Sergio Plaza Cerezo

Profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid

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“A las cinco de la tarde. Eran las cinco en punto de la tarde”. Así inicia Federico García Lorca su “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”. Muchos años después, apenas faltaban unos minutos para las cinco de la tarde, pues castellanos y búlgaros somos demasiado puntuales. El enterrador, mi madre y yo confluimos a la puerta de la finca familiar, adquirida por mi bisabuela materna y su hijo único a un aristócrata emparentado con la esposa de Simón Bolívar. El propietario vivía en el Hotel Palace de Madrid; y no quiso venir a Segovia. Tal vez sintió pena; y, por ello, delegó la consumación de la transacción en manos de su apoderado.

En cualquier caso, aquel sentimiento no superaría nuestro dolor, camino de la huerta, equipados con una cajita. El enterrador, llegado del Este de Europa a estas tierras, también frías, hace 23 años, era portador de pala y baldosa. La finca, fuente de sinsabores varios, sería lecho para el cuerpo inerte de una gatita, tan cerca del radio de acción de sus andanzas, correrías, aventuras, alegrías, amores, maternidad dichosa y desventura postrera. Todo en tan poco tiempo, que solo puedo llorar.

Desde el olvido que seremos, quiero dejar constancia del paso por esta vida de Goda, amante de la libertad. Mi familia y yo fuimos casi sus únicos interlocutores de la especie humana. Si los antiguos egipcios momificaban a estos animales, compañeros leales del hombre desde la Revolución Neolítica, la cremación propuesta por la clínica veterinaria no me parecía final adecuado. Un enterramiento digno era deber: nobleza obliga, máxima inculcada de forma obsesiva por mi padre. Como cualquier gato, Goda era única, con personalidad propia, marcada. Nunca la olvidaré, a pesar de que ella solo vivió sus últimos diez días en nuestra casa.

Yo no sabía que, en vísperas del Día de Todos los Santos, tan celebrado en España y Latinoamérica, volvería a verme cercado por la muerte, prisionero de una ciudad que ya solo identifico con La Parca y su guadaña. Los huesos de santo son populares por estas latitudes; pero no tengo el ánimo para dichos dulces, dispensados en todas las confiterías. Se los regalo.

Ya eran las cinco de la tarde cuando nos adentramos por las profundidades de la que fuera huerta, donde, casi con total seguridad, más de un hortelano morisco trabajó antes de su expulsión de España, acaecida en 1609. Cuánto ha cambiado aquel paisaje desde que mis pies no lo pisaban. Los límites no se atisbaban, pues el paso del tiempo había convertido el fundo –como dirían los chilenos- en selva; e, Iván el búlgaro era guía grupal que desbrozaba a base de palazos. En aquel laberinto con tanta historia, me surgió el miedo de no saber volver. ¿Y si nos viéramos transportados a un agujero negro del tiempo perdido? La referencia para evitarlo se situaba a lo lejos: la torre de la iglesia románica, testigo del bautizo de Jerónimo de Aliaga, amigo de Francisco Pizarro y uno de los conquistadores del Perú. Mi madre adquiría orientación, vía recuerdos de imágenes infantiles, desde el peral a unas matas de grosellas.

Los campos secos, ásperos y lúgubres de Castilla están más amarillentos que nunca, dada la sequía impenitente; pero aquel territorio heredado del abuelo materno es enclave, casi aspirante a república independiente. Un verdor dulce, propio de las Asturias, dominaba aquellas soledades, físicas y del alma. Un milagro debido a la cacera, acequia cuyas ordenanzas datan de 1411 y fueron otorgadas por un monarca olvidado, llamado Enrique IV, quien, desde su querencia, convirtió a Segovia en corte oficiosa del Reino de Castilla. De forma religiosa, pagamos cuota anual, cuales miembros de la comunidad de regantes, como lo hicieran todos los propietarios anteriores desde el Bajo Medievo. Según documento municipal de dicha época, estaba prohibido arrojar gatos muertos a la basura. El peso de la Historia golpea; mientras, avanzamos con tristeza por la no-senda hacia lugar atemporal quien sabe dónde. El emplazamiento disfruta de la categoría oficial de paraje pintoresco, propio de alameda próxima a cauce fluvial; y lo merece. No en vano, la finca fue bautizada antaño como “El Paraíso”. Desde el agnosticismo, le pido a San Antón que guíe al espíritu de Goda hacia el mismo. Si existe, será compartido por hombres y felinos.

En esos momentos, desde la pena, Goda era protagonista única; y, en medio del oasis, me olvido de todos los disgustos procurados por esta pequeña hacienda. En buena lid, igual que el Cid Campeador, Goda ganará una batalla después de muerta. Los versos de Manuel Machado me vienen: “por la terrible estepa castellana, al destierro, con doce de los suyos –polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga”. En nuestra circunstancia, no somos doce; apenas tres acompañantes leales escoltamos a la gata finada al destierro de la muerte, que es mi muerte en vida desde la partida al otro lado de la laguna Estigia de mi hermano, víctima repentina de muerte traicionera en burgo ejerciente de museo en mayor grado que vividero. Tampoco él tuvo mucho séquito, camino del nicho, una gélida mañana de enero.

Ernesto hablaba de las “vidas efímeras” de nuestros amigos los gatos callejeros. Hemos sido testigos únicos del ciclo vital de Goda en apenas cuatro añitos. ¿Por qué no ha podido ser longeva? En el inicio de un verano, tres gatitos de color naranja llamaron nuestra atención, junto a la gran escalera por la que descendíamos todos los días. Uno de ellos murió –ya saben, la selección darwiniana-; y los dos restantes estaban muy unidos. Ambos, macho y hembra, emigraron a una segunda colonia –aquella en la que nacieron es apéndice o alquería de la anterior-. Algo bastante inédito, pues las gatas no efectúan mudanza; pero, Goda sí lo hizo, inseparable de su hermanito. Siendo tan rubios, el padre –que todavía estaba vivo- y el hijo fueron bautizados por mi hermano: Godo Viejo y Godo Joven. Y Goda sería llamada, durante algún tiempo, “la hermana del Godo”. Ella era rareza, pues apenas hay gatas anaranjadas.

Cuando llegábamos puntuales a la plaza mayor de la colonia, centro confluyente de   casetas abandonadas a pie de montaña, estos gatitos nos esperaban sobre una valla. El tiempo pasaba; y Goda se hizo muy independiente. Al contrario que otras gatas, ella podía faltar algún día a la cita. Sus compañeras, muy territoriales, apenas se mueven del terruño; pero, Goda tenía radio largo de movimiento, pauta compartida con varios miembros de su linaje particular. Ella sentía la llamada de la selva; y era una gata libre. Los comederos dispuestos en torno a un árbol, símbolo de las libertades felinas, como si fuera el roble de Guernica, eran su espacio favorito. Y, allí, podía acariciar de soslayo su fino pelaje rubiasco. Un animal noble, bueno, que siempre convivió en armonía con sus congéneres. Nunca escuché bufido alguno. La ventana de mi casa, controlada por la cancerbera Cuarta Parda, era recurso alimentario complementario de última instancia. En los inicios del último verano, Goda se atrevió a venir, por vez primera. Tan tímida que siempre llegó acompañada por sus amiguitas Caritina o Prima. Era humilde; y no quería llamar la atención. Razón para esta excursión: el nacimiento de su primer y único hijo.

Godín es una preciosidad: blanco con rabo, orejas y antojos faciales de color naranja; y, además, ojos celestes. Ha salido explorador, como su madre. Un día, estaba cerca; pero Goda no le veía. Cómo maullaba; cómo le buscaba; y la satisfacción del deber cumplido cuando fue encontrado. Godín y Blanquito tienen los mismos rasgos –y con seguridad son hermanos de padre-. Siempre van juntos; y juegan. Godín suele echarse encima de Blanquito por sorpresa. Las madres, Goda y Prima, tan unidas, los amamantaban de forma indistinta; y así, tardamos en determinar con exactitud la relación filial de aquel cuarteto entrañable.

Cierta mujer argentina, amante de los gatos, pasó de forma casual por la colonia a última hora de una tarde luminosa del mes de julio. La conversación fluyó; y, gracias a ello, pasamos largo tiempo sumidos en la contemplación de Goda, Godín, Prima y Blanquito, quienes andaban por allí tranquilos y felices. Eran días de esplendor en la hierba, que ya no volverán.

En jornada aciaga -13 de octubre-, hubo aparición espectral, que nunca habría querido ver: Goda cojeaba; y estaba muy delgada. Intentaba comer, pero apenas podía. Nunca la olvidaré, sentada, despidiéndose de su vástago. Ambos rostros eran como dos gotas de agua.

Atropello por un auto fue el diagnóstico. Mala suerte, pues ella, salvaje, montaraz, nunca salía a la calle principal. En la clínica veterinaria fue atendida con esmero; y había grandes esperanzas. ¿Sería como en la película “El protegido” (2000)? Quise pensar que Goda era una protegida, desde que la encontráramos lesionada y fuera posible llevarla al albéitar. Aunque pudiera sufrir daños neurológicos, respondía al tratamiento. No tenía rota la mandíbula; y volvía a ingerir alimentos. Le encantaba una lata de comida blanda ultraproteínica, llamada “recovery”; e, incluso, se atrevía con los piensos. Que felicidad efímera: aquel crujido al masticar. Mi madre la cuidaba con denuedo, como si fuera una hija; y se encariñó todavía más con la gata de color canela, hermana del Godo. Ambos tan entrañables, cada uno a su manera.

Aquellos días, descubrí un denominador común con sus sobrinos Naranjito y Fierina: la inclinación de Goda al parloteo. El animal me dirigía monosílabos; yo contestaba; y proseguía una especie de conversación con esta personita no humana. Todo iba bien; pero diez días después, empeoró. Cómo se aferraba a la vida, intentando alimentarse hasta el final. Fuimos a urgencias un domingo por la mañana. La esperanza no había caducado; pero, por la tarde nos dijeron que podría no pasar la noche. La pasó; y murió por la tarde al día siguiente. Como reza el epitafio barojiano, “todas hieren, la última mata”. ¿Por qué te has ido Goda? Yo te quería. Eras buena, auténtica, especial; y tus compañeritas de colonia ya te echan de menos.

En el cementerio inaugurado en la huerta, el búlgaro cavaba. El palo de la pala se rompió; pero, el hombre prosiguió, escarbando con las manos cuando era menester. Hizo su trabajo con pericia y dedicación; cómo ajustó la lapidita. Y dos palos en asta, cual cruz. Ya iniciado el entierro, una lluvia tenue nutrió el escenario; y la caída de la tarde se aceleró. Yo me decía: buenas tardes, tristeza. Iván empatizaba con nosotros: su perrita acaba de morir con seis años, debido a un tumor; y yace en finca campestre de pueblo cercano. Una vez acabada su labor, el hortelano eslavo se despide. No quiere cobrar; y, solo a regañadientes, aceptaría los dos billetes que llevo preparados. Todo un caballero. Nobleza obliga.

La sepultura de Goda se encuentra en lugar precioso, frondoso, harto bucólico. Me recuerda a esas tumbas solitarias, enigmáticas, envueltas en las sombras, de los “western” filmados por John Ford. Me afluye también la instantánea de aquella cruz mínima en el camposanto diminuto de la Estancia Harberton, donde la colonización de la Tierra del Fuego echó a andar. Esa señal humilde con cierta inscripción: “indígena encontrado en 1965”, uno de los últimos fueguinos, ya extintos. En sociedad urbanita, proclive a felinos con pedigrí y esterilizaciones como pensamiento único, Goda pertenecía a la estirpe de gatos ferales, callejeros, auténticos, en vías de extinción. Sí; Goda era una de “las últimas de Filipinas”. No hay mayor honor. Yo también quiero ser de los tuyos, mi querida Goda del alma.

Cada vez que vea la bañera de mi casa, hogar de esta gatita durante diez días de epílogo que me conmovieron, pensaré en lo que pudo ser y no fue: Goda integrada como un miembro más de mi familia, alejada de frío y lluvia. Qué pena. Cuando me encuentre con Godín, le hablaré de lo grande que ha sido su madre. Y ambos recordaremos aquellos días estivales de esplendor en la hierba, cuando madre e hijo fueron felices. Adiós, Goda. Hasta siempre. Te admiro.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Sergio Plaza Cerezo

Profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid

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