OpiniónEconomía

El alto costo de ser ciudadano

Pablo Mendieta Ossio

Economista en el campo de políticas públicas

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En los años ochenta Perú estaba sumido en la guerrilla de Sendero Luminoso. En medio de la violencia, un economista, un abogado y un politólogo publicaron un libro titulado “El otro Sendero”. El énfasis principal del libro era tratar de entender el Perú informal y demostrar que las empresas y trabajadores que optan por ser invisibles (o informales) lo hacen por los altos costos en términos de tiempo y recursos para emprender.

A inicios de este siglo, los economistas Simon Johnson, Daniel Kaufmann y Pablo Zoido-Lobatón hicieron un estudio similar, pero para un conjunto 70 de países, Esa fue la raíz para que entre 2003 y 2020 el Banco Mundial hiciera una recopilación de las estadísticas de tiempo, trámites y costo para emprender, conocido como Haciendo negocios (o Doing business en inglés).

Al inicio sólo se concentró en los procesos de emprendimiento, pero al final llegó a hacer análisis y recopilación de apertura de un negocio, permisos de construcción, obtención de electricidad, registro de propiedades, obtención de crédito, pago de impuestos, cumplimiento de contratos, principalmente.

Observaciones a la metodología impulsaron al Banco Mundial a discontinuar la medición. Actualmente este organismo se encuentra en el proyecto B-Ready (Business Ready), que tendrá una metodología revisada y será presentado en septiembre de este año.

Si bien estas iniciativas se han centrado en las empresas, que evidentemente han tenido dificultades para comenzar y continuar sus operaciones, siempre consideré que sería necesario tener algo similar para un ciudadano común.

En nuestra vida tenemos diversos registros como ser el certificado de nacimiento (y sus infinitas fotocopias) y el carnet de identidad (y las incalculables copias firmadas). Sólo con los dos cada persona podría tener un libro de medio millar de páginas.

Pero es sólo la punta del iceberg. Estas semanas mi hermana me ha colaborado con los trámites de la venta de una casa que tenemos en común; y lo que me narra día tras día me parece dramático.

Por ejemplo, el martes reciente estuvo en una entidad pública durante cuatro horas y media para recabar un documento, lo que no pudo hacerlo por una observación ridícula. Según ellos había que regularizar algo de mi hermano mayor que falleció a los dos meses de nacido en 1969, lo cual implicaba más y más trámites.

Más allá de escuchar su rabia e impotencia, me puse a pensar en el costo. En economía usamos un concepto denominado costo de oportunidad, que es el valor de la mejor oportunidad; y es lo que ella podría haber hecho en ese tiempo. Para un ciudadano promedio esto implicaría un costo de Bs40 en esas horas.

Pero no es el único costo, sino también se encuentra el estrés y el enojo. Mi hermana se descompuso ese día por la frustración. A medianoche le pedí que se tranquilice porque una visita al médico de emergencia implica al menos Bs500. Y los exámenes posteriores, lo digo por experiencia, son equivalentes a un salario mínimo.

Hago esta infidencia porque creo que cada persona en Bolivia está sujeta a esta y peores situaciones. Filas interminables para una atención médica, las dificultades laborales por tener que salir para hacer una pleitesía inútil a la burocracia, las insinuaciones a tener que pagar algo adicional e ilegal, entre otros.

En el plano académico, existen no una, sino varias investigaciones que muestran que la burocracia está asociada a corrupción. En conversaciones cotidianas es usual escuchar que siempre hay observaciones en el registro de propiedad inmobiliaria. Antes lo atribuía a descuidos e inexperiencia en trámites; hoy soy propenso a pensar que se debe a una maquinaria de corrupción.

Esta situación explicaría, en parte, el hartazgo de la población con el estado de las cosas. ¿Por qué en Argentina triunfó electoralmente la visión de que el Estado es el problema, no la solución? La burocracia podría ser una respuesta, porque es el ciudadano el que la vive. Él no sufre el déficit fiscal, pero sí las deficiencias fiscales.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Pablo Mendieta Ossio

Economista en el campo de políticas públicas

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