OpiniónPolítica

El intencional embrollo de la wiphala

MEZQUINOS INTERESES POLÍTICOS NADA TIENEN QUE VER CON LOS PUEBLOS QUE SE IDENTIFICAN CON ESA BANDERA

Pedro Portugal Mollinedo

De formación historiador, autor de ensayos y análisis sobre la realidad indígena en Bolivia, fundador del mensual digital Pukara

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La wiphala es de nuevo motivo de escándalo, esta vez en nivel internacional.

A inicios de este mes de febrero el congresista peruano de Fuerza Popular Juan Carlos Lizarzaburu calificó a la wiphala como un “mantel de chifa”, asegurando que en Bolivia ese emblema fue adoptado por algunos “resentidos sociales”.

Desde que el gobierno del MAS reconoció a la wiphala como símbolo nacional a través de la Constitución de 2009, la polémica sobre esta bandera no cesó en el país. Esta discordia parece haber sido, sin embargo, falseada en sus orígenes, distorsionada intencionalmente y encaminada deliberadamente para hacerle perder su verdadero significado. De esa manera sirve sólo de argucia a mezquinos intereses políticos que, frecuentemente, nada tienen que ver con los pueblos que se identifican con esa bandera.

La Constitución de 2009 señala en su Artículo 6 inciso II: “Los símbolos del Estado son la bandera tricolor rojo, amarillo y verde; el himno boliviano; el escudo de armas; la wiphala; la escarapela; la flor de la kantuta y la flor del patujú”. Generalmente se interpreta la wiphala como una segunda bandera nacional. Esa es la interpretación que oficiosamente siempre ha difundido el gobierno, y que la han creído quienes se identifican con ese símbolo y quienes la detestan y rechazan.

Sin embargo, el artículo 6 de la CPE es claro: hay una sola bandera, la tricolor. La wiphala es un símbolo más, cercano en jerarquía a la escarapela, flor de kantuta y flor de patujú. El Decreto Supremo N.º 241 del 5 de agosto de 2009 en su Capítulo II, De las características y usos de los Símbolos del Estado Plurinacional de Bolivia, en su Sección I “De la Bandera Tricolor”, reconoce implícitamente como sola bandera a la tricolor. El uso de la wiphala es reglamentado recién en la Sección IV. Si la simbología de la bandera tricolor es tratada directamente en lo que significa cada uno de sus colores, sobre la wiphala se precisa que es “un símbolo sagrado que identifica el sistema comunitario basado en la equidad, la igualdad, la armonía, la solidaridad y la reciprocidad”.

Se establecerá así un artilugio: Quienes se identifican con esa bandera en términos políticos y sociales la defienden y enarbolan como símbolo del Estado Plurinacional en la misma jerarquía que la tricolor, mientras que para quienes manejan el Estado boliviano es solamente un recurso alegórico destinado para contentar y mejor manejar esas multitudes cuando la situación lo requiera.

Esto explica muchas cosas, como que el agravio a la wiphala proferido por el congresista peruano Carlos Lizarzaburu no haya provocado reacción oficial boliviana en los estamentos que correspondían. La Presidencia, vicepresidencia y cancillería se destacaron por su parquedad, haciéndose pública sólo la reacción de la ministra de Culturas. ¡Nada más apropiado, si se toma en cuenta que para el poder la wiphala es sólo un símbolo exótico, casi arqueológico!

Pero, ¿cómo hemos llegado a este estado de cosas? Y: ¿En qué puede desembocar este embrollo?

La implementación de la wiphala, de los Años Nuevos Andino Amazónicos y toda la parafernalia del gobierno cuando se trata de tocar lo indígena es una distracción que en vez de solucionar los problemas coloniales los agudiza y extrema, pues, como toda distracción, esta solo puede ser provisional y transitoria. El hecho de que ese armatoste pueda ser funcional se explica únicamente porque los así engañados son cómplices en esa tramoya. Ahora bien, esa complicidad sólo puede ser también circunstancial y transitoria. Intentemos dilucidar los componentes de este drama. Llama la atención que tanto los ataques como la defensa a la wiphala se estanquen en lo milenario de su origen. El asunto puede parecer absurdo. Ninguna bandera en la historia conocida a argüido su validez en base a su ancestralidad. Sin embargo, quienes la atacan buscan desmantelar el argumento de su antigüedad, creyendo que así destruyen su vigencia política contemporánea. En ese afán esgrimen argumentos y “pruebas” de su más o menos de reciente origen: que era de los Tercios de España, que deriva de una publicidad del refresco Champancola, que fue una treta política de los organizadores MNRista del congreso indigenal de 1945, etc. De igual manera, los defensores de la wiphala se devanan los sesos por encontrar vasijas antiguas, pinturas rupestres, testimonios de cronistas, tejidos añejos y cualquier otro recurso que pueda probar la naturaleza arcaica del símbolo.

Asunto turbio y sospechoso. En la historia de las ideas políticas, sólo los nacional socialistas alemanes tenían obsesión por ese tipo de ancestralidad. Pero, en nuestro caso, ello no es influencia nazi sino efecto del trabajo de una corriente liberal contemporánea, el culturalismo posmoderno posicionado en la academia, en las ONGs y hasta en los organismos internacionales que porfía en identificar lo indio solamente como reivindicación cultural.

Es posible que esa obsesión conlleve ideas políticas. El “problema indio” no es sino un problema de descolonización. Esta fue corriente dominante en la década de los 60, cuando los países de África y Asia se independizaron. El papel de la cultura en ese proceso fue siempre intenso y fundador. En realidad, un detonador. Nos lo muestra la experiencia de Argelia, magistralmente relatada por Franz Fanon, o el caso de la rebelión MauMau en Kenia. Allí, la “recuperación cultural” el factor étnico, fue importante en sus inicios, pero una vez resuelta esa catarsis, los rebeldes, los independentistas, debieron encarar los problemas reales de la lucha y de nacimiento como nuevas sociedades, únicamente encarado el contexto sincrónico y asimilando las ideas, técnicas y conocimientos coetáneos y universales.

Es así como se dio la descolonización. Ello explica cómo actualmente se mantienen esas culturas en todo el mundo, pero ninguna de ellas empeñada en reproducir o retomar la senda de sus antiguas civilizaciones, interrumpidas por la aventura colonial de Occidente. En Egipto, por ejemplo, no reemprendieron la construcción de pirámides ni especulan sobre el saber encerrado en esas piedras milenarias; esa preocupación la dejan a los esotéricos occidentales. Irán no regresó al culto de Zoroastro y asumió el Islam que, respecto al milenarismo civilizacional, es tan ajeno y reciente, como lo es el cristianismo para los pueblos indígenas de las Américas. China no se estancó en el ying yang y la ceremonia del té, sino que es ahora una de las potencias mundiales gracias a su empoderamiento de las condiciones y saberes actuales.

Ese es el desenlace de la descolonización, tal como se dio en el mundo. Sin embargo, los pueblos indígenas en el continente son un caso especial en este proceso. La guerra de los Katari y Amarus del siglo XVIII tiene cierto parangón con ese tipo de descolonización. Al no poder culminar satisfactoriamente esas guerras, la descolonización –entendida como la expulsión de la metrópoli y la creación de Estados independientes– ¡fue hechura de los hijos de los españoles y no de las poblaciones indígenas!

Es esta evidencia la que origina todo el embrollo. El criollo se empoderó, a veces de mala gana y con desesperanza, de la responsabilidad de crear una nueva identidad nacional. A todas luces fracasó. Su piedra de tropiezo fue el indio. Aquí se entiende la ilusión de la plurinacionalidad como manera de resolver el fiasco de creación de Nación.

El poder que todavía tiene el criollo lo malgasta en un frenesí de sobrevivencia, al imaginarse un “otro”, el indio, a la medida de sus esperanzas. Un indio obsesionado sólo por lo pretérito y la armonía con el medio ambiente, que buscaría retomar la sabiduría de sus antepasados, en un proceso en el que para nada disputaría el poder de lo que es generador de real dominio: las instituciones, la visión y el saber contemporáneo, La wiphala, para el poder criollo, hace parte de ese invento: frágil y discordante cuando se lo quiere manipular; terrible y coherente, cuando está en las manos de quienes ven en ello un símbolo de liberación.

Y aquí retomamos al inicio de este artículo. Cuando el congresista peruano de Fuerza Popular Juan Carlos Lizarzaburu ataca la wiphala, no lo hace a ese supuesto calendario mítico y místico, ni a esa armonía de colores que reflejaría la hermandad universal, o a cualquier otro cuento. No lo ataca, pues si en el Perú se hubiesen dado las condiciones que ocurrieron en Bolivia, quizás ese mismo congresista hubiese sido uno de los embaucadores de la wiphala. La difama pues en manos de miles de manifestantes que hoy ocupan Lima, son un presagio de cambios inadvertidos, aunque centenariamente temidos.

Los símbolos son temidos, no porque sean en sí un mensaje, sino porque retransmiten una esperanza, una interpretación que tiene origen en quienes los portan. Y cuando son llevados por miles, por millones, son instrumentos imparables de cambio social y político.

Ese es el verdadero temor hacia la wiphala. Un símbolo que espera se le dé contenido, proyección y finalidad. Es lo que ansía el pueblo que en ella se identifica, y que ahora, en Perú o en Bolivia, se nota con exasperante ansia: Existe la bandera, falta el grupo organizado forjador del mensaje, generador de organización, emprendedor del cambio.

En un artículo de Facebook en septiembre del 2018, Wilmer Machaca resume la calamidad en la que el gobierno del MAS encaminó a la wiphala. Comentaba que en un seminario sobre la posverdad organizado ese mes en la UMSA, Walter Chávez, a quien se atribuye haber sido el estratega de comunicación del gobierno –al menos en sus primeros periodos–, habría dicho que el año 2006 a casi el 100 % de los masistas les parecía glorioso tener una wiphala en casa, impresa en sus poleras. Según él, después de diez años más del 80 % de masistas ya no gustarían de la wiphala. Según Chávez, esa baja no se debió a la acción de la oposición, sino a que el gobierno no habría construido sobre esa base una nueva ideología. Wilmer Machaca precisa que el gobierno no construyó una ideología política sino el pachamamismo.

Eso es cierto. El gobierno se mostró reacio a enarbolar la wiphala en su verdadero sentido político, amañó las disposiciones legales, como vemos al inicio de este artículo, y se encaminó alegremente a distraer al pueblo con un pachamamismo rampante.

Queda por dilucidar el temor profundo del gobierno a dar a la wiphala su verdadero significado. Quizás quiso evitar la singularidad de ser el único país con dos banderas. Cualquier bandera provoca sentimientos profundos de identidad y compromiso. Por ello no es dable que pueda haber dualidad de lealtades, simbolizadas con dualidad de banderas. Pero la solución no reside en el engaño, ni en la simulación, como lo hizo el gobierno del MAS. Al tratar de relativizar su simbolismo nacional y político, que puede ser desestabilizador en un proceso de construcción nacional que no termina por acabar (ni comenzar seriamente) en Bolivia el MAS enarboló dos banderas, queriendo cantonar una de ellas en el terrero del esoterismo y la ilusión política. Son los grupos espontáneos quienes sacan la wiphala de ese confinamiento. En Bolivia el 2019, en Perú actualmente. Empero, sin una ideología ni estrategia real, la wiphala puede ser reducida a simple símbolo instrumentado. Se debe retomar el cauce de la discusión política y dar a la wiphala el sentido primigenio que le dieron sus fundadores: símbolo de una idea política, de un proyecto de nación y de sociedad.

¿Será la wiphala, además, una futura bandera nacional? Podría serlo, como también no. En todo caso evitar la esquizofrenia política de creer que el problema de unidad se soluciona admitiendo superficialmente todos los símbolos de las partes que aún no lograron su unidad. Los defensores de la wiphala deben salir de la fantasía como herramienta de defensa. Importa poco si un símbolo es o no milenario. Importa más que sea aceptado aquí y ahora. Importa darle contenido, y no fantasear sobre supuestos mensajes ocultos en ese símbolo.

Es seguro que hay antecedentes que inspiraron a la wiphala histórica, de la que se tienen testimonios históricos y que se remontan a los años 40. Que esos antecedentes se remonten a la pre conquista española o al periodo de la Colonia, interesa sobre todo a los especialistas. No tienen relevancia en el plano de la efectividad política. Lo que sí es importante es que cuando un grupo se organiza, requiere de símbolos. El indianismo katarista que empezó a estructurarse a partir de los años 60, tuvo en la década de los 70 necesidad de un símbolo propio. Ese –la wiphala– fue propuesto a los militantes del Movimiento Indio TupajKatari, MITKA, por Constantino Lima. Él se inspiró en los gráficos de un libro que mostraban las diferentes banderas del Tawantinsuyo y de las rebeliones indias. Adoptó una de ellas, porque le rememoraba las que vio episódicamente cuando niño, pero que ya no podría encontrarlas más, en sus viajes a las diferentes comunidades. Esa bandera, la wiphala, fue adoptada a regañadientes por los militantes del MITKA, pues para ellos no se trataba de sustituir los símbolos de Bolivia, sino tomar el Poder en Bolivia.

Germán Choque Condori (que sería luego conocido como Germán Choquehuanca e Inka Choquewanka), un miembro de las juventudes del MITKA y del Movimiento Universitario Julián Apaza, tomó esa wiphala y buscó darle coherencia significativa y estética, pues las wiphalas enarboladas entonces tenían una cantidad fantasiosa y divergente una de otra en la cantidad de cuadros y la disposición de colores. Lo hizo con la colaboración de investigadores criollos y terminó su diseño en la computadora de Fernando Untoja. La presentó el año 1978 a los miembros del MITKA y fue adoptada como bandera de esta organización simbolizando el Qillasuyu.

El creador de la wiphala contemporánea ha relatado varias veces y por distintos medios el proceso de reestructuración de ese símbolo y su papel en el mismo. Las divagaciones sobre su origen milenario (incitadas en un primer momento por el mismo Germán Choque Condori para dar lustre a su creación) son un escollo en el plano del conocimiento y del mismo activismo por los derechos indígenas y la creación de una nueva y verdadera identidad nacional en este país llamado Bolivia.

“Los símbolos son temidos, no porque sean en sí un mensaje, sino porque retransmiten una esperanza, una interpretación que tiene origen en quienes los portan”.
“Los defensores de la wiphala deben salir de la fantasía como herramienta de defensa. Importa poco si un símbolo es o no milenario. Importa más que sea aceptado aquí y ahora”.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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