OpiniónEconomía

El problema no es qué hacer, sino hacerlo

Pablo Mendieta Ossio

Economista en el campo de políticas públicas

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¿Cuántas veces hemos discutido en Bolivia sobre déficit fiscal, tipo de cambio, hidrocarburos, inversión o exportaciones? Muchas. Tal vez demasiadas.

Por eso, después de colaborar en el “Libro Blanco de la Recuperación Económica de Bolivia”, de CAINCO me quedó con una pregunta distinta: si conocemos nuestros problemas y también sus posibles soluciones, ¿por qué nos cuesta tanto resolverlos?

Vayamos por partes (como dijo Jack el destripador).

Bolivia salió de la pandemia, la producción se recuperó en dos años y durante algún tiempo varios indicadores mostraron una economía que retomaba cierta normalidad. Pero debajo de esa recuperación ocurría algo menos alentador: las reservas internacionales disminuían, la producción de gas continuaba cayendo, aumentaba la necesidad de importar combustibles y el margen para conseguir divisas era cada vez menor.

Desde 2023 esas vulnerabilidades dejaron de ser una discusión entre economistas y comenzaron a sentirse en la vida cotidiana. Apareció la escasez de dólares, aumentaron las dificultades para importar y luego llegaron problemas de abastecimiento de combustible y mayores presiones sobre los precios.

¿El Estado no hizo nada? No. En realidad, hizo mucho. Hubo medidas financieras, regulatorias, cambiarias y de abastecimiento. Se buscaron dólares, se modificaron instrumentos y se intentó administrar cada nueva dificultad.

Aquí aparece una distinción fundamental: administrar crisis no es lo mismo que reconsiderar las soluciones.

Uno puede resolver el problema del día y, sin darse cuenta, mantener intacta la causa que lo produce. El financiamiento, por ejemplo, puede comprar tiempo. Pero si durante ese tiempo no aparecen nuevas fuentes de divisas, tarde o temprano vuelve el mismo problema. Y probablemente con menos margen.

¿Por qué no cambiar antes? Porque las decisiones económicas difíciles tienen una característica incómoda: sus costos aparecen rápidamente y sus beneficios tardan.

Las medidas más inmediatas generan ganadores y perdedores desde el primer momento. La inversión, la productividad y las exportaciones, en cambio, necesitan meses o años.

Por tanto, no basta con que una política sea técnicamente correcta. También debe ser políticamente posible, socialmente transitable y suficientemente sólida para sobrevivir hasta mostrar resultados.

Y eso nos lleva a otro punto: estabilizar no es transformar.

Bolivia necesita estabilidad macroeconómica. Pero ésta no reemplaza por sí sola los dólares que antes generaba el gas.

Tampoco creo que debamos buscar simplemente “otro gas”. Lo razonable es construir un portafolio de nuevas fuentes de divisas: hidrocarburos, minería, litio, agroindustria, forestal, manufacturas, turismo, servicios y aquellas actividades que todavía pueden aparecer.

El problema es que potencial no significa producción y producción tampoco significa exportación. Entre ambas existen permisos, infraestructura, tecnología, logística, financiamiento, mercados y muchas otras restricciones. A veces el gran problema será una regla de inversión; otras veces puede ser algo aparentemente pequeño, como una certificación sanitaria que impide vender un producto en el exterior.

De allí surgen cuatro capacidades que necesitamos fortalecer: anticipar los problemas antes de perder el margen; reconsiderar una estrategia cuando los resultados contradicen sus supuestos; transitar una reforma administrando adecuadamente sus costos; y transformar la estabilidad en inversión, productividad y nuevas divisas.

Pero agregaría una disciplina que atraviesa todas: entregar resultados, medirlos, aprender y corregir.

Una ley promulgada no necesariamente es una reforma. Una reunión no significa coordinación. Un desembolso no implica inversión. Y crear una institución no garantiza que exista capacidad estatal. El resultado aparece cuando cambia la realidad.

En fin. Tal vez sabemos bastante sobre qué hacer. Lo que todavía debemos aprender es cómo hacerlo a tiempo, cómo sostenerlo y cómo corregirlo cuando deje de funcionar.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Pablo Mendieta Ossio

Economista en el campo de políticas públicas

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