Opinión

Habilidades, instituciones y un Benz: ¿saldremos de esta(s) crisis?

Christian A. Aramayo Arce

Presidente de la Fundación Gobierno Abierto y Director del Centro de Desarrollo Humano y Empleabilidad de la UAGRM

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Producto de la pandemia, el mundo ha acelerado cambios que ya estaban dándose lustros atrás. Mientras que a nivel micro es importante desarrollar habilidades (como la resiliencia, la autoestima, la motivación, etc.) que permitan a los miembros de la organización adaptarse a la nueva realidad, a nivel macro es importante contar con sistemas organizacionales que puedan dar respuesta a la dinámica social, mucho más si son cambios a velocidades exponenciales, como, digamos, una pandemia mundial o algo menos catastrófico pero sí igual de rápido: la generación de nuevas aplicaciones tecnológicas para resolver problemas públicos. Por cierto, quienes decían que iba a nacer un nuevo ser humano pueden quedarse felices con sus fantasías teóricas, excelentes referencias para las telenovelas.

Como es de suponerse, esta adaptación debe ser rápida y, como en todo, habrá quienes no están preparados para aceptar los cambios, ya que no solo se debe responder a los mismos, sino aprovecharlos para crecer. Dicha velocidad, en términos sencillos, se traduce en lo que se conoce como eficiencia adaptativa. 

¿Cómo mejorar la eficiencia adaptativa? Los autores hacen referencia a las instituciones ya que marcan nuestra forma de tomar decisiones. Es decir, mejorar la eficiencia adaptativa depende mucho de los modelos mentales que tengamos para decidir en el día a día, de ahí que la cultura (o para ser precisos, las instituciones informales) supeditan a las normas formales tanto del sector público como del sector privado. Veamos tan solo los cientos de proyectos que no pudieron llevarse adelante con éxito por ignorar variables culturales propias de la localidad en la que se estaban ejecutando. Ejemplos de instituciones perjudiciales son la soberbia y el racismo, mientras que otras beneficiosas para la sociedad son el cooperativismo y la hospitalidad.

Así las cosas, como se podrán imaginar, la educación y el desarrollo de habilidades blandas son importantes, casi tanto como los niveles de confianza; si a nivel micro tomamos decisiones en base a la confianza que tenemos en nosotros mismos y en quienes están a nuestro alrededor, a nivel macro estamos hablando de la confianza en la firma o en el Estado. En ambos casos, dicha confianza es clave para reducir costes de información y costes por el cumplimiento de normas, acuerdos y contratos. ¿Por qué es importante el impacto sobre estos costes? Douglass North, Nobel de economía y principal referente del Nuevo Institucionalismo Económico es categórico al afirmar que la diferencia fundamental entre los países desarrollados y los no desarrollados está en el coste por el cumplimiento de contratos.

“¿Quién me garantiza que mi competencia siga las normas como yo las sigo?” “¿qué me garantiza que en mi país no me expropien la empresa que estoy por abrir?”, “¿cómo confiar en alguien que no conozco?” se dicen a sí mismos pequeños emprendedores, grandes inversionistas, y las personas en general, respectivamente. A la hora de celebrar un contrato, dictar una norma o establecer un acuerdo, el actor fundamental es aquél que garantiza el cumplimiento de los mismos, quien, además, permite reducir el riesgo moral y la selección adversa ante las asimetrías de información. A nivel micro, estamos hablando de un mediador, un amigo en común o los famosos testigos (¡hasta en el matrimonio hay un sacerdote y testigos!) A nivel macro, en la cultura occidental ese rol cae en el sistema de administración de justicia.

Dicho todo esto, en Bolivia más del 90% de las empresas son pequeñas, con bajos niveles de productividad y pocas perspectivas de crecimiento. El FMI indica que los indicadores de informalidad están por niveles similares. La administración de justicia cuenta con uno los peores niveles de credibilidad y confianza a nivel mundial, mientras que la calidad en la educación es de las peores en el continente y, lo que es peor, no es medida desde hace ya varios lustros atrás. En suma, si hablamos del cumplimiento de acuerdos, contratos y normas, la calidad institucional es tan mala que el ejercicio de poder cumple a cabalidad la cínica frase peronista: “a mis amigos todo, a mis enemigos ni justicia”. 

¿Cómo, entonces, Bolivia saldrá de este panorama tan sombrío? Cuando uno revisa los parámetros (conjuntos de muchas variables) demográficos, tecnológicos, geográficos e institucionales, uno puede entender que las macrotendencias del siglo XXI apuntan a acelerar los procesos de crecimiento y desarrollo sin importar las autoridades que se encuentren en ejercicio de poder. Estamos en la época de mayor paz, prosperidad y desarrollo en toda la historia de la humanidad; la realidad y los cambios en el siglo XXI superan la velocidad del marco mental de quienes diseñan y mantienen las burocracias.

Como un pequeño ejemplo, veamos el diseño institucional que regula el trabajo en Bolivia: mientras que hoy se apunta a contratos dinámicos, desarrollo y certificación de habilidades e inteligencia artificial para la resolución de problemas públicos, el Estado celebra como gran logro la incorporación de correos electrónicos, pagos por internet durante tiempos de pandemia e insiste en la fracasada idea de la sustitución de importaciones. Pero no nos olvidemos, el problema es complejo y de largo aliento porque implica educación y confianza. 

¿Qué hacer? ¿Estamos condenados al subdesarrollo? A la hora de plantear el problema institucional es que todas las soluciones defraudan a quienes buscan opciones rápidas. Si bien hay temas que necesitan medidas de shock (como la reducción de impuestos), la realidad y la evidencia histórica señalan que las medidas para mejorar la calidad institucional implican tiempos de mediano y largo plazo. 

En realidad, estamos “condenados” a alcanzar el desarrollo para todos y sin dejar a nadie atrás. El problema de fondo es el tiempo; no es lo mismo alcanzar ese desarrollo en una generación, que hacerlo en tres. Ahí cabe la pregunta fundamental: ¿Los actores políticos estarán a la altura? Es así que el principal riesgo para desacelerar los procesos de desarrollo en el contexto de mayor prosperidad en la historia de la humanidad está en que la gente honrada, capaz y humanamente sensible se aleje de las esferas políticas y los asuntos públicos. 

El país necesita que los mejores no se desentiendan de la realidad política ya que, como menciona Robert Redford en una de sus magistrales interpretaciones: “¿de qué sirve tener un Benz si no puedes cargarle gasolina?”.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Christian A. Aramayo Arce

Presidente de la Fundación Gobierno Abierto y Director del Centro de Desarrollo Humano y Empleabilidad de la UAGRM

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