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La agonía de la democracia

Ante el descalabro general, aparecen mesías que creen en soluciones elementales, que pueden implantarse por decreto. Con la proclama de un iluminado se disolverían sindicatos, las organizaciones sociales y los gobiernos locales. Los pobres pedirían que les dupliquen el precio del transporte, que les quiten la poca comida que les queda después del desastre actual, esperando que los que sobrevivan al Armaggedon liberal puedan vivir como suecos en el futuro.

Jaime Duran Barba

Consultor de imagen y asesor político.

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n grupo de lunáticos trató de tomarse el Capitolio y terminar con la democracia norteamericana, para perpetuar en el poder a Donald Trump, el primer expresidente norteamericano sindicado por tratar de sobornar a una prostituta para que mienta en su campaña electoral.

Pedro Castillo, decidió, que debía implantar los cambios que necesitaba el Perú. Había que hacer lo que hay que ha-cer, sin que importen las instituciones, ni la realidad del país. Convocó a una rueda de prensa, anunció la disolución del Congreso, de la Justicia, la derogación de la Constitución. Pocas horas después quedó, sin sombrero y sin poder, detenido en una comisaría.

Jair Bolsonaro, siendo presidente de Brasil, rodeó los cuarteles con sus seguidores, pidiendo a los militares que den un Golpe de Estado. Cuando perdió las elecciones huyó del país, organizó plantones para exigir un golpe militar que desconozca los resultados de las elecciones.

La policía se plegó en Francia a la huelga, rechazando la reforma de la seguridad social que plantea Macron. La derecha la cuestiona demagógicamente, tratando de conquistar un poder con el que la profundizarán.

Cristina Fernández está en el corazón de una supernova que estalla. Le molesta que en Sarajevo hayan matado al archiduque, terroristas capaces de desatar una guerra mundial y no anónimos vendedores de copitos como sus adversarios. Su modelo político, que duró veinte años, terminó como otros experimentos utópicos: quebró. No hay dinero para repartir aunque el Gobierno cree más impuestos y dilapide el dinero de los jubilados. La única forma de conseguirlo es imprimir bi-lletes, pero el uso frenético de la maquinita, incrementa una inflación que pasa del 100% anual, incrementa la pobreza, provoca un desastre económico brutal, en medio de una sensación generalizada de angustia y enojo, que si los dirigentes no toman en serio puede llevarnos a una guerra civil.

Mauricio Macri

Ante el descalabro general, aparecen mesías que creen en soluciones elementales, que pueden implantarse por decreto. Suponen, como Pedro Castillo, que basta convocar a una rueda de prensa para implantar el orden y la seguridad en el país más anómico de América. Con la proclama de un iluminado se disolverían sindicatos, las organizaciones sociales y los gobiernos locales. Los pobres pedirían que les dupliquen el precio del transporte, que les quiten la poca comida que les queda después del desastre actual, esperando que los que sobrevivan al Armaggedon liberal puedan vivir como suecos en el futuro.

La sociedad del mensaje instantáneo, lleva a algunos líderes a un análisis superficial de lo que ocurre y a plantear un Apocalipsis, semejante al que se ve en la película Cabaret, cuando se proyecta la crisis de Alemania, sirvió para el surgimiento de Hitler.

A propósito de esto, Primo Levi dice que: “todos deben recordar, que tanto a Hitler como a Mussolini, cuando hablaban en público, se les creía, se les aplaudía, se les admiraba, se les adoraba como dioses. Las ideas que proclamaban eran, en general, aberraciones,  tonterías, o crueldades, pero se entonaban hosannas en su honor y millones de fieles los seguían hasta la muerte.”

“Estos fieles, no fueron esbirros natos, ni monstruos, sino gente cualquiera. Los monstruos existen, pero son pocos para ser peligrosos. Más peligrosos son los hombres comunes, los funcionarios que creen y obedecen sin discutir como Eichmann, como Hoess, comandante de Auschwitz.”

“Hay que desconfiar, de los jefes carismáticos que tratan de convencernos con argumentos distintos de la razón. Debemos ser cautos en delegar nuestro juicio y nuestra voluntad. Siendo difícil distinguir a los profetas verdaderos de los falsos, es preferible desconfiar de todo profeta; es mejor renunciar a la verdad revelada, simple y esplendorosa, que parece cómoda por su inmediatez y porque viene gratis. Es mejor conformarse con otras verdades más modestas y menos entusiastas, que se conquistan con trabajo, gradualmente y sin atajos, gracias al estudio, la discusión y el razonamiento, verdades que pueden ser demostradas v verificadas”.

Miguel de Unamuno en “La agonía del cristianismo” habló de “agonía”, no para anunciar la muerte de la fe, sino para señalar un momento de crisis en el que el cristianismo debía cuestionarse para poder renacer con un renovado ímpetu.  Agonía no es solo anuncio de la muerte, sino que puede ser un momento de renacimiento del ave fénix con nuevas características. En este artículo usamos la palabra en ese mismo sentido. La democracia representativa agoniza porque está naciendo una nueva sociedad completamente distinta en la que el poder tendrá una nueva lógica.

La situación actual es compleja. Como mencionaba Carlos Pagni en un dialogo con Marcelo Longobardi, la gente se resiste a recibir el mensaje de los políticos de cualquier tendencia. Vive una incertidumbre intensa, semejante a la angustia que describe Lovecraft en El Color que Cayó del Cielo. Es algo más agobiante y generalizado que lo que surge de un tema particular como la inseguridad, la crisis económica o el empleo. Estos problemas existen y se han agudizado más allá de todo lo previsible, pero son solo parte de un problema mayor.

Manipulados por mitos

Las ideologías tradicionales murieron con la Guerra Fría, y caducó el marketing político, un intento superficial de construir poder que intentó manejar los procesos electorales.

La mayoría de occidentales y en especial de latinoamericanos, siente que la realidad actual es profundamente insegura. Esta sensación no solo tiene que ver con el incremento del narcotráfico y del crimen, ni con que no tienen dinero. Todos estamos deprimidos, enojados, percibimos que nos ahogamos en una realidad que cambia radicalmente todos los días, a pasos agigantados, que la Tercera Revolución Industrial nos invade con la Inteligencia Artificial, la robótica, y el alud de transformaciones de las que hemos hablado en esta columna desde hace años, y empiezan a ser percibidas, cuando controlan nuestras casas, nuestras vidas, y se despliegan desde nuestro celular.

La gente ya no está dispuesta a obedecer. Se rompió la organización jerárquica de la sociedad. La gobernabilidad se ha vuelto imposible. Más allá de los resultados electorales y las mayorías parlamenta-rias, que por otra parte se han hecho muy frágiles, está una población que se resiste a todo cambio, especialmente si se dirige a ordenar la sociedad y supone cualquier sacrificio.

La inmensa mayoría de la gente quiere todo y enseguida. No está dispuesta a cultivar el pobrismo, el ahorro, el trabajo, o cualquier cosa que signifique sacrificio. No quieren sufrir en un valle de lágrimas para llegar a un paraíso del que desconfían. No hay duda de lo que escogen entre transformación a largo plazo del país y farrear, ya.

Un sistema que colapsa lleva a sus dirigentes al delirio. Los manifestantes, que siempre fueron usados como instrumentos para apretar a jueces y autoridades elegidas democráticamente, de pronto se están sublevando y lo harán cada día más. Rompen la cara de un ministro kirchnerista y se ufanan de que lo han hecho. Dicen que un trabajador que protesta tiene derecho a eso y mucho más. No comprenden cómo es posible que las autoridades no den seguridad a los choferes mañana. Están obligados a lograr inmediatamente que los colectivos se modernicen, que los choferes sean bien pagados, que las tarifas bajen. Es fácil hacerlo: se envía por whatsapp un decreto. Método igual al de otros que quieren terminar con la inflación: cuando un líder lo decida y la gente obedezca.

La salud mental de algunos dirigentes está afectada. Parecería que la inteligencia que cada vez se aleja más en robots salió de la cabeza de algunos políticos. Autoridades que estudiaron en la universidad y que parecerían tener algún nivel de formación intelectual, dicen que un colectivero ha sido asesinado porque Patricia Bullrich se reunió con otros, para armar una conspiración asesina anticolectiveril. No puede ser solo ignorancia, es delirio psicopático parecido a los de los Prod Boys de Trump que tomaron el Capitolio creyendo que los demócratas habían armado una red mundial de pedofilia para combatir a Trump.

Muchos políticos están bailando en la cubierta del Titanic, mientras se incrementa la indignación de la mayoría de la población. Tratan de repetir el espectáculo del Presidente títere, mientras la mayoría de sus seguidores abandona un modelo que agoniza.

La anomia nos inunda

Sería infantil suponer que porque el cristinismo vuela en pedazos, es inevitable el triunfo de sus enemigos. Lo que están muriendo son las elecciones con boletas que sirven para que los políticos hagan trampas para engañar a los votantes y logren el triunfo de un caballo de Troya como ocurrió hace cuatro años. La gente no es obediente, ya no hay espacio para que ocurra cualquier cosa.

La crisis del triunvirato puede dar espacio para que surja una ave fénix peronista o de gente nueva de ese mismo sector, sobre todo si la alternativa es un programa que parece hecho por políticos de los barrios elegantes de la Ciudad de Buenos Aires que quieren instalar un gobierno excluyente. No puede desaparecer sin más, una corriente que, con todas sus contradicciones, dominó  el país por más de setenta años.

Si eso no es así, puede ganar las elecciones una fuerza de oposición que proponga hacer un cambio que sea incluyente, capaz de atraer a jóvenes generaciones que viven una sociedad en la que las contradicciones del siglo pasado parecen peleas de dinosaurios, y también a los decepcionados del proyecto cristinista que puedan encontrar en él, una nueva alternativa.

También hay espacio para posiciones más radicales.  Ante tanto fracaso, un candidato como Grabois podría representar un alternativa para quienes quieren un cambio radical hacia la izquierda, que les lleve a la pobreza como antesala de las mieles del cielo. Podría también ganar las elecciones un candidato de la red que ofrezca cambiar todo aunque no tenga mayo-ría en el Congreso, un Pedro Castillo liberal. En nuestra sociedad anárquica su fin sería parecido al del caba-llero peruano.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Jaime Duran Barba

Consultor de imagen y asesor político.

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