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La faceta sombría de la chula Tarija

Pedro Portugal Mollinedo

De formación historiador, autor de ensayos y análisis sobre la realidad indígena en Bolivia, fundador del mensual digital Pukara

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La autoestima es, ciertamente, algo importante… Salvo cuando se la confunde con el autoconcepto. La primera es una evaluación que compara y equipara lo positivo y negativo de uno mismo; conduce a estimarse y mejorarse, pues se es consciente de defectos y yerros que se deben corregir y superar. El autoconcepto es un prejuicio, un a priori, generalmente halagüeño, que solapa lo que nos desagrada de nosotros mismos.

Los grupos humanos, como las personas, tienen autoestima y autoconceptos. En Bolivia abunda más lo último. Ello se remarca sobre todo en el discurso ideológico que circunscribe el regionalismo que padecemos. Cada región del país, así sea departamento, provincia o minúsculo cantón, dispone generalmente de una arenga que lo enaltece, para diferenciarlo del resto.

Ese discurso no se asienta en cualidades intrínsecas, sino en simbolismos ajenos, lo que contradice el patriotismo, que es el amor al terruño, a lo propio. El himno de Santa Cruz en una de sus estrofas reza: La España, grandiosa/ Con hado benigno/ Aquí plantó el signo/ De la redención. La bandera departamental de Potosí es una copia de la de Castilla y León y la de Chuquisaca, reproducción, de una de los Tercios de España…, por solo citar algunos ejemplos. Como para suponer que la independencia de Bolivia fue una desgraciada desvinculación y no una virtud emancipadora.

Supuse siempre que la estrofa de la canción “patriótica” Salve Oh Patria que busca honrar a Tarija por su “tipo andaluz” era el mal menor en ese marasmo de inexistente autoestima nacional. Pareciera no ser así. En un reciente evento, un amigo me obsequió el libro “Los deseos imaginarios del tarijeñismo”, de Franco Sampietro. Libro valiente, que le costó al autor ostracismo y censura por parte de la sociedad tarijeña.

Para el autor, el tarijeño es una manera de concebirse, resultado de un discurso que “de tanto oírlo repetido ya ni sepan qué es”. Ese artefacto (algo artificial, inventado), expone su atraso “no solo cultural, sino también de su estancamiento económico y social…”. Bajo cubierta de lirismo de “provincia absoluta, fuera del mundo”, está la incomodidad de no aceptarse como se es realmente y, por ello, estrellarse contra el otro, contra el espejo que le devuelve la odiada imagen que no quiere reconocer como suya: el tarijeño sería terriblemente racista, sin siquiera tener las prerrogativas raciales que puedan justificar ese desvarío.

El libro, editado el año 2017, relata una anécdota: “…los orgullosos miembros de la burguesía tarijeña se reúnen alrededor de la plaza principal para comentar, por milésima vez, plenos de paz interior y armonía, el hecho maravilloso de que desciendan de españoles y no de indígenas. A lo que uno de ellos corrige: ‘Descendientes directos’. Y los demás cabecean dándole la razón”. Ofuscación que contamina a las “clases bajas”, que por contagio repiten esa sinrazón: “Se da así el absurdo de gente de raza indígena llamando ‘indios’ a sus vecinos cuando lo único que los diferencias (y no siempre) es la ropa”.

No sucede solo en Tarija, aunque constatarlo allí sorprende, por la imagen bucólica instalada en el imaginario respecto a ese departamento. En mayo de 2008 en Sucre, los jóvenes radicales de derecha que tomaron de rehenes y humillaron a campesinos obligándolos a desnudarse y arrodillarse en la plaza principal, tenían también rostros autóctonos y cobrizos.

El racismo, el regionalismo, la ausencia de Nación integradora y de Estado viable es el problema central de Bolivia. El autoconcepto de superioridad colonial de los “descendientes” de los conquistadores y el pachamamista de los descendientes de los invadidos, empeora ese panorama.

Más de quince años de perorata y poder oficialista “descolonizador”, nada ha descolonizado. Curiosamente, en uno de los bastiones de ese tipo de racismo y regionalismo, Santa Cruz, por exigencia de su modelo económico y de sus intereses políticos, se constata una efervescencia que lo convierte en laboratorio social. Allí, esos modelos son contestados como no sucede en occidente del país, de mayoría indígena pero aún subyugada a la casta política de origen y condicionamiento colonial altoperuano.

El racismo,
el regionalismo, la ausencia de Nación integradora y de Estado viable es el problema central de Bolivia.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Pedro Portugal Mollinedo

De formación historiador, autor de ensayos y análisis sobre la realidad indígena en Bolivia, fundador del mensual digital Pukara

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