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La obsesión anticruceña

Marcelo Añez Mayer

marczmay@gmail.com

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Es un hecho conocido que Bolivia vive en Santa Cruz. Que es, hoy, el departamento más diverso de Bolivia. Hasta acá llegan de todos lados porque esta es una tierra de oportunidades. Que tiene, además, los mejores indicadores de desarrollo del país. Podría decir uno entonces, sin temor a equivocarse, que Santa Cruz representa en Bolivia el éxito liberal frente al fracaso estatista. Y que, por todo eso, es el mejor lugar para vivir que hay en el país. Lo que es casi una obviedad, algo que sabe todo el mundo. No por nada Santa Cruz es el departamento más poblado de Bolivia. Además -y esto es muy importante- es en Santa Cruz donde se está redefiniendo la bolivianidad. Un melting pot, una olla en donde se está cocinando la Bolivia del futuro.

Sin embargo (o por eso mismo), hace tiempo que es tendencia y negocio venir a agredir a Santa Cruz. A proseguir el asedio de 20 años que hizo el MAS contra Santa Cruz, cuestionando todo de su cultura e identidad. De su modelo productivo. Quieren que nos dé vergüenza ser como somos, que nos pongamos de rodillas y nos autoflagelemos ante dizque eminencias de esa «intelectualidad» zurda que se autonombra inquisidora de lo cruceño. Inquisición financiada por oenegés extranjeras, además.

Unidos por la envidia y el resentimiento, el centralismo andino y la sucursal de la izquierda woke en Santa Cruz se asocian para inocular su veneno. Quieren instalar en Santa Cruz su lógica opresor-oprimido, élite vs. pueblo. Quieren dividir Santa Cruz. Debilitarla. Destruirla. Esta vez se ensañan con el agro, que produce el 75% de los alimentos que consume el país. El agro, donde trabajan collas y cambas. Pero nada dicen de la minería del oro que envenena los ríos del país. Ni de la masiva producción chapareña de materia prima para el mercado internacional de la cocaína. No. Eso no. Cuestionan al agro cruceño.

Pasan por alto que los mayores biocidios contra bosque y fauna, y las humaredas que afectaron a la población, los cometieron «interculturales» guiados por el INRA y alcahueteados por los gobiernos del MAS para quemar tierras fiscales, dotárselas a la militancia azul y un tiempito después venderlas. Negocio redondo.

Y es que, cuando se alberga un profundo odio a la élite, o cuando se tiene una agenda política oculta (o, nada raro, ambas cosas), la realidad puede distorsionarse hasta extremos caricaturescos. Creer, por ejemplo, que la élite cruceña no fue sometida sino que cogobernó con el MAS durante los últimos veinte años, o que los llamados “interculturales” que avasallan tierras en el oriente son en realidad repudiados por su color de piel y no por atropellar el derecho propietario ajeno, o que la identidad cruceña es artificial porque fue construida y es instrumentalizada por su élite, ignorando el mestizaje y los siglos de aislamiento, es tan absurdo que, parafraseando a George Orwell, sólo un intelectual podría creer semejantes disparates. Ninguna persona común y corriente sería tan tonta.

Hacer afirmaciones tan categóricas y lapidarias sobre Santa Cruz sin vivir en Santa Cruz. Sin conocer Santa Cruz. Sin haber leído a Nicomedes Antelo, Gabriel René Moreno, Enrique Finot, Hernando Sanabria Fernández, Mariano Baptista Gumucio y tantos otros, es deshonestidad intelectual, es mostrar ignorancia, prejuicio y maldad.

Dedicar tiempo a estudiar un tema, escribir y publicar un libro cuesta dinero.

¿Quién paga todo esto?

La izquierda woke global.

George Soros ha sido durante décadas el principal financiador de la izquierda woke en el mundo a través de su fundación, Open Society, llamada así en homenaje a Karl Popper (aunque en los hechos Open Society hace lo opuesto a las ideas de Popper). Open Society ha apoyado activamente en el mundo causas como políticas de fronteras abiertas, la despenalización de las drogas y la agenda de “infancias trans”.

George Soros tiene 96 años, su hijo Alexander es quien dirige hoy Open Society, que financia el Centre for Research on Multinational Corporations (SOMO), explícitamente anticapitalista, el cual a través de su programa Competition Policy and Power Research Fund, a su vez, proveyó los fondos necesarios al Centro de Estudios Populares, basado en Cochabamba y La Paz, para la publicación del libro Santa Cruz S.A. Es decir, la izquierda global y regional financiando el ataque a Santa Cruz desde el foquismo intelectual con disfraz académico.

Santa Cruz los obsesiona. Los perturba.

¿Por qué?

Porque con el MAS fuera del poder, la izquierda regional (y global) perdió el control sobre esa inmensa fuente de financiamiento que sale de lo que produce El Chapare. Y ahora quieren recuperarla. Para lograr eso, lo primero, como enseñó Gramsci, son las ideas. El relato. La narrativa.

Entonces, es por eso que oenegés extranjeras financian supuestos trabajos académicos cuya misión es instalar la narrativa necesaria para que en unos años más vuelva a gobernar la izquierda en Bolivia, y así recuperar el ansiado botín. Hay grandes poderes detrás de esto.

En ese afán, Santa Cruz estorba porque es lo opuesto a lo que ellos predican. La idea de que la iniciativa privada no sólo no es contraria, sino que es necesaria para el bien común, lo prueba, en cierto grado, Santa Cruz. Ese es su pecado. Por ahora a Santa Cruz podrá faltarle la narrativa, de acuerdo, pero la realidad está ahí y la gente lo sabe. No hace falta ser un intelectual para darse cuenta de que Santa Cruz es hoy la esperanza de Bolivia. El mejor lugar para que las personas puedan prosperar por su propio esfuerzo. No es perfecto, por supuesto. Es perfectible, como todo.

Santa Cruz estorba porque así como a finales del siglo XIX el poder político se desplazó de Sucre a La Paz, esta vez el poder político se está desplazando de La Paz hacia Santa Cruz. Es verdad, la historia no se repite idéntica, pero se asemeja. Nada ocurre que de alguna forma no haya ocurrido antes. Y cuando economía y demografía conviven en un mismo lugar, tarde o temprano el poder político también se muda a ese lugar.

Asistimos hoy, nuevamente y en cámara lenta, al desplazamiento del centro de poder geopolítico en Bolivia desde el oeste hacia el este. Desde La Paz hacia Santa Cruz. Y eso es algo peligroso e intolerable para alguna gente, porque representa la pérdida del poder político por un largo tiempo. Y con el poder político, también la pérdida de la gran fuente de financiamiento que es para la izquierda regional (y global) El Chapare. La pérdida de hegemonía cultural, de negocios, del empleo público y de la impunidad. Lo dicho: algo insoportable para algunas personas.

Santa Cruz no es un paraíso liberal de ángeles emprendedores. Pero tampoco un gulag oligárquico dirigido por una élite racista, depredadora y quemadora de bosques, como quieren hacer creer. La realidad es siempre más compleja. Y la verdad está seguramente en un punto intermedio. Sin embargo, en este caso, la verdad es lo que menos interesa. Porque es una batalla de narrativas. Una lucha por la hegemonía cultural. Y en última instancia, una guerra para imponer el relato que más convenga a la posterior toma del poder político.

Un antídoto para el veneno woke es conocer tu historia y lo que está realmente en juego para el futuro. Para eso puede ayudarte leer De la resistencia a la conquista y Otra mirada. Ambos libros están disponibles en Ateneo y Lectura, en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Marcelo Añez Mayer

marczmay@gmail.com

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