OpiniónPolítica

La última presentación de “Los hijos de Goni”

El jueves 21 de abril se realizó en El Alto la última presentación del libro “Los hijos de Goni”, de Qoya Reyna.

Pedro Portugal Mollinedo

De formación historiador, autor de ensayos y análisis sobre la realidad indígena en Bolivia, fundador del mensual digital Pukara

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Escribo Qoya, y no Quya, porque nunca asimilé el alfabeto fonémico para la escritura de idiomas nativos. Alfabeto, producto del trabajo de la Universidad de Florida, en los EE.UU., que para algunos es autenticidad indígena. Su aprobación necesitó un previo e intenso programa internacional. La UNESCO, el año 1983, organizó un seminario sobre educación intercultural y bilingüe en que tuvieron papel destacado la Misión Alemana en el ministerio de Educación del Perú, el Centro de Investigaciones de Educación Indígena (CIEI) de la Universidad Católica del Ecuador y numerosas ONGs e investigadores, más extranjeros que criollos. El debate se centró en el alfabeto que debía utilizarse. Tras varios congresos y encuentros, respecto al uso de vocales se optó por el alfabeto propugnado por el ILCA de Juan de Dios Yapita. Aparentemente, una propuesta “indígena”. Era, en realidad, oferta de la Universidad de Florida, basada en los trabajos de la Dra. M. J. Hardman, quien, bajo los auspicios del Departamento de Educación de los Estados Unidos, desde 1969 a 1990 dirigió un programa para la enseñanza en el aula de la lengua Aymara, utilizando ese alfabeto fonémico: Su característica más resaltante es eliminar las vocales “o” y “e” en la escritura. Ese alfabeto fue finalmente sancionado como escritura oficial el 9 de mayo de 1984, mediante el Decreto Supremo 20227.

¿Por qué esta digresión lingüística? Porque es dato curioso que el movimiento indígena contemporáneo presenta como autenticidad lo que es producto de persuasiones externas y de venias oficiales, con tal que presente alguna característica que puedan certificar originalidad y especificidad, así –paradojalmente- ésta sea ficticia.

En realidad, en tal esquema es importante el elemento generador y lo que desencadena y no tanto la escrupulosidad en que se expresa… con tal que al final el producto sea transformador.

El libro de Qoya Reyna es testimonial de ambos aspectos. Por ello, rico, abundante en tema reflexivo y aleccionador en la forma en que se expresa. Sobre todo, expectante en cuanto a las repercusiones políticas y sociales que pueda generar.

Desde ya es necesario recordar el impacto que tuvo en Santa Cruz cuando en esa ciudad expresó: “la Santa Cruz morena e india, va a desplazar a la élite cruceña…” Cierto que esa misma idea la expresaron antes algunos políticos y activistas indios… pero ninguno consiguió la repercusión de Qoya.

De la misma manera que se hizo bandera de autenticidad en la escritura esgrimir un alfabeto no propio y sancionado –además- por la legalidad colonial boliviana, la claridad y la legitimidad conceptual y política indígena podrá provenir de vertientes nada claras, purgándose en su transcurso. Siempre y cuando se opte conscientemente por ese sendero.

En ello, más que en lo puramente literario –terreno en el que Qoya demuestra también destreza- está el valor de “Los hijos de Goni”. Mostrando la realidad alteña, y a través ella la realidad indígena en Bolivia, demuele mitos que solo han servido para estancar las reivindicaciones indígenas y la concreción de una nación para todos. Tomemos el caso de la complementariedad y la rivalidad aymara, que se expresa incuso al interior de las familias. No es elemento de desorden, sino de sobrevivencia y, en perspectiva, generador de propuestas innovadoras. Para ello debemos abandonar ficciones, ahondar en lo que realmente somos; desertar el pachamamismo e inmiscuirnos en la sociología y en la praxis política, tal cual es en la realidad.

La rivalidad aymara en contextos precoloniales fue la base de la estabilidad y desarrollo local. En situación colonial fue elemento de sometimiento, pero al mismo tiempo garante de persistencia. En perspectiva de descolonización puede ser motor y constitutivo cosmopolita de un nuevo orden nacional.

Tengo la impresión que todo el trabajo de Qoya tiene ese destino, y le deseo éxito: la plenitud de nuestro pueblo en el ambiente del poder político. Desde ya, el haber hecho la última presentación de su libro en un escenario de preste, saca a esa institución de la sobrevivencia festiva que hasta ahora tuvo al desafío de competencia cultural y política que se avecina.

La clave para el éxito es entender la naturaleza de los antagonismos que ahora padecemos y de ahí formular sus soluciones. El colonialismo ha profundizado la separación de pueblos, generado desprecio y avasallamiento; racismo y exclusión… comportamientos diferentes. Solo puede haber liberación si se es consciente de ello. ¡Y claro que nuestro pueblo lo es, pues vive y siente esa anomalía! Se trata ahora de pasar a la nueva etapa, la del empoderamiento en perspectiva del bien común:

“Yo conocí a Goni por mi papá, ya que nos contaba también que, aparte de odiar a los pobres, odiaba a todo aquello con lo que su familia se identificaba: ¡Ustedes son hijos de campesinos, hijos de aymaras! ¡No pueden comportarse como hijos de ese q’ara!”.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Pedro Portugal Mollinedo

De formación historiador, autor de ensayos y análisis sobre la realidad indígena en Bolivia, fundador del mensual digital Pukara

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