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León XIV y la pregunta del siglo XXI: ¿cuánto de humano queremos conservar?

Walter Morales Carrasco

Doctor en Economía y exDirector del Banco Central de Bolivia

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Durante siglos las revoluciones tecnológicas transformaron la forma en que trabajamos, producimos y nos relacionamos. La Revolución Industrial reemplazó músculos; las máquinas multiplicaron la fuerza humana y cambiaron para siempre la economía. Décadas después, la revolución digital aceleró el flujo de información y redujo distancias. Hoy, la inteligencia artificial parece inaugurar una etapa distinta: por primera vez una tecnología comienza a reemplazar parcialmente funciones cognitivas humanas.

La discusión pública se concentra principalmente en productividad, crecimiento económico y empleo. ¿Cuántos trabajos desaparecerán? ¿Cuáles surgirán? ¿Qué sectores ganarán y cuáles perderán? Son preguntas relevantes, pero quizá no sean las más profundas.

Resulta interesante que una de las instituciones más antiguas del mundo haya introducido en su más reciente encíclica una preocupación que muchos ecosistemas tecnológicos todavía discuten de manera secundaria. Mientras gran parte de la industria pregunta qué más puede hacer la inteligencia artificial, emerge una pregunta distinta: ¿qué puede hacerle al ser humano?

La diferencia es sustancial. Las revoluciones anteriores ampliaron nuestras capacidades; la inteligencia artificial comienza a asumir algunas de ellas. Hoy un sistema puede redactar informes, resumir libros, analizar datos, generar imágenes, apoyar diagnósticos o producir contenido en segundos. Lo que antes requería memoria, tiempo, razonamiento y experiencia empieza a delegarse progresivamente a sistemas externos.

La historia demuestra que las economías se adaptan. Surgen nuevas industrias, nuevas profesiones y nuevas oportunidades. Sin embargo, el riesgo más subestimado podría no ser económico. Si delegamos sistemáticamente memoria, análisis, creatividad, juicio e incluso formas de interacción y acompañamiento humano, la discusión deja de ser exclusivamente tecnológica. Se convierte en una discusión sobre autonomía humana.

Tal vez la pregunta central del siglo XXI no sea cuánto más inteligente puede ser una máquina, sino cuánto de humano queremos conservar. Porque el problema quizá no sea que la inteligencia artificial termine pareciéndose demasiado a nosotros; podría ser que nosotros terminemos acostumbrándonos a pensar y sentir cada vez menos.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Walter Morales Carrasco

Doctor en Economía y exDirector del Banco Central de Bolivia

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