Opinión

Música y misiones: génesis y perseverancia

Ana Luisa Arce de Terceros

Investigadora histórico-musical y ex-presidente de la Asociación Pro Arte y Cultura

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Contextualización

Después de casi 100 años de presencia jesuítica en la gobernación de Santa Cruz de la Sierra, el 25 de marzo de 1682 el padre Pedro Marbán fundó en Moxos la primera reducción bajo el nombre de Nuestra Señora de Loreto¹, dependiente de la provincia jesuítica del Perú. Esto dio el ímpetu necesario para la evangelización en esta región, la que se consolidó en un plazo breve. Con esto se iniciaba una experiencia religiosa que transformaría culturas, lenguas y modos de vivir.

En su misión evangelizadora los misioneros se encontraron ante grandes dificultades, principalmente, los múltiples idiomas de los nativos. Este hecho los llevó a una dedicación muy profunda en la búsqueda de medios para comunicarse. Destinaron tiempo y recursos para aprender las lenguas nativas, para lo cual redactaron gramáticas y vocabularios de dichas lenguas. Con este aprendizaje comenzaron a catequizar, impartir los sacramentos, enseñar artes y oficios y traducir los libros de contenido religioso. Ya desde los primeros encuentros de los misioneros con los indios, los religiosos notaron que la música era el instrumento primordial para la evangelización²

Los misioneros fundaron escuelas donde los indígenas más talentosos recibían instrucción en lectura, escritura, música y danza. Se crearon también talleres para la fabricación de instrumentos. Inicialmente fueron los misioneros los únicos maestros y supervisores. Sin embargo, en tiempo breve, todas estas funciones fueron asumidas por los mismos indígenas, incluyendo la de maestro de capilla, quien tenía a su cargo la enseñanza musical. 

Antes de la llegada de los misioneros, los indígenas tenían su propia cultura musical pero sus melodías no fueron registradas en un sistema de notación musical. Al ver esta carencia, los misioneros pronto fundaron el oficio de copista, tanto de música como de libros de toda naturaleza, libretos de óperas y de teatro, instrucciones sobre la vida de la sociedad o, simplemente, historia de estas naciones. 

Sin embargo, copiar música sacra era algo diferente a simplemente copiar otro tipo de texto. Se lo consideraba una acción sacra o hasta la oración. Por ello, para este oficio no se escogía a cualquier ciudadano sino a gente que presentaba talento para este oficio y de profunda fe.

Del año 1751 nos queda el siguiente testimonio del P. Zabala en el que ya se menciona la formación de jóvenes en el arte del copiado: 

[…] La música en su punto, bien adelantada en su ejercicio, así en las voces como en sus instrumentos. Hermosos órganos y muy especiales algunos, harpas, violines, violones, abues [sic], chirimías y dulzainas. Y para adelantarla, competente número de muchachos selectos en la escuela que aprenden a leer, a cantar, escribir para copiar papeles de solfa, y varios instrumentos. Unos se destinan al coro y otros para leer en nuestros refitorios [sic], donde se lee siempre que se come

De hecho, la actividad de los copistas es tan antigua como las reducciones mismas. Si bien las reducciones jesuíticas fundadas entre los guaraníes desde fines de 1609, luego entre los indios moxos, desde 1681, y finalmente entre los chiquitos, desde 1691, fueron establecidas en la época que tanto en Europa como en América había música impresa utilizada incluso en las misiones, los jesuitas optaron por enseñar en ellas el oficio de copista a los indígenas y no depender única y principalmente de la música impresa en Europa. Por el legado existente se constata que los indios fueron buenos copistas en todas las artes que aprendían de los misioneros, como ser escritura, música, dibujo, pintura, escultura, ebanistería, herrería, armería y tejidos. Se llegó a tal grado de perfección que a menudo era casi imposible distinguir la música impresa de la música copiada a mano.

 En referencia al gran talento que tenían los indios moxos como copistas, Francisco Javier Eder, S. J., menciona:

En efecto, si atiendo a su imaginación, agudeza de los sentidos exteriores o la destreza ilimitada para copiar cualesquier obras mecánicas, considero con el permiso de los europeos que cuanto les superamos en ingenio y facilidad de ir añadiendo novedades a las novedades, otro tanto nos aventajan en cierta destreza admirable para copiar cualquier cosa.⁴

Los copistas realizaban su labor ad maiorem Dei gloriam. La calidad y fidelidad de sus copias se debe al hecho de que no solamente eran profesionales, sino también personas creyentes. Para los copistas era casi un pecado cometer errores en la copia, pues al ser música sacra, ésta era considerada como proveniente de Dios. Don Marcial Jare Apace, maestro de capilla en San Ignacio de Moxos desde el año 1990, confirmó que este sentimiento perdura aún en la actualidad “porque esto que sabemos nosotros, lo que hemos aprendido, es don de Dios. Eso yo les digo. Es don de Dios, de manera que nosotros tenemos que estar en permanente servicio de Dios. Cumplir el santo mandato de Dios”.

La labor que los misioneros jesuitas realizaron entre los indios moxos dejó una profunda huella, visible aún hoy, no sólo en las expresiones musicales que se manifiestan en las diferentes fiestas de los pueblos de las antiguas reducciones, sino también en el arte de la copia. Así lo demuestra la colección de música polifónica que alberga el Archivo Musical de Moxos, cuyas copias fueron realizadas por los indígenas de las diferentes comunidades moxeñas desde el momento de la expulsión de los misioneros jesuitas hasta el presente. 

Los indígenas no sólo se preocuparon de producir fielmente copias de música para sus comunidades, sino también de conservarlas demostrando así que la norma de la Compañía, Scriptis tradere et fideliter conservare (entregar lo escrito y conservarlo fielmente), fue comprendida y observada por ellos a lo largo de más de doscientos años.


¹ Charles E. O´Neill, S. I. y Joaquín María Domínguez, S. I., Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús: biográfico-temático (Roma-Madrid: Institutum Historicum, S. I. y Universidad Pontificia de Comillas, 2001), vol. I, p. 478. 

² Ver: Piotr Nawrot, Indígenas y cultura musical de las reducciones jesuíticas (Cochabamba: Editorial Verbo Divino, 2000), vol I, p. 87.

³ ARSI, “Carta [del Padre Zabala] al P. Provincial Balthazar de Moncada. Año 1751”, Perú 21a, ff. 133-134; en: Nawrot, Archivo Musical, vol I, p. 55.

⁴ Francisco J. Eder, S. J., Breve descripción de las reducciones de Mojos ca. 1772, trad. y ed. Josep M. Barnadas (Cochabamba: Historia Boliviana, 1985), p. 319.

⁵ Entrevista realizada a Marcial Jare Apace, en San Ignacio de Moxos, en febrero de 2010.

 

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Ana Luisa Arce de Terceros

Investigadora histórico-musical y ex-presidente de la Asociación Pro Arte y Cultura

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