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Para recuperar la paz bloqueada

Pablo Mendieta Ossio

Economista en el campo de políticas públicas

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No olvido una escena de la película “Puente de espías”, donde James Donovan, interpretado por Tom Hanks, conversa con su cliente, un espía soviético al que debe defender en plena Guerra Fría. En medio de esa tensión, Donovan le pregunta si no está preocupado. La respuesta fue corta y contundente: “¿Ayudaría?”.

La pregunta tiene una fuerza especial, en especial en esta coyuntura de conflictos y bloqueos. ¿Ayuda preocuparnos? ¿Mejora la realidad? ¿Ordena nuestras decisiones? A veces, una preocupación inicial sirve como alarma. Pero cuando se vuelve repetitiva, descontrolada y paralizante, deja de ser prudencia y se convierte en agotamiento y enfermedad.

Hace 30 años leí por casualidad un libro antiguo de Dale Carnegie titulado “Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida” (1948) donde encontré consejos que me siguen siendo útiles. Entre ellos están vivir y preocuparse un día a la vez y no agrandar problemas pequeños. También, preguntarse qué es lo peor que puede pasar, aceptarlo mentalmente y luego trabajar para mejorarlo. De igual forma, usar la ley de probabilidades para no sufrir por escenarios que casi nunca ocurren. O, dejar de volver una y otra vez sobre errores que ya no se pueden cambiar.

Este enfoque no trata de negar la realidad. La coyuntura que vive nuestro país es una fuente real de preocupación: la conversamos en casa, la discutimos en el trabajo y la sentimos en nuestras decisiones cotidianas. Y, por eso, conviene distinguir información de intoxicación emocional. Estar bien informado ayuda a decidir mejor; vivir atrapado por rumores y temores permanentes puede bloquear lo que más necesitamos en tiempos difíciles: criterio y paz mental.

Esta última debe ser tomada en serio. Según la Organización Mundial de la Salud, los trastornos de ansiedad afectan a una de cada 23 personas. No es un tema menor ni un lujo de sociedades ricas. La ansiedad persistente deteriora relaciones, trabajo, descanso y capacidad de decisión.

Por eso, buscar ayuda profesional no debe verse como señal de debilidad, sino como una decisión responsable. La evidencia científica (principalmente metaanálisis) sugiere la terapia cognitivo-conductual para problemas de ansiedad, además de otras herramientas como técnicas de relajación, hábitos de sueño, actividad física y, cuando corresponde, tratamiento médico supervisado. No todo malestar requiere medicación, pero tampoco todo se resuelve con voluntad.

Estoy leyendo pausadamente un libro del psicólogo Rafael Santandreu, “El arte de no amargarse la vida”, donde él usa una palabra provocadora: “terribilitis” o la tendencia a convertir cada dificultad en una tragedia. Muchas cosas son malas, incómodas o injustas, pero no todas son terribles. Su propuesta es cambiar exigencias por preferencias: me gustaría que esto salga bien, pero puedo seguir viviendo si no ocurre como deseo. También plantea una pregunta útil: ¿esto me impide hacer algo valioso por mí o por los demás? Cuando la respuesta es no, recuperamos proporción. Y cuando recuperamos proporción, empieza a desbloquearse la paz.

Para quienes miramos la vida desde la fe, el mensaje del pastor Rick Warren añade una dimensión necesaria. Su consejo es conocer de veras a Dios, ponerlo primero siempre, vivir un día a la vez y entregarle las preocupaciones en oración. No se trata de escapismo, sino de ordenar el corazón para actuar mejor. La fe no elimina automáticamente las dificultades, pero pone las cosas en una perspectiva eterna y resalta el lugar de Dios.

Recuperar la paz no significa mirar a otro lado, sino enfrentar la realidad con información, prudencia, conversación honesta, ayuda profesional cuando haga falta, disciplina mental y confianza espiritual. En tiempos de ansiedad, la paz también se entrena.

Por eso sigue resonando con fuerza aquella oración del siglo XVI atribuida a Teresa de Ávila: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: solo Dios basta.”

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Pablo Mendieta Ossio

Economista en el campo de políticas públicas

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