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Progresismo kitsch

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Por lo general la izquierda suele ser más romántica. Hegel, cuyo método fue adoptado principalmente por esa ala política, afirmaba que “todo lo ideal es real, y todo lo real es ideal”. Con ello, el filósofo alemán suponía que la realidad responde a un orden lógico, histórico y necesario, incluso si cruel; y que las ideas racionales y genuinas no son simples figuraciones, sino que tienen la fuerza de materializarse (lo que los hombres conciben como una necesidad lógica o un ideal verdadero que tiende a transformarse en hechos concretos).

No sé si la fórmula hegeliana, reinterpretada de modo complejo por Marx resulte tan efectiva: normalmente las ideas colectivas no son ni racionales ni genuinas. Una cosa es querer el bien de la humanidad, y otra, idealizar causas y crear para ello figuras terrenales a los que entregarles la misión universal de cumplirlas.

Roger Scruton volvió a mí estos días mientras observaba las revueltas en París, tan llenas de ideales envueltos en un fuego que terminaba por consumirlos. Y es que, como aseguraba el filósofo británico, el mundo necesita menos idealismo y más realismo pragmático. Pues, a diferencia de quienes piensan el mundo desde las más altruistas certezas y pretenden transformarlo desde ahí, Scruton creía que “las grandes tragedias y totalitarismos nacidos de ideologías intentaron forzar la realidad para adaptarla a moldes utópicos e inalcanzables”.

Cada época construye sus propios ideales, monta escenarios y elige actores. Solamente que, en tiempos mejores, cada ideal a materializarse tuvo atmósferas particulares y consignas unívocas: Mayo del 68, Tlatelolco, la Revolución cubana, la Guerrilla de Ñancahuazú. Y pese a que a la distancia ya es posible coincidir con Scruton en que tanto idealismo condujo al fracaso, podríamos aseverar que antes, aun con igual ingenuidad, se jugaban la vida con más arrojo.

Ahora todo es confuso. Y solo cabe preguntarse en qué creen verdaderamente los activistas de este maximalismo kitsch.

Greta Thunberg, que en días pasados andaba en París -kufiya en hombros (cómo no)- para decirles a los franceses que el planeta entero los observaba con admiración, es la misma que en 2018 se plantaba en las afueras del parlamento sueco porque el mundo llegaba a su fin. Y quien en 2023 se paró frente a 70,000 personas en los Países Bajos, durante el mayor mitin ambientalista de la historia, donde tomó el micrófono esperando que el público coreara que “no había justicia climática en una Palestina ocupada”; y que fue increpada por uno de los manifestantes que subió al escenario para aclarar que él había asistido a la concentración en defensa del medioambiente, no a participar de proselitismo político.

Como alguien señalaba, en ese punto la causa climática se había convertido en todas las causas. El movimiento del medioambiente se volvió en el movimiento pro-Palestina, derechos trans, y todo lo relacionado a la “justicia social” (a la que ya no aspiran los obreros).

Greta requiere ser omnipresente: solo así su aura alcanzará a todos. De ahí que se la vea cabello al viento en la proa de una flotilla hacia Gaza, o llevando junto a las feministas del Codepink souvenirs a La Habana, o declarando su desacuerdo en Tiflis con el resultado de las elecciones presidenciales georgianas.

Si algún paceño le enviara un correo a Greta pidiendo su apoyo a las expresiones de rechazo a la construcción en ciernes de un monumento de Chaikovski en la plaza del Montículo, cuyos costos estarían siendo auspiciados por una maligna secta putinista, Greta aterrizaría en El Alto el siguiente viernes -en lo que denominaría “Fridays against Putin”- al son de ¡Free Palestine, free El Montículo!

Scruton acierta cuando se queja de que los proyectos puramente idealistas se vuelven inmunes a la refutación. “Como la utopía perfecta es inalcanzable, sus defensores nunca asumen la culpa del fracaso; en su lugar, culpan a la realidad o a la ‘falsa conciencia’ de la oposición, justificando la destrucción de las instituciones existentes e incluso el uso de la violencia para imponer su visión”.

Imagínense: si ya era difícil refutar una sola utopía, lo imposible que resulta ahora cuestionarles las múltiples utopías a nuestros cómodos capitanes América (esos que luchan contra la injusticia política y el fascismo desde Facebook).

No sé cómo le hacen para diversificar su atención. Ocuparse del cambio climático, los marroquíes en Ceuta, la guerra de Gaza, el costo de la seguridad social en Francia, los apagones en Cuba, y el machismo de Jared Leto, uf. Tal vez si se concentraran en una sola obra lograrían más, incluso si eso les provocara menos autocomplacencia.

Cuando pensábamos que el Che (un tipo extraviado, arrogante, homofóbico, clasista) quedaría como el ego más idolatrado de la historia, apareció Greta, un personaje tan versátil y mimetizable como el Zelig de Woody Allen, que hace las delicias de su audiencia. Hace poco apareció junto a jóvenes pirómanos en París. En ese momento actuaba de estudiante francesa reclamando recursos para la educación. Su personaje de indignada por las emisiones de carbono provocadas también por quemas de muebles e inmuebles pertenece a otra obra.

La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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