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Es cuestión de fe

Hernan Terrazas

Periodista

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Un estudio encargado por la fundación Friedrich Evert Stiftung revela por lo menos dos tendencias importantes en la percepción de más de un centenar de líderes de opinión de diferentes sectores: que la preocupación por el futuro de la economía boliviana es cada vez mayor y que la crisis de confianza institucional golpea a unos más que a otros, pero nadie se salva de la sospecha.

Un primer dato es que la mirada optimista sobre el presente cambia hacia una más preocupada percepción sobre lo que se avecina. Aunque los porcentajes son muy similares, casi 4 de cada 10 entrevistados piensa que la situación económica empeorará, un tercio piensa que todo seguirá igual y el otro que las cosas van a mejorar.

Las noticias que vienen de fuera no son alentadoras. Analistas y poderosos empresarios del mundo han comenzado a hablar de un riesgo inminente de recesión y en el vecindario el gobierno argentino admitió dramáticamente que se le acabó la plata.

Los vientos externos provocan un clima de inquietud interna, aunque en lo inmediato todo haga pensar que Bolivia vive en una burbuja frágil, a salvo de lo que ocurre en el resto del mundo.

El gobierno hace cálculos muy simples y pronósticos atrevidos. Si baja el precio del petróleo y el de gas, no importa tanto porque se compensa con la disminución del subsidio a los hidrocarburos.

Aunque la mayoría de los organismos coincide en que el crecimiento del PIB difícilmente llegará al 4%, todavía se confía en que supere el 5%.

En el juego de las expectativas hasta ahora el ganador es el gobierno, porque las visiones más críticas e incluso catastrofistas de algunos opositores no tienen mucha credibilidad. No sirven en el presente, porque tropiezan con una realidad de relativo bienestar y tampoco serán útiles a futuro porque nadie vota por el que lanzó el “yo les dije”.

El presidente Arce confía en que, con un manejo prudente, la nave podría llegar a puerto en 2025 sin daños muy visibles, lo que permitiría al partido de gobierno ir a una nueva elección con reales posibilidades de ganar.

Pero las perspectivas de la economía global y nacional no siempre aparecen en una bola de cristal. No en vano en solo unos días la guerra en Ucrania comprometió el futuro desempeño de las economías mundiales. Lo inesperado y azaroso ha sido siempre un factor que influye sobre el devenir de la historia. Por eso, a medida que el océano a nuestro alrededor se torna tempestuoso no se puede fingir por mucho tiempo que todo va con viento en popa.

El estudio al que se hace referencia confirma, además, un hecho muy preocupante. A excepción de la Iglesia Católica, la mayoría de las instituciones del país han perdido la confianza de la población.

El tema de la justicia y la Policía da para una autopsia, pero preocupa que la sistemática campaña contra los medios de comunicación independientes y críticos haya calado en la percepción pública.

Siete de cada diez entrevistados sostiene que su confianza en los medios de comunicación es de regular a baja y solo un 10%  – seguramente uno de los porcentajes históricamente más bajos, afirma que su confianza es alta o muy alta.

El objetivo a fin de cuentas no era que los medios afines al gobierno fueran más confiables, sino que ningún medio fuera creíble. Parecería que sale más barato el desprestigio que la compra de periódicos, radios o canales.

Una generalizada suspicacia sobre la veracidad de la información deja al ciudadano sin certezas, a la democracia sin uno de sus pilares más importantes y al gobierno con la posibilidad de fabricar una “verdad” oportuna cuando le plazca.

No es necesario cerrar un medio o perseguir a un periodista. Lo más conveniente es dañar su credibilidad y gobernar en un escenario donde lo mismo las críticas que los elogios estén bajo sospecha.

En su dramática lucha por sobrevivir entre el fuego cruzado de la creciente competencia de las redes sociales, las restricciones publicitarias y el acoso impositivo, cada vez más sumergidos en lo digital, los medios han ingresado en un espacio de saturación informativa, en el laberinto de la opinión. En medio de semejante ruido, su voz no es ya definitiva en el debate sobre la verdad, como lo era en el pasado.

No en todos los casos, hay la tendencia a la banalización, a lo que sintoniza rápidamente con el interés público, aunque no sea necesariamente orientador e informativo, pero que rinda puntos en una carrera desigual por un rating que definitivamente quedó obsoleto. Si comunicar es dar temas para comentar a la gente, entonces no importa tanto de qué se trate sino cuánta atención genere.

El gobierno sabe cuál es el guion que le interesa a la gente y lo refuerza permanentemente. ¿Cómo no va a provocar orgullo estar entre los países con menor inflación y mayor crecimiento, precisamente ahora que el mundo está de cabeza por la guerra? ¿Cómo no nos vamos a sentir reivindicados si el enemigo histórico – Chile – quiere una Constitución Política igual a la nuestra?

Hay que tocar la autoestima, porque esa es la manera de crear al hombre crédulo, al simpatizante y defensor del proceso. No hay que darle toda la información, sino la necesaria para que participe de la euforia y acompañe la gestión en las buenas y las malas.

Y claro, el presidente debe ser el portador de las buenas nuevas, el pastor que nos lleva por el buen camino, el padre que no nos falla, el maestro, la voz del poder que nos convence.

Así se construye el respaldo – Arce es el político más aprobado de lejos – y, deliberadamente o no, se gesta una forma de comunicar que apunta a preservar la fe en el líder más que en el propio gobierno.

Vivir mejor que los demás y tener al mejor guía no es poca cosa, aunque ni lo uno ni lo otro sea del todo cierto y no haya nadie, ningún otro líder o institución que inspire confianza cuando afirma lo contrario. En última instancia todo es cuestión de fe y, por ahora, el púlpito tiene un solo dueño.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Hernan Terrazas

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