OpiniónPolítica

Ni otro Porvenir ni otra Chaparina

José Rafael Vilar

Analista y consultor político

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En 2008, la masacre de Porvenir en Pando —nunca completamente aclarada: lo reconoce el mismo informe de la Unasur, a pesar de su clara filiación— inició la crisis de la “media luna” opositora del régimen masista; el asalto y masacre del Hotel Las Américas en abril de 2009 y la Nueva Constitución aprobada y vigente cerraron bruscamente el ciclo de la “media luna”. Sin ya oposición política beligerante —circunscrita a la Asamblea Legislativa Plurinacional y a pocos gobiernos subnacionales y sin voz en muchos medios de comunicación para no perder pauta gubernamental— y con los cuatro poderes cooptados, en 2011, el gobierno de Morales Ayma-García Linera pasó a la ofensiva de afianzar el poder incluso contra su discurso “indigenista reivindicador”: la violenta represión —de nuevo masacre— en Chaparina contra indígenas de tierras bajas so pretexto de desarrollo económico, viabilidad, acuerdo entre sectores de la burguesía beniana aliada al MAS y “productores” del Chapare.

Los ocho días transcurridos entre los últimos viernes marcaron lo que vivirá el país en los próximos meses: las quebradas relaciones entre niveles de gobierno y la cada vez mayor desencontrada ilación oposición- oficialismo, junto el golpeteo acompasado de tam tams y taikos anunciando una cada vez más lejana conciliación.

La inauguración de la Expocruz marcó el intento de la cúpula empresarial cruceña para abrir puentes con el presidente Arce y éste, en respuesta —machaqueo incluido de “golpe” cada vez más descreído—, vengó el desaire que ese gran empresariado le hizo al baipasearlo yendo directamente a pedir apoyo y comprensión a Morales Ayma —como gran factótum del poder masista—, lo que dejó a Arce Catacora en un a modo de “presidente delegado” como fue Cámpora para Perón; amerita mejor estrategia corporativa. Arce anunció importantes obras e inversiones en Santa Cruz, las mismas que horas antes había comunicado a las autoridades masistas electas en el departamento —forma de recordar lo que había sostenido desde antes: “trabajaremos con nuestras autoridades”. La ausencia del gobernador —días luego la explicó porque lo silenció el protocolo palaciego— le dejó mala percepción.

Lo de la plaza el 24 tuvo muchas explicaciones posteriores —creíbles como no creíbles, incluyendo la bandera wiphala (tamaño para flamear en mástil) guardada en un bolsillo ministerial—, pero demostró fehacientemente que “diálogo” se entiende solo con desarme de posiciones: lo dijo Morales, lo matizó Choquehuanca y, a su modo, lo reafirmó Camacho. Cada vez más, se cumple que los acuerdos de paz centroamericanos solo fueron posibles —“aceptables” a regañadientes pero imprescindibles— cuando quienes jalaban para sí los extremos de la cuerda entendieron que ambos caerían para no levantarse.

Hoy no hay “media luna” ni hay fuerzas externas poderosas para atornillar en la plaza Murillo; el poder ya no es macizo; lo “indígena” no es monolítico ni sigue en la inocencia de los discursos; también el país está en crisis, más allá de anuncios almibarados y, de ambas partes, exhibiciones de supuestas potencias gonadales. Bastaría empezar a entenderlo.

Para cerrar, tres comentarios bonus. El primero, triste por amigos que fallecieron estos días: Juan Carlos Costas Salmón, gran comunicador veraz, formador de medios y, siempre, buen amigo. El otro fue Pablo Ramos Sánchez, mi rector, a quien le agradezco que me convenciera de no irme de Bolivia en los lejanos 90; nos separaban posiciones ideológicas distantes, pero el mutuo respeto mantuvo el afecto. Descansen en paz, amigos míos.

El segundo (pendiente de la semana anterior): la Celac. Lo que López Obrador concibió como una loa a su pretendido “liderazgo” regional —como si el padrinazgo del vapuleado Grupo de Puebla fuera su catapulta—, el relanzamiento de la Celac —tan moribunda como la Unasur— y su mazazo a la OEA, se le escapó cuando varios presidentes utilizaron el evento para defender la democracia y criticar, en su frente, a las antidemocracias de la región.

El último es la despedida de la era Merkel, por voluntad propia y no por las urnas. Con su retiro se cierran 16 años de gobierno interrumpido, tantos como Helmut Kohl —reunificador de Alemania— y solo tres menos que el Canciller de Hierro, Otto von Bismarck, que formó Alemania en el siglo XIX. Con el tiempo se verá su legado, pero, sin dudas, Merkel —como Margaret Thatcher en el siglo XX— marcó nuestra época, más allá de los afectos o desafectos que se le pudieran tener.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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José Rafael Vilar

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