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Afganistán, hegemonía y misión: De Brzezinski a Fukuyama

José Rafael Vilar

Analista y consultor político

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Desde el anuncio de la retirada de las tropas de OTAN hasta la salida de las últimas de EEUU el pasado 31 de agosto, día tras día Afganistán ha estado en centro de casi todas las noticias más leídas.

¿Derrota, humillación, fracaso, culpa ajena? De ello y de más, pero también del ojo de la concepción estratégica de la hegemonía. Primero, un poco de historia…

De Ariana a Afganistán?

Hace más de 7 mil años, ya lo que hoy conocemos como Afganistán era habitado por algunos de los primeros asentamientos agrícolas y ganaderos conocidos, contemporáneos de Mesopotamia aunque muy diferentes en geografía. Cruce de caminos —incluida la Ruta de la Seda— e imperios —persas, macedonio (con Alejandro Magno), hindúes, mongoles (de Gengis Khan), árabes— conocido como Ariana (por los arios persas que se le asentaron), luego Khurasán “donde el sol sale” (junto con territorios hoy de Irán, Uzbekistán y Tayikistán) para hoy ser Afganistán (del árabe Afġāni y el sufijo persa stan: “tierra de los afganos”).

Aunque la historia del Reino de Afganistán —unidad más o menos armónica de los señores tribales— comienza en inicios del siglo XVIII con la dinastía pashtún de los Barakzai, sólo a comienzos del siglo XX —transcurridas tres guerras con los británicos que dominaban lo que hoy son sus vecinos:  India, Pakistán y, más lejana, Bangla Desh— es que es reconocida su soberanía, sucediéndose períodos muy aperturistas y avanzados —como elaborar su constitución, parlamentarismo y la instrucción y el voto femeninos (éste un año antes que los EEUU)— con otros oscurantistas.

En esta pulseta entre modernización y oscurantismo, se funda la República en 1973, en 1978 llega al poder el partido comunista y en 1979 se inicia la intervención militar soviética que duraría hasta 1989.

La era de los muyahidines

Aunque muŷāhidīn es un término muy común para «combatiente por el Islam» (en Irán, Argelia, Bosnia-Herzegovina), el término nos llega en Occidente desde la rebelión antisoviética de las tribus afganas con el concepto de «hacer el ŷihād», una obligación religiosa musulmana muchas veces entendida como «guerra santa» aunque no es su único propósito.

La entrada de las tropas soviéticas para apoyar al régimen comunista de Kabul, llevó a que los jefes tribales contrarios —«señores de la guerra»— aprovecharan el escenario de la Guerra Fría para buscar apoyo estadounidense, primero con el presidente Jimmy Carter —a quien su consejero de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski (de quien volveremos a hablar) convenció era buena idea antisoviética la de una operación encubierta para equipar y armar a la insurgencia afgana— quien aprobó inició los primeros suministros militares a los rebeldes —en ese momento, viejo armamento de fabricación soviética, como fusiles AK-47— y apoyó el reclutamientos de combatientes voluntarios y aportaciones económicas y logísiticas de diversos países árabes, como Arabia Saudita —uno de los más activos—, Egipto y Pakistán, iniciando la Operación Ciclón, otra guerra indirecta o subsidiaria —proxy war— entre EEUU y URSS.

El apoyo en armamento y recursos aumentó con el nuevo gobierno de Ronald Reagan desde 1981, apoyado por un poderoso lobby en el Congreso —donde Reagan pronunció en 1986 su célebre frase «No están solos, combatientes de la libertad. Estados Unidos los apoyará», la que posiblemente no recordó cuando las Torres Gemelas cayeron, siete años después de que se le diagnosticó Alzheimer— y suministrando a la guerrilla muyahidín lanzamisiles portátiles FIM-92 Stinger tierra-aire, que destruyeron la superioridad helitransportada soviética y fueron decisivos para la guerra. Entre los más fervientes lobbyist de esa Operación Ciclón estuvo el congresista demócrata por Texas Charles (Charlie) Wilson, poderoso miembro de la Comisión de Presupuesto que facilitó que fluyera el apoyo económico a los muyahidines y que fue luego el referente del filme Charlie Wilson’s War. (Antes de su muerte en 2010, Wilson expresó arrepentimiento de ese apoyo y las consecuencias que tuvo con los talibanes contra EEUU).

De Brzezinski a Fukuyama

Zbigniew Brzezinski (Brzeziński originalmente en polaco) fue el consejero de Seguridad Nacional del Presidente Carter y —además coincidir su gestión con el inicio del conflicto soviético en Afganistán— fue un teórico del repotenciamiento y reorientación de la hegemonía norteamericana a nivel mundial, un halcón en la dicotomía frente los que abogaban por una menor presencia activa de EEUU como potencia mundial: los palomas. Aunque autor de otros libros, The Grand Chessboard: American Primacy and Its Geostrategic Imperatives (El gran tablero mundial: La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos: 1997) puede considerarse una epifanía del sueño hegemónico atribuido erróneamente a la anticolonialista Doctrina Monroe —de John Quincy Adams y James Monroe— y realmente enarbolado en las sustanciales alteraciones (“interpretaciones”) de los Corolarios Hayes —de Rutherford B. Hayes— y Roosevelt —por Teddy, el del Big Stick. El análisis del ejercicio del poder en Eurasia (el «gran tablero»: Europa, Asia y Oriente Medio, donde se concentra la mayor parte de la población, los recursos naturales y la actividad económica del planeta) que hace Brzezinski en su libro condice el ejercicio de la supremacía que los EEUU debía ratificar y defender en Eurasia a través de “gestionar” las relaciones y los conflictos. Aunque posterior a su participación en cargo oficial —las continuó desde instituciones alternas como la Comisión Trilateral—, no queda duda que, mucho antes de su explicitación, fue la base de su colaboración pública permanente en el establishment estadounidense desde la campaña de John F. Kennedy hasta su muerte.

Francis Fukuyama, a diferencia de Brzezinski, nunca ocupó algún cargo público y pontificó con su libro The End of History and the Last Man (El fin de la historia y el último hombre) de 1992 la polémica tesis que la Historia —lucha de ideologías— había concluido con la caída del bloque soviético y el fin de la Guerra Fría en 1989 —año también del fin de la invasión soviética a Afganistán—, dando paso a un utópico mundo «final» basado en una democracia liberal, lo que —paradójicamente— terminaba siendo muy cercano al pensamiento único marxista-leninista porque las ideologías ya no eran necesarias y habían sido sustituidas por la economía y EEUU “era” la única realización posible del sueño marxista de una sociedad sin clases.

La guerra de Afganistán terminó… hace 10 años en Pakistán

El  2 de mayo de 2011, un grupo de comandos Navy Seals ejecutó en Abbottabad, ciudad de Pakistán, la Operación Neptune Spear (Lanza de Neptuno) para eliminar a “Gerónimo”, el hombre más buscado por EEUU desde 2001: Osama bin Laden —en árabe Usāma bin Muhammad bin `Awad bin Lādin—, el líder de Al Qaeda, el enemigo público número 1 de EEUU, un viejo conocido de la CIA y de Charlie Wilson desde que, con los muyahidines, bin Laden combatió contra la invasión soviética de Afganistán.

Para acabar con Al Qaeda, enroscado con los talibanes que gobernaban Afganistán luego de la salida de las tropas soviéticas, EEUU —junto con fuerzas de la Alianza Atlántica— invadió el país con el objetivo de desmantelar a la red terrorista de bin Laden y derrocar al gobierno de los talibanes que los protegía —también a otros grupos terroristas.

A pesar de la democratización —impuesta por EEUU y, en verdad, más aparente que real— y de la creación de fuerzas armadas gubernamentales, la coalición encabezada por EEUU tuvo que encargarse de la seguridad del país. En 2014, la OTAN puso fin oficialmente a las operaciones de combate en Afganistán y le transfirió la plena responsabilidad de la seguridad al gobierno afgano, lo que en la práctica significó que EEUU tuviera que asumir una mayor participación en el conflicto.

¿Por qué EEUU —aparentemente cumplido el objetivo de eliminar a bin Laden y, con ello, derrotar a Al Qaeda (aunque fuera circunstancialmente)— no se retiró de Afganistán hasta 10 años después, en una retirada que fue, más que todo, un descalabro a pesar de lograr evacuar a las tropas y muchísimos colaboradores locales?
La respuesta la encuentro confrontando a Brzezinski con Fukuyama y en una frase del presidente Biden anunciando la espantada del gobierno afgano y la toma de Kabul por los talibanes: «Construir una nación en Afganistán nunca fue un objetivo de Estados Unidos».

  • La concepción estratégica de Brzezinski de “gestionar los conflictos” estuvo más en la base de los tres gobiernos estadounidenses antes de la retirada bajo Biden; por el contrario, la del “fin de la historia” de Fukuyama —incluyendo los conflictos asimétricos y de baja intensidad— tiene más de Afganistán-mercado que de Afganistán-nación democrática:
  • El Presidente Biden mencionó que la guerra de Afganistán costó a su país 300 millones de dólares al día: eso es más 2.300 billones de dólares, básicamente en logística, armamento y potenciamiento.
  • Ochocientos mil soldados estadounidenses estuvieron en Afganistán en algún momento de estos 20 años. Más de 2.440 militares murieron —y 77 periodistas, 444 trabajadores humanitarios y alrededor de 4 mil contratistas— y más de 20 mil estadounidenses fueron heridos, lisiados y afectados sicológicamente.
  • Del resto de la OTAN, hubo más de 1.100 bajas fatales.
  • También murieron más de 66 mil militares afganos y cerca de 48 mil civiles y más de 75 mil afganos fueron heridos.
  • 85 mil millones de dólares costó entrenar y equipar las fuerzas afganas, desbandadas en la primera semana de inicio de la retirada estadounidense. Mucho de ese equipo, altamente sofisticado, está en manos de los talibanes.
  • 144 mil millones de dólares fueron invertidos en la reconstrucción del país a través de contratistas privados y diferentes ONG, dirigidos para implementar programas y proyectos para remodelar las fuerzas de seguridad de Afganistán, , ayudar al desarrollo económico y social —más de 24 mil millones del total que ni remotamente paliaron la pobreza— y combatir el tráfico de drogas (más de 10 mil millones), cifras que, en gran proporción, se desperdiciaron en programas “mal concebidos” o corruptos. Del total, 7 mil millones se utilizaron en construir infraestructura, muchas veces inútil.
  • Asimismo, de ese monto anterior se destinó mejorar la gobernanza
  • Tras la salida, aún EEUU deberá seguir cubriendo el costo de los intereses de la deuda contraída para esa guerra, que se calcula aumentarán a unos 6,5 billones de dólares para 2050, que generaciones de estadounidenses tendrán la carga —vía impuestos— de saldar la deuda.
  • Además, los costos médicos y por discapacidad de los veteranos de las guerras de Afganistán e Irak (350 mil millones de dólares) continuarán durante décadas mientras vivan esos veteranos afectados; para 2048 estará sobre los 2 billones.

Aunque el acuerdo que fijó un calendario para la retirada definitiva de Estados Unidos y sus aliados tras casi 20 años de conflicto fue firmado en Doha, Qatar en febrero de 2020 entre el gobierno de Donald Trump y los talibanes, Biden ha sido el ejecutor de la herencia.

Días antes de la desbandada, los jefes del Pentágono aseguraban —“citando” fuentes de su inteligencia— meses de resistencia a los talibanes por el gobierno afgano y sus fuerzas militares —las de Saigón aguantaron dos años después de la salida de las tropas estadounidenses de Viet Nam. Por el contrario, las autoridades afganas y sus fuerzas armadas no duraron hasta el fin de la ha sido una “catastrófica retirada” de EEUU. Una necesaria reingeniería del poder militar y sus mandos urge para renovar la confianza del país en sus fuerzas armadas.

La respuesta es obvia: Fukuyama —y las ganancias del mercado para el complejo militar industrial y los contratistas de EEUU— fue quien “ganó” la guerra. Sin construir nación.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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José Rafael Vilar

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