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Hacer el voto obligatorio es una mala idea que no cambiaría nuestra política polarizada

Walter Olson considera que la participación electoral voluntaria es una de las principales características que asegura una genuina competencia entre los partidos políticos en EE.UU.

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Por Walter Olson1

Prepárese para escuchar más acerca de una idea mala: hacer que el voto sea obligatorio por ley. Australia y algunos países lo hacen, y la idea muchas veces ha sido mencionada cerca de casa por personajes como Barack Obama y el Primer Ministro canadiense Justin Trudeau.

Hace dos años atrás Brookings Institution y el grupo de trabajo del Centro Ash de la Escuela Kennedy en la Universidad de Harvard clamaron por este tipo de legislación, y ahora el columnista del Washington Post E.J. Dionne Jr. de Brookings y Miles Rapoport del Centro Ash han convertido esa idea en un libro.

La respuesta correcta es “De ninguna manera”.

Votar, como pararse durante el himno nacional, es un ritual público/cívico del cual uno preferiría excusarse. Los partidarios del voto obligatorio algunas hablan como si los asuntos de conciencia y el espectro de expresiones obligatorias podría ser atajados mediante, por ejemplo, dándole a los ciudadanos la opción de registrar un voto en blanco. Pero para muchos de nosotros, negarse a participar en una o cada elección es en sí una manera de enviar un mensaje expresivo distintivo.

¿Cómo se asegurarían del cumplimiento de dicha obligación legal de votar? En el extranjero los ejemplos sugieren que el mecanismo predominante sería aquel de multas y tasas pequeñas, ocasionalmente combinadas con sanciones adicionales como la dificultad para las personas que tratan de obtener o renovar alguna u otra licencia o permiso.

Entendemos mejor de lo que lo se entendía hace una generación atrás acerca de cómo proliferación de las multas pequeñas del estado, sus tasas y los formularios han dificultado la vida de los pobres y las personas en apuros. Las personas que tienen múltiples trabajos o que tienen responsabilidades familiares difíciles pueden descubrir que una cita perdida aquí y un sobre perdido allá resultan en más dificultades y desorden, especialmente si las penalidades se acrecientan —que puede ser vista como la única manera de prevenir un incumplimiento amplio.

Seamos honestos: gran parte del interés detrás de obligar a los electores a votar históricamente ha venido de partidistas que creen que su lado ganaría más seguido si todos fuesen obligados a presentarse. Desde hace mucho existe la sabiduría convencional de que los no-electores se inclinaban más hacia la izquierda que los votantes regulares. Hasta tan tarde como 2012, una encuesta Pew encontró que los no-electores tenían opiniones mucho más favorables de Obama que los electores frecuentes.

Pero esto no duró. Un estudio importante realizado en 2020 por la Knight Foundation acerca de los no-electores encontró que ahora ellos “se dividen casi por la mitad” entre la prolijidad a votar por el partido Demócrata y por el Republicano.

La demografía aporta una explicación parcial. La mayoría de las encuestas coinciden en que los no-electores suelen ser más jóvenes, menos educados y ganan menos y (en EE.UU.), por un margen sustancial más hispanos. Había un momento en que estas categorías se correlacionaban de cerca con las preferencias electorales hacia la izquierda, pero ya no: a los republicanos les va mejor estos días con los menos educados y afluentes, por ejemplo, y están realizando rápidos avances entre los hispanos.

Incluso si los no-electores fuesen difíciles de caracterizar en un espectro político convencional, ellos difieren sistemáticamente de algunas maneras de los electores. Encuesta tras encuesta confirma que son menos informados y que están menos familiarizados con los candidatos; de hecho, muchos no-electores dicen que esa es la razón por la que decidieron no votar. Australia desde hace mucho ha lidiado con el problema del “voto burro”, registrado por electores con poco apego, quienes simplemente realizan una marca para los primeros nombres que encuentran en la papeleta.

Los no-electores son un grupo más aislado. Es más probable que piensen que “el sistema está manipulado”, que “el éxito en la vida está prácticamente determinado por fuerzas fuera de nuestro control” y que “las cosas seguirán justo como lo hacían antes” sin importar cuál lado gane la presidencia. Esto son, en pocas palabras, tanto menos informados como menos involucrados en asuntos civiles que otros electores (De aquellos no registrados para votar en la encuesta Pew, coincide que 11% dijeron que no querían registrarse por motivos de privacidad seguridad).

Este elemento de aislamiento civil es una razón para dudar de la afirmación de que los no-electores serían una influencia moderadora en la polarización política de EE.UU.

El académico centrista Bill Glaston ha argumentado que incluir obligatoriamente a este grupo podría “fortalecer las fuerzas de la conciliación” porque es menos “ferviente” y más resistente a la “retórica de carne roja”. No espere sentado a que eso suceda…

Es cierto que los no-electores no se pueden clasificar de manera tan nítida como los electores frecuentes según las líneas ideológicas que dividen a los principales partidos. No obstante, eso no significa que serán más calmados, juiciosos o resistentes a la demagogia.

De hecho, una lección de las recientes investigaciones sobre las personas que caen en las categorías intermedias en las encuestas políticas, muchas veces etiquetados como “moderados”, es que una cantidad importante se resiste a ser clasificado no porque han logrado un equilibrio elegante entre los mejores argumentos de cada bando, sino porque albergan una mezcla de opiniones extremas o disparatadas de “izquierda” o “derecha”.

Competir por la participación electoral —esto es, compitiendo para mover las sub-categorías de no-electores hacia su columna— es de hecho una de las principales maneras en que los partidos estadounidenses y sus candidatos compiten. Fracasar en la participación electoral envía un mensaje doloroso de que su candidato o su serie de asuntos no son lo suficientemente inspiradores. Visto de esta forma, el voto obligatorio se parece a un esquema para eliminar a la fuerza uno de los medios más seguros de competencia genuina en la política contemporánea.

Como muchas demandas incluidas bajo el nombre de reforma, esta propone ganar mediante la coerción lo que los actores políticos estadounidenses no han logrado conseguir mediante la persuasión.

1es Académico Titular del Centro de Estudios Constitucionales del Cato Institute.

*Este artículo fue publicado originalmente en elcato.org el 01 de junio de 2022

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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