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La nostalgia es un sentimiento que se dispara con el miedo, la ansiedad y el malhumor. El futuro ha dejado de ser un destino prometedor y superador para los bolivianos. Ya no tenemos prospección, planificación y, hasta incluso, visión de futuro. Lo que hay es un anclaje hacia el pasado.
Hemos empoderado los tiempos viejos y los hemos glorificados, cuando en realidad, deberíamos potenciar una mirada hacia adelante. Pero no podemos hacer ese ejercicio porque el futuro ha dejado de ser prometedor y un acelerador de promesas por alcanzar: un mejor trabajo, un mejor sueldo, una posible compra de un vehículo, salir profesional, pagar los estudios de los hijos, tomarse unas vacaciones. Nada de esto es posible para el trabajador boliviano promedio. Nada.
No es solo Bolivia, que padece una durísima desinstitucionalización –quizás la más profunda de toda su historia republicana– que desnuda una carencia de reglas estables de largo plazo junto a una política pública que ponga al ciudadano como centro de atención para resolver todas sus demandas sociales. Muy por el contrario, se ha dinamitado toda confianza y credulidad (entiéndase de credo, de tener fe en algo o en alguien). La lista de orfandad social es larguísima y en cada una de las ventanillas públicas la conducta incivilizada es la norma.
Hoy cada ciudadano que se acerca a cualquier institución pública sufre de un abuso de poder o de alguna clase de ignominia. Filas interminables, pagos irregulares para agilizar trámites, innumerables requisitos que ocasionan corruptelas y una frustración marcada.
Las oficinas están derruidas, el personal no está capacitado para atender la demanda de la ciudadanía y no son –casi en su totalidad– profesionales del área, sino más bien cupos políticos. El Estado rentista siempre fue la huella a seguir y los cargos públicos fueron un commodity (una mercancía de intercambio y de repartija de poder y dinero) de los partidos políticos.
Por eso estamos frente a burocracias con una ausencia de capacidad estratégica de respuesta eficiente y de modernización. Seguimos dando trabajo a supernumerarios que llenan un cupo público y que, a la postre, se dedican a extorsionar a la ciudadanía o decididamente a armar cuadros de corrupción. La crisis, por lo tanto, se ha ubicado como una omnipresencia en toda la cadena institucional. No se salva ninguna empresa del Estado.
Anne Applebaum, historiadora y periodista estadounidense y polaca al mismo tiempo, publicó un libro muy oportuno cuyo título es El crepúsculo de la democracia (editorial Debate, 2020), donde nos advierte que el mundo democrático está “envejecido, frío y cansado” y que esta atmósfera ha abierto la puerta a un fundamentalismo político muy peligroso.
Las democracias occidentales modernas –para la historiadora– están bajo asedio y el auge del autoritarismo es una cuestión que debería preocuparnos a todos quienes defendemos la democracia, los derechos civiles y la libertad de pensamiento y de expresión.
Los nacionalismos y la autocracia se convierten en caminos atractivos a seguir y son un riesgo concreto para el mundo occidental porque ahora los sistemas con mensajes radicales son muy atractivos.
La Unidad de Inteligencia de The Economist viene destacando, en sus últimos informes, un deterioro progresivo en la percepción de la democracia.
En su último índice de democracia, la salud democrática global llegó a los 5,44 puntos (sobre un total de 10), algunas décimas por debajo del resultado del año anterior.
Para ellos, las democracias están viejas, frías y cansadas. Ya no son aquel faro post-Segunda Guerra Mundial que fortaleció a las democracias occidentales frente a las autoritarias como la ex Unión Soviética, la rumana, la yugoslava y la polaca, entre otras que tras la caída del Muro de Berlín cayeron como naipes.
Las crisis institucionales también se deben a otra lectura y es el hecho de que muchas de ellas no fueron concebidas para un mundo tan distinto como el actual: marcado por una virulenta visión del mundo a través de las plataformas digitales, de la llegada de un poderío tremendo de la corriente denominada tecnofeudalismo que incita al derrocamiento de las democracias y de todas sus instituciones. Musk, Thiel, Altman, el propio Trump son verdaderos depredadores de las democracias en Occidente y que defienden gobiernos autocráticos.
Por lo tanto, cuanto menos previsible e institucionalizado se vuelve el orden internacional, más importantes resultan las instituciones nacionales y locales. Los países que cuenten con reglas estables, burocracias profesionales y capacidad estratégica estarán mejor preparados para transformar sus oportunidades económicas y geopolíticas en desarrollo y tienen más chances de contar con un dique de contención frente a estas visiones autoritarias y desequilibrantes.
Aquí es donde importan otras instituciones; el sistema científico y académico, las organizaciones de la sociedad civil y los centros de pensamiento (think tanks) tienen la responsabilidad de promover debates de calidad, impulsar la investigación y formar futuros dirigentes. La capacidad de un país para comprender los cambios que ocurren en el mundo y construir consensos sobre cómo responder a ellos también forma parte de su fortaleza institucional.



