OpiniónEconomía

Diésel, petróleo y la crisis autoinfligida

Daniel Lacalle explica que el problema de escasez de diésel en Europa viene desde hace años y la han creado los europeos de manera artificial.

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Por Daniel Lacalle1

La decisión de Rusia de prohibir las exportaciones de diésel tiene un carácter marcadamente mediático interno. Se trata de convencer a los ciudadanos de que el desplome del poder adquisitivo del rublo y la inflación son por factores externos y que dejando de exportar bajarán los precios, algo que no ha ocurrido nunca. Desafortunadamente, es la misma estrategia del peronismo en Argentina cuando prohíbe o limita exportaciones y le vende al incauto ciudadano que el proceso inflacionario es por culpa de los malvados exportadores.

Por supuesto, los titulares echan la culpa de la escasez de diésel y el rebote del precio en Europa (cercano al 45 % en pocos meses) a Rusia, pero ¿de verdad esperábamos que Rusia exportara todo el diésel que queríamos en medio de una guerra y un embargo?

La realidad es muy diferente. El problema de escasez de diésel en Europa viene de hace años y lo hemos creado artificialmente. La equivocada política europea y el constante entorno de pérdidas al que se ha abocado al sector en Europa han hecho que, desde 2009, se haya destruido casi el 30% de las refinerías del continente.

En 2009 operaban 100 refinerías en la Unión Europea (UE) y, desde entonces, 26 han sido cerradas o transformadas en biorrefinerías.

Las 75 principales refinerías (‘mainstream’) operativas en 2021 en la UE-27, el Reino UnidoNoruega y Suiza tienen una capacidad de refino primaria de 650,8 millones de toneladas. Esto representa una disminución de 156 millones de toneladas de capacidad de refino primario desde 2009, según el informe de 2022 de Fuels Europe.

Si lo ponemos en contexto, Rusia exportaba solo 35 millones de toneladas de diésel. Europa ha reducido su capacidad de refino primario desde 2009 en una cifra que es cuatro veces superior a lo que exporta Rusia.

Es decir, las políticas europeas y estrategias de sus empresas –muchas estatales– han hecho mucho más daño a la disponibilidad de diésel que el anuncio de Rusia.

Una política medioambiental ideologizada, un entorno económico que hace la inversión inviable y una presión política inusitada han dejado a Europa incapaz de responder a un problema geopolítico que, en condiciones normales, no habría sido más que una anécdota.

En el petróleo pasa lo mismo. Occidente ha llevado a cabo una política sistemática de ataque a las inversiones en petróleo y gas desde todos los frentes, político y legislativo, con limitaciones y prohibiciones que han dejado al sector en una situación de infrainversión de más de $600.000 millones anuales, según estimaciones de JP Morgan. Con la moda mal llamada “verde”, porque consigue lo contrario de lo que finge defender, las empresas petroleras se han dedicado a todo menos a lo suyo, y varias europeas llevan casi una década de inversión por debajo del nivel de depreciación en exploración y producción mientras se dedican a destruir valor en entelequias caras e inútiles.

No vamos a caer en esta columna en la teoría conspirativa de que Rusia o Arabia Saudí reducen producción por tener malvadas intenciones… La evidencia empírica es que la reducción de producción de los productores de la OPEP plus viene como respuesta a la debilidad de la demanda y el bajo precio de los últimos doce meses. Sin embargo, incluso si nos creyéramos las teorías de conspiración sobre los deseos maquiavélicos de los productores, no podemos olvidar que nos hemos disparado en el pie al limitar la capacidad de la producción no-OPEP (que es el 56% de la producción mundial) que es la que ha bajado el precio y desmantelado históricamente los cuellos de botella generados por decisiones equivocadas de la OPEP.

Al limitar y prohibir la capacidad de inversión en petróleo y gas autóctonos en los países occidentales nos hemos puesto a merced de las decisiones de unos productores que suponen menos del 44 % de la producción global y mucho menos en términos de exportaciones. No olvidemos que Rusia produce casi 10 millones de barriles al día pero exportaba unos 4,5 solamente.

Ahora, Robert Kennedy Jr. anuncia a bombo y platillo que, si es presidente, va a prohibir el fracking que ha hecho posible que Estados Unidos tenga precios más bajos de petróleo y gas natural que sus países comparables, y que se salvara Europa de apagones y un invierno sin calefacción. Esto llevaría a la dependencia absoluta de los países de la OPEP y, con ello, a precios elevadísimos de la energía o incluso límites de suministro.

Usted pensará que todo esto demuestra que hay que apostar por las renovables, y no seré yo el que lo discuta, pero no podemos olvidar que los mismos que se pasan el día hablando de energías alternativas prohíben o limitan la inversión en minería de cobre, litio, cobalto y tierras raras. Alguno piensa que los molinos de viento y los paneles solares se fabrican cantando el “Imagine” de John Lennon…

Con esa visión ideológica y miope de la energía, los gobiernos de Europa y Occidente van a hacer que sus países dependan de toda la cadena de producción renovable de China (por el litio, cobalto y tierras raras) y además sigan dependiendo de la OPEP y Rusia al negarse a desarrollar sus recursos propios.

Todo el mundo en China sabe que la UE está cavando su propia tumba energética con una política que ignora a la industria y la necesidad de multiplicar la minería de las materias primas necesarias para toda la matriz energética, renovable y convencional. Por eso China ha alcanzado niveles récord de importación de carbón a la vez que desarrolla de manera masiva las renovables. Una cosa no elimina la otra.

Todo esto viene por una visión ideológica e intervencionista de la energía que ignora la importancia de la seguridad de suministro y la competitividad. Una transición energética planificada por burócratas que anteponen prejuicios ideológicos a la realidad industrial. La transición energética necesita innovación, competencia y tecnología pero además permitir la destrucción creativa mientras se llega a las soluciones que hacen viables de manera masiva a las fuentes de energía renovable, garantizando el suministro constante y económicamente eficiente.

El mundo asiste atónito ante la miopía energética europea que elimina nucleares, capacidad de refino, capacidad de desarrollo de sus recursos propios y a la vez se presenta como ejemplo de descarbonización. No hay transición energética sin nucleares y gas natural.

A nadie serio se le ocurre destruir la capacidad energética propia en toda la cadena, desde exploración y producción de petróleo y gas a nuclear, y presentarse ante el mundo como el ejemplo a seguir… Somos el ejemplo a no repetir.

Nunca se consigue una transición eficaz y competitiva si se hunde la capacidad de generar energía abundante y eficiente con las tecnologías existentes mientras se desarrolla la viabilidad industrial y de seguridad de suministro de las nuevas. Lo que ha conseguido Occidente, de nuevo, es depender más de China, de la OPEP y de Rusia. Enhorabuena.

Este artículo fue publicado originalmente en el blog de Daniel Lacalle (España) el 24 de septiembre de 2023.


1Daniel Lacalle es economista jefe de Tressis y profesor de IE Business School y del Instituto de Estudios Bursatiles de la Universidad Complutense de Madrid. Es autor de La Gran Trampa, Viaje a la Libertad Económica y otras obras, varias traducidas al inglés, chino y portugués y miembro del Consejo Asesor de la Fundación Rafael del Pino.

*Este artículo fue publicado en ElCato.org el 03 de octubre de 2023

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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