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El análisis económico de los malos parientes

Sergio Plaza Cerezo

Profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid

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Los malos parientes están omnipresentes, cuales villanos, en las telenovelas latinoamericanas, así como en los melodramas de la Edad de Oro correspondientes a las cinematografías mexicana y argentina. En la novela “El abuelo”, de Benito Pérez Galdós, también llevada al celuloide, hay moraleja: la nieta no biológica sentirá mayor cariño por el protagonista que aquella con vínculo de sangre. Toda esta temática es universal, consustancial a la condición humana; y está presente en el cuento de “La Cenicienta”. La maldad proverbial de madrastra y hermanastras nos dejó impactados en la infancia; pero, la realidad supera a la ficción.

En la perspectiva del análisis económico, algunas herramientas resultan pertinentes para el abordaje de la cuestión. Cuántos parientes interpretan el vínculo con familia extensa desde la óptica del “homo economicus”, en la versión más mezquina del mismo: un mero análisis de costes y beneficios materialistas. Así, un hostelero elude ir al entierro de uno de sus escasos primos carnales –coste-, a cambio de vender tres o cuatros cafés adicionales en el establecimiento regentado –beneficio-. El llamado coste de oportunidad –o de la renuncia- aparece ejemplificado a través de este comportamiento mezquino.

Desde el enfoque interdisciplinar con la Psicología de la Economía Conductual, que se abre paso, el Premio Nobel Richard Thaler defiende que, vía inclusión de las emociones, los modelos deberían pasar del “homo economicus” al “homo sapiens”. En realidad, según los defensores a ultranza del primero, el altruismo tendría cabida en el mismo, como caso particular. La satisfacción procurada por hacer el bien a los demás, personas o animales de compañía, sería susceptible de encaje en la balanza representada por el análisis de coste-beneficio.

Sin embargo, asociamos al “homo economicus” en sentido restringido con actitudes egoístas. Los perfiles psicológicos –no incluidos en el modelo- se mueven dentro de una línea imaginaria, que va desde el psicópata, carente de emociones, al neurótico obsesivo, caracterizado por empatía plena, proclive al sentimiento de culpa ante ciertas situaciones retrospectivas. Estos rasgos de personalidad se deberían tratar como premisas para un nuevo análisis económico. En definitiva, la falta de realismo de los supuestos de partida –asociados al “homo economicus”- representa una falla metodológica de calado en el enfoque convencional de la Microeconomía neoclásica.

El llamado “problema del hubiera” aparece en la realidad cotidiana: por ejemplo, en caso de decisión alternativa a la adoptada –escenario “B” frente a “A”-, el agente piensa -a posteriori- que no habría ocasionado perjuicios a Fulanito. El concepto de externalidades queda incorporado al razonamiento individual: cómo afectan a terceros las decisiones que tomamos. Mi bisabuelo Juanín, cuyo apodo –“el del cemento”- figuró en su esquela mortuoria, tenía gran futuro como constructor relevante en el norte de España; pero, murió un obrero de su plantilla en la edificación de una colonia de chalets. La decisión del empresario, atormentado por el remordimiento de no haber podido evitar aquella desgracia, consistió en dedicarse a otra actividad profesional. Cuán lejos está dicha determinación del enfoque restringido del “homo economicus” –que sí funciona a la perfección con el pariente amoral-. La introducción de emociones, propias del “homo sapiens” –positivas y negativas-, introduce cambios en los patrones individuales de conducta, con repercusiones a dos niveles:

  1. Los familiares que sienten afecto por nosotros querrán nuestro bien; y sus decisiones no estarán basadas en meros intereses economicistas. Los “buenos parientes” no nos harán daño, por lo menos de forma consciente. El caso de Juanín el del Cemento.
  2. Los familiares que nos perciban con desafecto y sentimientos negativos, incluidos los de envidia o resentimiento, son susceptibles de resultar peores, incluso, que los psicópatas asépticos no pertenecientes al grupo familiar. Así, aparecen las vendettas en discusiones entre facciones enfrentadas dentro de los clanes. De forma particular, esto ocurre en sociedades tradicionales que otorgan importancia extrema a un sentido extenso del parentesco, desde el pueblo gitano a calabreses o sicilianos, fundadores de mafias. No olvidemos tampoco que el tema del honor, origen de tantas disputas, representa el primer eje argumental del teatro español del Siglo de Oro.

El capital social arbitra otro concepto clave para nuestro propósito metodológico; es decir, el grado de asociacionismo con terceros en juego cooperativo. Según plantea el pensador Francis Fukuyama, su radio puede ser corto o largo. En este último caso, la gente confía en terceros, más allá del ámbito familiar: Japón y Alemania serían ejemplos. Por el contrario, la Europa mediterránea y Latinoamérica son “familiaristas” en esencia, si bien hay diferencias regionales.

En sociedades preindustriales, rurales y con recursos escasos, la cooperación entre miembros del clan favorecía la supervivencia, sobre todo en áreas montañosas -las más pobres-. No obstante, el refrán afirma que “casado casa quiere”; y, dicha profecía se cumple en ecosistema urbano y postmoderno, donde el vínculo con la familia extensa queda muy debilitado. En dicho entorno, las rencillas entre parientes se imponen sobre los mecanismos colaborativos.

En la lengua más coloquial de Castilla, se hablaba de la esposa como “la parienta”. Y, en tanto “dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición”, los conflictos con la familia más allá del hogar se multiplican. Así, escucho a una cajera en un supermercado de España: “he visto a mi cuñada”. Su compañera replica: “¿os habéis saludado?” La respuesta será contundente: “qué va; si no nos hablamos hace años”.

Según el famoso Teorema de Coase, ante cualquier conflicto, “en ausencia de costes de transacción, las partes llegarán a un acuerdo que maximice la producción”. ¿Qué quiere decir la primera parte de la sentencia –premisa-? Muy sencillo: entre otras cosas, la entente solo se alcanzará si los interlocutores son personas razonables. Cuánto se pueden complicar los términos si son parientes enfrentados los protagonistas de una disputa. En aquellas sociedades  proclives a dicho escenario, los mercados funcionarán de forma menos eficiente, dando lugar a transacciones más costosas. Hay tantos parientes que no son regalones.

La captación de rentas es objetivo central de muchos grupos de presión. Si las familias extensas se asemejan a país en miniatura, los abuelos son patriarcas. Desde tiempos inmemoriales, las leyes de Castilla garantizaban la igualdad de los hijos en el acceso a las herencias; pero, siempre aparece algún “vivo” o pícaro que se beneficia del reparto.

La sucesión del patrimonio es fuente de disputas múltiples. Supongamos una familia de dos hijos; mientras, uno de ellos fallece. Un mal hermano podría cabildear ante los abuelos. La reducción de la herencia correspondiente a los nietos, descendientes del vástago finado, sería consecuencia. Cuántos abogados, acostumbrados a pleitear sobre la materia, pueden dar fe de tantas felonías de este tipo, con tíos que burlan a sus sobrinos menores de edad.

La información asimétrica se estudia en los manuales de Economía como fallo de mercado. Por ejemplo, en el mundo previo a Internet, imaginemos a la pobre viuda que vende la colección de monedas antiguas del marido, sin conocer el valor de dicho activo. La estafa sería consecuencia posible, a raíz del conocimiento sobre tasaciones del numismático con quien se efectúe la transacción. El déficit informativo penaliza a las víctimas; pero el acceso privilegiado a un plus de conocimiento sobre terceros favorece a ladrones potenciales. Así, donde antes teníamos al numismático, ahora aparecen los malos parientes. Disponen de acceso e información sobre sus familiares; y podrían tratar de engañarlos. En tanto tienen las puertas abiertas, dicho escenario resulta más probable que si no hay parentesco con los malandros.

En una película del cineasta senegalés Ousmane Sembéne, un sobrino intenta aprovecharse de su tío, ignorante del valor de un inmueble en propiedad. Historias universales: el protagonista muy formado de la novela “El diciembre del decano”, firmada por Saúl Below, acaba siendo engañado por el primo abogado en el reparto de la herencia. La conexión con la familia extensa queda herida en las sociedades postmodernas; pero, siempre permanece un remanente de confianza. Ello puede resultar letal, vía engaño. Desde el conocimiento de nuestras flaquezas, los malos parientes intentarán sacar partido, si no desconfiamos de ellos. Su ventaja radica en la información extra que manejan sobre sus allegados.

Supongamos que unos ancianos con situación económica precaria quieren vender un terreno edificable; y aparece en la trama un sobrino, quien, debido al lazo consanguíneo existente, inspira cierta confianza. El listillo –sabedor de los problemas financieros de sus tíos- podría proyectarse cual comisionista, convirtiéndose en intermediario con un constructor para devenir en beneficiario de la operación. El familiar psicopático reduce los costes de transacción para acelerar la consumación de la misma. Cuántas fortunas se entretejen a partir de actuaciones carentes de principios éticos en escenario con información asimétrica. Una rama suele tomar el liderazgo, vía derrota de otras facciones, en muchas empresas familiares.

Imaginemos el caso de una viuda que comparte bienes raíces con sus sobrinos. Si la mujer pierde de forma trágica a su hijo, los malos parientes, conocedores de dicha vulnerabilidad, podrían aprovechar la situación para forzar una venta rápida del inmueble conforme a sus intereses. La víctima de estrés postraumático, aislada y sin capacidad de reacción, perdería en juego de suma cero; mientras, los malos sin escrúpulos se alzarían cual contraparte ganadora, desde actuación rastrera, aliados con algún “outsider” que sea amiguete.

El análisis del grado de equidad en la distribución del ingreso constituye un tema clásico en el campo de la Economía. Las diferencias sociales se entretejen a medida que las ramas del clan familiar se separan. El escritor colombiano Luis Fayad es autor de una novela muy interesante, titulada “Los parientes de Éster”, cuyo argumento gira en torno a los “parientes pobres”. En una película soviética de los años setenta, se muestra a un emigrante del Cáucaso llegado a Moscú, cuyo familiar, incomodado, solo le permite pasar la primera noche en su domicilio. Desde las rigideces de aquel régimen, la búsqueda de alojamiento podía devenir en odisea.

En realidad, los parientes ricos tratan de distanciarse a las primeras de cambio. Y, enseguida, miran a sus primos por encima del hombro. Si los primeros residen en una gran ciudad, alardearán de vecindad en buena zona. Como el “enfermo imaginario” de Moliere, existen “ricos imaginarios”. No lo son de verdad; pero, para ellos, lo importante es sentirse reconocidos por un estatus más elevado entre aquellos percibidos cuales “parientes pobres”, como si se disputara una liga futbolística dentro del clan por ver quién llega más lejos. Las envidias no estarán ausentes en trama digna de telenovela.

Postdata: las librerías de Latinoamérica están llenas de libros de autoayuda. Sigan un consejo: protéjanse de los malos parientes, pues son especie invasora. Les pueden amargar la vida.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Sergio Plaza Cerezo

Profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid

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