OpiniónPolítica

Estamos a mitad de camino

Carlos Hugo Molina

Abogado con especialidad en Derecho Constitucional y Administrativo por la UNAM

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Tenemos que aceptar que no se cumplieron las previsiones catastróficas que anunciaban la llegada de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis acompañados de conquista victoriosa, guerra y violencia sangrienta, hambre y escasez, la muerte y la devastación por epidemias y plagas.

Aunque 52 días han sido una prueba durísima que ha tenido manifestaciones de los Cuatro, no se dijo la última palabra ni se disparó la bala que generaría genocidio. La necesidad de ser escuchados, la irracionalidad, las confrontaciones no resueltas y ciertas prácticas colectivas han terminado en una negociación que nos ha dejado molestos y, sin embargo, ha servido para que se levanten (¿transitoriamente?) las piedras en un país que necesita caminos para producir y llegar a los mercados.

​Como no podemos seguir viviendo con el “Jesús en la boca», está llegando el momento de la reflexión madura que ponga atajo a esta conducta. Hay dos evidencias que hacen suponer que estamos comprendiendo la gravedad de lo que estamos viviendo.

Bajo la presidencia del senador Diego Ávila, sin la presencia del vicepresidente Lara, la Asamblea Legislativa Plurinacional se puso de acuerdo por más de 2/3 y aprobó el Decreto de estado de excepción y ratificó su vigencia. Acto seguido, el presidente Paz puso en vigencia el Decreto Supremo 5636 para “restablecer la libre circulación en las carreteras, garantizar el abastecimiento de bienes esenciales y frenar los bloqueos”.

La historia recuerda que la declaratoria del estado de excepción, iniciaba la movilización social de protesta y la persecución política. Hoy, frente al cansancio y agotamiento de la sociedad, está sirviendo para buscar sosiego y para mostrar que la Asamblea Legislativa recobró su capacidad conciliadora al llegar a votar una ley necesaria y de urgencia.

​Debemos ser generosos al construir, con osadía, una nueva narrativa. He revisado los dos últimos días más de 100 sitios en las redes de personas a quienes respeto y que integran todo el espectro democrático, identificando los temas que, pareciera, debemos enfrentar como una línea de base para la reforma del Estado.

Los recojo con inocencia aparente y una ironía contradictoria que se debate entre el dolor de la violencia y la esperanza de trabajar sin pedir permiso.

​El primer tema sostiene que el presidente Rodrigo Paz debe terminar su mandato el 8 de noviembre de 2030, gobernando, mientras los demás actores políticos deben dejar de lado cualquier pretensión fuera de la Constitución y de la Carta Democrática Interamericana. Este acuerdo debe comprometerse a utilizar todos los instrumentos del Estado para resolver conflictos.

​Sin cohesión social que genere cercanía, respeto, tolerancia y, de ser posible, afecto no podremos ponernos de acuerdo en tareas colectivas que necesitan la suma de nuestros esfuerzos, el turismo como el mejor ejemplo.

Debemos valorar la oportunidad que nos ofrece la gente que todavía vive en los territorios donde están los destinos turísticos, la comida, el oxígeno, el agua, los recursos naturales y una parte del futuro del mundo. Esto requiere que los gobernadores, alcaldes, autoridades regionales y de autonomías indígenas agudicen el ingenio para que la población produzca dignamente, de manera sostenible, más y mejor.
​Debemos dejar de negar que el 80 % de la población ya vive en ciudades y actuar en consecuencia, y frente a un territorio muy grande para una población tan pequeña, necesitamos una política pública que aliente y fortalezca ciudades intermedias, priorizando la inversión de recursos escasos y formando masa crítica, humana y productiva. Esto no se podrá lograr sin la construcción de un nuevo sistema político, en liderazgos y organización, que en este momento no tenemos.
​La ciudadanía le exige al gobierno central –como dicen en Tarija– «si no me ayuda, no me perjudique», esperando seguridad jurídica y las condiciones para producir y exportar café, singani, vino, asaí, estevia, chocolate, quinua, orégano, arándanos, almendras, piña, quesos, jamones…

Hay una lista inmensa de productos que nos gustan –a nosotros y al mundo– y que necesitan de caminos expeditos para salir a los mercados.​No es pequeña la agenda y necesita priorizarse en una ruta crítica. Cinco años pasan muy rápido.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Carlos Hugo Molina

Abogado con especialidad en Derecho Constitucional y Administrativo por la UNAM

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