OpiniónPolítica

Lo feo, lo malo y lo bueno en la Casa de la Libertad

José Rafael Vilar

Analista y consultor político

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Acaba de terminar el acto (que debió ser) solemne por el Bicentésimo primer Aniversario de la Declaración de Independencia de las antiguas Provincias del Alto Perú: Cochabamba, Potosí, La Paz, Santa Cruz y Charcas (Oruro, Beni y Pando se desprenderían de Potosí y de Santa Cruz posteriormente y Tarija no estaba incorporada aún al nuevo país), en el mismo lugar —hasta entonces Aula Magna de la Universidad Mayor, Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca y después, hasta 1898, sede del Congreso de la República— que ese día de 1825 firmaron la Independencia del Estado del Alto Perú siete representantes de Charcas, catorce de Potosí, doce de La Paz, trece de Cochabamba y dos de Santa Cruz (aunque uno llegaría a la ciudad ese día después del acto y el otro representante recién podría firmarla a su arribo el 9 de agosto), que días después (13 de agosto) y en el mismo salón se oficializaría como República de Bolivia.

He afirmado que esa sesión de la Asamblea Legislativa (heredera del Congreso que existió desde 1815 hasta 2010) debió ser solemne pero tuvo, como muchas cosas en la vida, de lo feo, de lo malo y, por qué no, de lo bueno. Empezaré por lo feo.

Fracasada su incursión de tiktokero pertinaz y criticado entonces  su acercamiento y visita solidaria con los bloqueadores (aunque después hiciera un llamado paralelo al de la Presidencia para el diálogo con todos ellos del que la Iglesia Católica salvó su conducción), Edmand Lara Montaño —en su condición de Presidente Nato de la Asamblea— dio las primeras palabras de la sesión y en ellas aprovechó (en lo que debió ser un digno preámbulo al Informe a la Nación con el que le continuaría el Presidente Constitucional) para expresar su diferenciación del Gobierno y sus fuertes críticas a la situación del país y al rumbo —que definió errado— del Gobierno nacional: crisis económica, desabastecimiento de combustibles, corrupción, avance del narcotráfico, inseguridad ciudadana y carencia de responsabilidad del Estado, a la vez que, con ello, se atribuía el patriótico empeño de pedir de las autoridades soluciones para tales dificultades que vive Bolivia, acusando al Gobierno de palabras vacías, de que el crimen avanza porque el Estado está fallando,  de que no se puede gobernar mintiendo, no se puede prometer y luego no cumplir, gobernando de espaldas del pueblo.

(Como endshow, Lara reservó una muestra de su descortesía protocolar con el Presidente: al regresar éste a la mesa de las autoridades, Lara no se levantó de su poltrona para recibirlo al despedirse como sí hicieron los presidentes del Senado y Diputados. Sin natura y sin Salamanca…).

El discurso del presidente Paz Pereira estuvo centrado en lo bueno —recuento de lo hecho, anuncios y, además, promesas— mientras nos dejó a los que lo seguimos el entender lo malo: lo que no dijo.

En 120 minutos, Rodrigo Paz Pereira —que hoy cumplía 269 días de gobernar— destacó lo que considera principal de sus nueve meses en el Poder y presentó cinco decisiones asumidas para reorientar la Administración del país: devolver la confianza al país a través de restituir los dólares a los ahorristas, estabilizar el tipo de cambio (que como la eliminación parcial de las subvenciones llegaba directamente al bolsillo ciudadano y al proceso transmisor de la economía), recuperar el acceso a los mercados internacionales y lograr volver a ser sujeto de crédito internacional (como se ha informado, el acuerdo recién negociado a concretar con el FMI, tras su concreción facilitará el acceso boliviano a financiamientos adicionales del Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, la Corporación Andina de Fomento y otros organismos multilaterales); impulsar reformas postergadas y modernizar el Estado, como el Plan Tranca Cero, el levantamiento gradual de la subvención a los hidrocarburos, la aprobación del PGE reformulado, reducción del déficit fiscal y el reciente acuerdo con los gobernadores para cumplir (gradualmente) la propuesta 50/50: el Pacto Fiscal, del que se habló desde los 90 pero que, tras la constitución de 2009 y la Ley 031/2010 Marco De Autonomías Y Descentralización “Andrés Ibáñez”, debió empezar a aplicarse desde 2014 y nunca se avanzó en ello por la reticencia del masismo; aplicar medidas sociales para «proteger a las familias» durante el período de transformación: bonos y acciones en salud, educación y tecnología, entre otras; “abrir Bolivia al mundo”, al restablecer relaciones con otros países y fortalecer la confianza internacional; por último, construir una nueva gobernabilidad para «consolidar la reconstrucción de la patria», con una lucha creciente contra el narcotráfico y la narcoeconomía.

Asimismo —y a la vez que reforzaba la crítica al dicenio perdido como punto de comparación— anunció, entre otros temas, que la próxima semana enviará a la ALP el proyecto de ley de inversiones, a los que seguirán otros proyectos de ley estructurales (entre ellos los de Hidrocarburos y Minería y de las alianzas público-privadas) y la potenciación del sector energético; la implementación este año de un nuevo modelo para el sector de hidrocarburos, y el fortalecimiento de relaciones internacionales amplias y “desideologizadas”, a la vez que, como Presidente, continuará recorriendo “todos los rincones” del país para conocer a sus habitantes y sus necesidades.

Lo malo es que lo dicho no trasluce un golpe de timón, un cambio de rumbo. ¿A dónde se quiere llegar? ¿Al capitalismo popular: “una Bolivia de propietarios, no de proletarios”? como preconiza hace tiempo Jaime Dunn y de quien Paz tomó esa idea para formalizar el sector informal y la economía sumergida e incorporarlos a la economía del país, como De Soto, Gjersi y Ghibellini preconizaron en 1986 en El otro sendero: la respuesta económica al terrorismo, que fue parte del motor de las transformaciones en el Perú que se mantienen exitosas hasta hoy y que en EEUU encontramos experimentado con éxito (económico y político)  desde los años 50 con Theodore Repplier del Ad Council y el presidente Dwight D. Eisenhower.

Paz Pereira no habló de acuerdos políticos con otros sectores democráticos, algo fundamental para la aprobación de sus leyes fundamentales por una Asamblea fraccionada (de UNIDAD se han desgajado algunos antes aliados, como CREEMOS, y la bancada del PDC está dividida, al menos, en tres: rodriguistas, castristas —que siguen al presidente de Diputados, apoyo tácito de Paz— y laristas) y para potenciar el Equipo de Gobierno. No mencionó reformas parciales de la Constitución (imprescindibles para captar inversiones extranjeras) ni revisión de leyes, aunque debe entenderse como imprescindibles; tampoco resaltó (ni mencionó en el discurso) la obligación antes que el Directorio del FMI (sólo ha pasado la etapa de ´discusión con la comisión técnica) apruebe el crédito de USD1.500 millones (reducidos desde los USD5.000 millones originalmente solicitados), con la obligación del Gobierno Paz de reducir el déficit fiscal este año a cerca del 9 % del PIB (meta considerada ya en el FGE Reformulado aprobado por la Asamblea), al 6 % en 2027 y al 3 % en 2028, lo que obliga a recortar en alrededor del 67 % el actual desequilibrio de las cuentas públicas.

Malo también fue la ausencia de autocrítica de la ambivalencia en las decisiones antes de la crisis que se inició el 1° de mayo ni la falta de estrategias de prevención. Y no sólo eso es lo malo: Lo es también el timorato y poco ponderado proceso de gestionar decretos y leyes.

Pero, en el plano político ciudadano, fue muy malo que faltara una reflexión fundamentada sobre la vertiginosa caída de la aprobación de la gestión presidencial, que en sus inicios (noviembre de 2025) estaba en el 65 % y que en julio pasado cayó al 32 %: 33 puntos porcentuales menos, un spread negativo desde la mitad de noviembre (paralelamente, la desaprobación subió del 18 % en 2025 al 55 % en julio).

En agosto del 2025, que en nueve días hará un año, el 86,65 % de más de cinco millones de electores bolivianos que ejercieron efectivamente su voto: más de cuatro millones y medio de ciudadanos bolivianos, votaron por un cambio profundo que, en progresión y con vaivenes, no ha cristalizado aún.

Atentos y sin dudar en esa meta de renacer Bolivia, esperamos los resultados

Manos a la obra. Pero de una vez ya y de verdad.


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José Rafael Vilar

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