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Las redes sociales son incontrolables

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El gobierno quiere controlar a las redes sociales, ha creado su propia estructura legal y administrativa y le ha asignado un importante presupuesto económico. La preocupación del ejecutivo no son las redes, sino el poder de las redes, ya que son capaces no sólo se molestar con los ingeniosos “memes” a los jerarcas públicos sino también de influir en los resultados del referéndum F-16, las movilizaciones, marchas y los reiterados hechos de corrupción. 

Las redes sociales han tenido que competir (y a diario compiten) con la maquinaria propagandísticas en manos del gobierno, y por supuesto ponen de manifiesto lo que los medios oficiales tratan de ocultar o censurar. Y como el gobierno parece que tiene mucho qué ocultar, busca cómo controlar a sus controladores. En realidad, a ningún gobierno le gusta que lo fiscalicen y, por tanto, les irrita la libertad de expresión, y buscan cómo minimizar o neutralizar hechos concretos de corrupción y abusos de poder que interesan a la opinión pública.

Las redes sociales no se las puede controlar, menos eliminar, sino todo lo contrario y como sostiene un atendido, éstas deben servir para:

1) Compartir información y no propaganda. La información es el alimento indispensable de la opinión y la decisión, y la opinión es el fundamento de la participación.

2) Poner en común temas o problemas públicos para fomentar la participación de la ciudadanía en las soluciones y propuestas. Democracia es participar y la participación obliga a un gobierno a la transparencia.

3) Fomentar el disenso, la deliberación y el consenso bajo la filosofía de que los adversarios negocian, pactan y cumplen sus acuerdos; en cambio los enemigos no disienten ni deliberan ni pactan, se matan.

Sin embargo, las redes difunden información sin verificar, ni contextualizar y muchas veces terminan jugando con las emociones, lejos de la razón. Tienen un innegable poder en la formación cultural, política, religiosa de los habitantes y, por tanto, deben ejercer con responsabilidad la función social que desarrollan.    

En realidad, se magnifica la inmediatez antes que ponderar la verificación de los hechos, de los datos, de la información, lo que se necesita para la difusión de los últimos descubrimientos de la ciencia. Y dado el flujo informativo existente, urge reconocer lo falso de lo verdadero, y para eso se necesitan fuentes confiables. Las noticias falsas dan origen al reconocimiento expreso de su existencia y, a partir de ello, surge el debate y la polémica sobre éstas.  

Las noticias tardan escasos segundos en viajar por todo el mundo, acompañadas de fotos, videos o sonidos y llegan y se reproducen en YouTube, Instagram, Facebook, Twitter, entre otros medios. En plena sociedad de la información y el conocimiento tenemos un bombardeo sistemático de información y como alguien ha dicho: un exceso de comida no hace seres humanos sanos. Por lo tanto, tiene que haber una selección profesional de alimentos, tanto en cantidad como en calidad; su paralelo, en este caso, sería la existencia masiva de información y su uso indiscriminado e irracional.

El uso y abuso de noticias falsas y los rumores, tienen consecuencias para quien emite la información, la recibe, la utiliza y la propaga; en fin, para todos los involucrados en el proceso de la información. En este contexto prevalecen los sentimientos y las creencias, y muchas veces se terminan manipulando hechos que son de interés general. 

La desinformación es una paradójica realidad, que genera desconcierto no por la falta de información seria, sino quizás por deseo y cierta manipulación de algunas piezas informativas, o por omisión de datos, recreación parcial de un hecho o una nota periodística. Se trata de un fenómeno que va permeando lo personal, lo profesional y lo social al usar códigos, imágenes, sonidos y textos, es decir, elementos que se conjugan para alcanzar diversos objetivos. 

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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