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Rojo en Bolivia

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En agosto de 1939, el general español Vicente Rojo Lluch tomó la pesada decisión de encarar un segundo exilio. El doble extrañamiento fue tocando la vida de quienes huían de su patria aquel año de la victoria de Francisco Franco, sellada con la caída de Barcelona en febrero previo. Abatido, Rojo había cruzado hacia el lado francés de los Pirineos con la sospecha de que difícilmente podría refundar allí su vida como desterrado. Él y sus camaradas eran los primeros seres humanos confrontados por la aviación de Hitler y la infantería de Mussolini, martillos anticipados de la gran guerra que ya se asomaba en las praderas de Polonia.

Teresa Fernández, la esposa, y seis de sus siete hijos arribaron a Vernet-Les-Bains, Francia, poco después de la evacuación de los combatientes desarmados. Una vez juntos, los Rojo meditaron sobre su próxima parada. Mientras la mayoría hacía fila en el puerto de Burdeos para embarcarse con destino a la Unión Soviética, México, República Dominicana o Chile, los países amigos de su causa, ellos optaron por reservar camarote en el vapor Alcántara, que ofrecía cubrir el trayecto hasta la Argentina. Como ha contado su nieto José Andrés, el general Rojo buscaba alejarse lo más posible del teatro de operaciones en el que se lució como ajedrecista virtuoso desde junio de 1936. Don Vicente quería interponer kilómetros entre su dolor y su futuro.

El británico “Alcántara” llevaba en su vientre a cientos de pasajeros. Para no ser vistos por el enemigo, las luces a bordo se mantuvieron apagadas. Aquellas noches transcurridas sobre la negra sopa del Atlántico fueron adversas al descanso, aguijoneadas como estaban por la vibración discreta de los submarinos alemanes.

En Buenos Aires, el uruguayo Natalio Botana, director del diario “Crítica”, esperaba con ansias al destacamento flotante. Jugado por entero a los ideales de la República española, reclutó a quienes le podían dar mayor lustre a sus páginas. Rojo se transformó así en cronista de la Segunda Guerra Mundial. Hay 500 artículos suyos en la hemeroteca. Nadie mejor que él para esa faena literaria; él, autor de la única gran victoria republicana en la Guerra Civil, la de Teruel, arquitecto de la defensa de Madrid y de las ofensivas de Belchite, Brunete y el Ebro. Los historiadores coinciden en señalar que la Guerra Civil tuvo dos estrategas centrales: Rojo y Franco.

A pesar de su producción escrita, nuestro exiliado no fue feliz en Buenos Aires. Volvió a toparse con las trincheras mentales que tanto lo afligían. Lo intuían comunista, otros lo imaginaron masón. Por eso, cuando en 1942, otro General, Enrique Peñaranda, lo invitó a dar clases en la Escuela de Estado Mayor de Cochabamba, no vaciló en aceptar. Los Rojo se mudaron ese año a la Muyurina y ahí se quedaron hasta 1957.

Jaime Renart, su jefe de milicias en la Guerra Civil, resumió así lo que vio cuando pudo visitarlo en la Llajta: “Lo recuerdo en su casa de Cochabamba, devorando metros y kilómetros de la mesa familiar, en un amplio comedor, las manos en la espalda, mirando de vez en cuando a su familia reunida y extasiándose con la maravilla del Tunari nevado; cavilando al mismo tiempo la arquitectura de sus libros de ciencia militar -textos ya clásicos algunos- o de sus obras de historia verídica, objetiva, pero ardiente, de nuestra guerra”. Iniciada la década del 50, Renart añade: “El general Rojo nunca dejó de pensar en España, en una España lejana, enferma, que a él le dolía en lo más profundo de su ser, por eso, cuando su salud se degradó, deseó regresar a la patria para descansar en ella. Para Bolivia, que le había otorgado el rango de general de su ejército con todos los derechos inherentes, incluso los de retiro, fue una pérdida irreparable; para todos nosotros fue una tragedia. Y un motivo de emoción y de orgullo el acompañar al general enfermo y asistir, en las estaciones de ferrocarril perdidas del altiplano, a 4 mil metros de altura, traspasadas de vientos helados, al adiós entrañable de las guarniciones, al homenaje silencioso de un ejército despidiendo a uno de sus jefes más admirados y respetados; al llanto viril de muchos de los oficiales que habían sido sus alumnos y que nunca, ellos tampoco, podrían olvidarle”.

Renart se excedió en sus palabras. Aunque Rojo se quedó 15 años en Bolivia, plantó su cuantiosa familia en este suelo, nos dedicó su libro Caminar (1965) y recibió el Cóndor de Los Andes, pocos saben hoy que Cochabamba tuvo como a hijo propio al exiliado español más prominente después de Indalecio Prieto o Manuel Azaña.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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