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Gorbachov: el cierre del siglo XX

Con la muerte de Mijaíl Gorbachov, cierra el capítulo de los estadistas de fin de siglo XX, en el cual desplegó su improbable trayectoria. Hoy, que el orden mundial postsoviético está sacudido por grandes agitaciones, debemos reflexionar sobre la audacia y carencias de su legado.

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Por Guillermo Tell Aveledo Coll1

En la memoria colectiva, ya difusa por la distancia, Gorbachov fue el último premier del otrora formidable sistema soviético. Desde esa posición, su política de atrevido reformismo chocó con las posibilidades del Estado que tuvo bajo su responsabilidad, viéndose constreñida por un limitado capital político ante la puja de los sectores más reaccionarios. Sin embargo, su voluntad promovió una conclusión pacífica de la Guerra Fría, potenciando una relación constructiva entre Oeste y Este, decidiendo no intervenir militarmente ante el Otoño de las Naciones de 1989.

Una larga trayectoria

Como otros líderes soviéticos, el improbable perfil de Gorbachov muestra un origen humilde, pero a diferencia de sus antecesores, no tuvo experiencia de la ebullición revolucionaria de 1917, o el rigor de los veteranos de la Segunda Guerra Mundial. Gorbachov nació en 1931 en la aldea rural de Privolnóie, Stavropol, cerca del Cáucaso ruso. Criado en un koljós, en el apogeo de los experimentos de colectivismo agrícola de la era de Stalin, su modesta educación era un límite a su efectiva capacidad. Tras la guerra, ingresa a la Juventud Comunista, compartiendo la militancia, con los estudios y el trabajo como obrero agrícola. Formado como abogado en la Universidad Estatal de Moscú, formaliza su ingreso a los cuadros tecnocráticos del Partido Comunista de la URSS. Aunque es funcionario del partido, especializándose en asuntos agrícolas, e ingresando al Comité Central del partido a los cuarenta años, y al politburó dentro de la década siguiente. Su posición en el partido lo expone a las economías y dinámicas políticas de Occidente.

Esta etapa, propagandísticamente llamada “socialismo desarrollado” por el premier Leónid Brézhnev, intentó expandir la capacidad industrial soviética de la industria pesada hacia bienes de consumo masivo, que fracasa por la ineficacia de su planificación, y su dependencia efectiva de la renta petrolera. El acelerado ritmo ascendiente de la economía soviética de los cincuentas y sesentas declina rápidamente a partir de 1973, mientras que sus fuerzas militares se comprometen a la primera expedición expansionista soviética fuera de la Cortina de Hierro, en Afganistán. Un sistema agotado, respondió reforzando viejos modos, insistiendo en la sucesión de ancianos revolucionarios -de Brézhnev a Andropov a Chermenko- en la dirección del gobierno. El politburó soviético asume la necesidad de, al menos, un cambio de imagen, y Gorbachov es apoyado como Secretario General del PCUS, y octavo líder de la URSS.

Perestroika y Glasnost

Internamente, Gorbachov modifica la conducta del liderazgo soviético ante la percepción colectiva. De la distancia sacralizada o anquilosada, evoca algo de la llaneza de Jrushchov, pero con la sensibilidad técnica de un funcionario especializado. Visita frenéticamente fábricas y granjas, comunidades y escuelas, en atención a problemas locales. Urge al aparato del partido y del Estado a ser receptivo a las demandas sociales, y trata de mitigar el desdén ciudadano. Cultiva estas ideas en dos conceptos: Perestroika, o reestructuración, y Glasnost, o transparencia. La primera, con el propósito explícito de llevar al socialismo soviético a una etapa viable económica y políticamente. La segunda, tratando de romper el velo de silencio dentro de la cultura política soviética, fomentando la crítica y exigiendo cuentas reales al aparato público. Gorbachov estaba convencido no sólo de la grandeza de su país, sino del carácter coyuntural, accidental de la violencia y la corrupción del sistema soviético; podía convivirse con mayor libertad económica y de información, en un mundo que no amenazaba sus logros. Gorbachov estaba también persuadido que las otras experiencias del socialismo real podían proceder, y desarrollarse en esa dirección, pero la expectativa de esos autoritarismos era otra.

Gorbachov con el canciller alemán Helmut Kohl. Fuente: DW

En Occidente, la recepción comienza con una mezcla de incredulidad y euforia. El contexto global es el de la tercera ola de democratización, y en Europa Occidental, de la atemperación de partidos socialistas y eurocomunistas. De manera casi improbable, consigue en líderes liberales y conservadores, especialmente en los estadounidenses Ronald Reagan y George Bush, y en el alemán Helmut Kohl, interlocutores importantes. Junto con su esposa Raisa, son vistos como una nueva generación moderna, discreta y afable, pero también convencidos de la necesidad de desescalar tensiones. La verdad es que fue un compañero confiable, en la promoción del desarme nuclear, pero también en la distensión de potenciales conflictos armados ante la caída del Muro de Berlín.

Para sus críticos, la combinación de apertura política y reformismo económico ha sido castigada a la vez como demasiado tímida y demasiado audaz. Gorbachov recibe un país casi inviable, con una burocracia politizada, una tecnología rezagada, y una estructura administrativa que impedía decisiones cruciales. El desastre nuclear de Chernóbyl, la incapacidad de adaptación industrial a la era de la computación, y el peso de la guerra en Afganistán eran fardos pesados para cualquier liderazgo, más aún uno que confiaba en la buena voluntad de sus camaradas. Puede decirse que el propio sistema se hizo irreformable. Gorbachov trató de devolver algún poder a la sociedad, y éste fue secuestrado en el camino por una trama intencional y accidental de ofuscación soviética. Lo que hoy parece una conclusión anunciada, sorprendió al mundo: en el curso de pocos meses, los países de la esfera de influencia soviética se ven poseídos de movimientos de insurgencia popular que, a diferencia de décadas pasadas, no son sometidos con la lógica represiva del Pacto de Varsovia.

Gorbachov decide no intervenir, y con eso remueve el piso de legitimidad de las autoridades comunistas locales: o se reforman, o serán removidas por su población. Para su sorpresa, y paralelamente, esto es replicado dentro de las repúblicas soviéticas. Frentes populares en Letonia, Estonia y Lituania, el conflicto entre Armenia y Azerbaiján, y el reconocimiento mutuo de la independencia de Rusia, Ucrania y Bielorrusia al crear la Comunidad de Estados Independientes, dejaron impotente al líder soviético. Tras un intento de golpe ortodoxo en su contra, su autoridad había sido minada, y los reformistas más radicales lo dejaron de lado. El 25 de diciembre de 1991, Gorbachov anuncia su renuncia como líder de un estado que no era reconocido de hecho por su sociedad. Su discurso, televisado al mundo con cámaras estadounidenses, dio perspectiva a su decisión:

“Se ha impuesto la línea de la desmembración del país y de la desunión del Estado, lo cual no puedo aceptar… El destino quiso que cuando me vi al frente del Estado fuera ya patente que nuestro país no marchaba bien. Teníamos mucho de todo: tierras, petróleo, gas y otros recursos naturales, por no hablar de la inteligencia y el talento del que nuestro pueblo ha sido dotado, pero vivíamos mucho peor que en los países desarrollados y cada vez íbamos más retrasados con respecto a ellos. La causa estaba clara: la sociedad se ahogaba en las garras de un sistema autoritario burocratizado. Condenada a servir a la ideología y a soportar el terrible peso de la carrera armamentista, había llegado al límite de lo soportable.

Todos los intentos de reformas parciales y hubo muchos, habían fracasado uno tras otro. El país perdía la perspectiva. Así no se podía vivir. Había que cambiarlo todo radicalmente.”

¿Catástrofe geopolítica?

Lo que el liderazgo actual de Rusia ha calificado como “la catástrofe geopolítica más grande del siglo”, hoy parece inevitable. Para la mayoría de los rusos, hoy, Mijáil Gorbachov es el líder sobrepasado por los acontecimientos, y el prólogo de los años de catástrofe económica e inestabilidad política que siguieron a su renuncia. Para sus sucesores, era la conciencia crítica pero impotente contra la corrupción y la deriva autoritaria. Para el movimiento democrático liberal ruso, su integridad es también motivo de frustración. Sus dolientes, si se quiere, están en Occidente, y la reacción ante su muerte ilustra la zanja entre Rusia y el mundo libre: de unas frías y distantes condolencias, al elogio nostálgico. Gorbachov, sin duda, el último líder ruso que ha concitado admiración casi unánime en las democracias.

[Lee también: Lo que nos cuenta Putin: medios rusos en América Latina]

¿Se trata acaso de que vemos en Gorbachov la figura opuesta a Vladimir Putin? Donde el presente jefe ruso aparece con esa combinación de machismo, desdén hacia las reglas, venalidad y nostalgia imperial, el recuerdo de Gorbachov nos lo muestra como una persona sencilla, con gran honestidad personal, con la modestia de unas aspiraciones increíbles. Era Gorbachov el verdadero revolucionario, y ese vacío lo toma hoy el propósito expansivo del Kremlin, ante el cual la fama pacifista del último presidente soviético es una molestia. Desde una perspectiva autoritaria, acaso las lecciones no sean incorrectas. Todo dictador se ve retado ante la perspectiva de escoger entre Gorbachov, y ser barrido por sus reformas, o ser un Dengo o un Castro, que continuaron sus sistemas sin vergüenza alguna.

Las lecciones del estadista

El propio Gorbachov admitió con los años que, para poder llevar a cabo su audaz programa de transformación necesitaba ser un Zar, lo cuál era contrario a su carácter. Acaso el error es otro: la convicción de que es posible transformar un sistema desde adentro, omitiendo que ese sistema está construido por los vicios que se pretende erradicar. El desastre ruso de finales de siglo tiene su germen en el propio sistema soviético, y no en las reformas promovidas; no por nada la violencia y la corrupción son la constante, aunque se haya pasado de la nomenklatura a los oligarcas.

Gorbachov visita el muro de Berlín en 1998. Micheline Pelletier (GETTY)

¿Cuál es la lección para las democracias del mundo? El haber permitido, con el triunfalismo que caracteriza la autocomplacencia democrática, que la venalidad y la incompetencia tomasen el control de varias de las antiguas repúblicas socialistas, con la venia rapaz de especuladores occidentales, minaron la confianza de millones de ciudadanos en las reformas democráticas, y sí ha sido una tragedia política insoportable. A veces los cantos de sirena del cabildeo y los errores de inteligencia cuestan a los movimientos transformadores dentro de las sociedades que quieren emerger a la democracia, así como a los reformistas sensatos que pueden ser el único freno al colapso que inevitablemente desencadenará una añoranza autoritaria. No podemos dejar solos a los demócratas que buscan internamente cambiar sus sociedades, ya en Kiev, Moscú, Harare, La Habana, Managua o Caracas. Con Gorbachov parece morir la esperanza de la última ola de democratización del siglo XX, mientras estamos a la espera de la primera apertura de este ya largo siglo de autoritarismos.


1Doctor en ciencias políticas. Decano de Estudios Jurídicos y Políticos, y profesor en Estudios Políticos de la Universidad Metropolitana de Caracas.

*Este artículo fue publicado en panampost.com el 02 de septiembre de 2022

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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