OpiniónPolítica

El sonido del péndulo

Lo que pienso

José Rafael Vilar

Analista y consultor político

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No es la onomatopeya ni es el tictac que hace sonar un péndulo cuando esté en un reloj mecánico —cuando no es mecánico, es una frecuencia muy baja, inaudible: menos de 20 Hercios, casi un infrasonido— porque en ese caso el sonido no es del péndulo sino es el resultado del mecanismo de escape, que libera los engranajes y proporciona los impulsos fijos para mantenerlo en movimiento. Ése que no oímos, que no es mecánico, que no da ruido, es el sonido verdadero del Tiempo.

Cuando en 2019 presenté mi reciente (entonces) Auge y caída del socialismo del siglo xxi tal parecía que ese socialismo —mezcla del socialismo utópico de Fourier, el neomarxismo europeo y el “socialismo democrático” eurocomunista— que nos llegó una década antes con las etiquetas de Steffan Dieterich, los petrodólares de Chávez y el marxismo “revolucionario” reciclándose de Castro el Mayor y Lula da Silva estaba acabándose o, al menos, languideciendo: En octubre de 2015, el macrismo ganaba las elecciones en Argentina, derrocando al eterno peronismo; la venezolana
Mesa de la Unidad Democrática (opositora al chavismo) ganó en diciembre de ese mismo 2015 mediante votación universal, directa, personalizada y secreta con representación proporcional (el speech es para que no haya dudas) las elecciones para renovar todos los escaños de la Asamblea Nacional, paradójicamente utilizando las “ventajas” del voto diferenciado que el chavismo había constitucionalizado antes en su beneficio; en febrero de 2016 la mayoría de los ciudadanos bolivianos le dijeron NO al continuismo de Morales y AGL (que después unas marionetas leguleyas hicieron un sancocho legal para viabilizarlo); en abril de 2016 fue el juicio político para Rousseff en Brasil y en agosto siguiente fue finalmente destituida (un año después, su mentor Lula da Silva entró en la cárcel por corrupción pero cuatro años después el juicio fue anulado por un magistrado del Supremo que había apoyado a Rousseff) y ese mismo mes en Perú lograba la victoria Kuczynski (obligado a renunciar menos de dos años después ante la segura vacancia promovida por los legisladores del partido de la misma candidata que él venció en ballotage dos años antes y que ahora se le disculpó tras el estrés del nuevo ballotage que le da victoria); en febrero de 2017 Ecuador efectuó elecciones presidenciales y parlamentarias que ganó Lenín Moreno porque su anterior jefe (Correa) quiso dejarle el fárrago de la crisis económica que llegaba provocada por la Revolución Ciudadana del mismo Correa; ese mismo año, en noviembre, Piñera fue electo nuevamente en Chile (terminando la cohabitación de la Concertación Democrática con el Partido Comunista que había estrenado Bachelet cuatro años antes); en abril de 2018 Abdo Benítez triunfaba en Paraguay, en mayo Duque ganaba las elecciones en Colombia y en octubre de ese mismo año Bolsonaro vencía en las de Brasil.

Pero el réquiem era prematuro y, glosando a Cornielle, «los muertos gozaban de buena salud» gracias al Grupo de Puebla de López Obrador con los restos del Foro de São Paulo: las protestas en Ecuador en 2019 y 2020 (y las que seguirían en 2025 y 2026); las de Bolivia entre fines de 2019 e inicios de 2020 tras el fraude de Morales y su huida a México (aunque habría que incluir los bloqueos de 2025 y 2026); las de Colombia en 2019, 2020 y 2021; las de Chile en 2019-2020 y parte de 2021, y las de Perú en 2022 y 2023 (aunque también pueden considerarse las postelectorales de 2021). El libreto para todas esas crisis fue muy similar en la mayoría —un desencadenante “menor” como el incremento en el costo del transporte en Chile, o la ampliación fiscal en Colombia y Ecuador— y el disparador de la violencia ha sido inmediato y encolerizado.

Ahora, 2026, el péndulo nos trae el sonido verdadero de un cambio en otro sentido: Las victorias de Bukele (El Salvador) en 2019 y 2024; Abinader (República Dominicana) en 2020 y 2024; Chaves (Costa Rica) el 2022 y Fernández en 2026; Peña (Paraguay) en 2023; Noboa (Ecuador) en 2023 y 2025; Mulino (Panamá) y Milei (Argentina) en 2024; Paz (Bolivia), Kast (Chile) y Asfura (Honduras) en 2025 (asumieron éstos ambos en 2026); la aprehensión de Maduro (2026… ¿aún se le menciona?) y la victoria ahora recién De la Espriella y Fujimori —y potencialmente un cambio de ritmo en Brasil este año y pronto en Venezuela— marcan un cambio pendular en Sudamérica, fuerte y claro, al que no desentonan radicalmente Arévalo (Guatemala, 2023 asumiendo 2024) ni Orsi (Uruguay, 2024, asumiendo 2025) —ambos de una izquierda soft— y que podemos encontrar expresado en el Grupo de Lima (integrado por Argentina, Barbados, Brasil, Bolivia, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Estados Unidos, Granada, Guatemala, Guyana, Haití, Honduras, Jamaica, México, Panamá, Paraguay y Perú y Santa Lucía, aunque México y Brasil posteriormente se hayan progresado).

De la Espriella ya es presidente reconocido en Colombia y el 7 de agosto tomará posesión del cargo, interrumpiendo la ruptura histórica que fue el gobierno del Pacto Histórico. La victoria de Defensores de la Patria, más que una oda a la tradición política colombiana —en la que el mismo De la Espriella no se inscribe—, es también la victoria del cansancio del país con los problemas no resueltos, donde la guerrilla remanente y el narcotráfico y la violencia delincuencial (todos caras de Jano), sumado con promesas incumplidas o mal cumplidas del actual Gobierno y su política errática, han llevado a un cambio que era ya urgido. Las actuaciones del próximo Gobierno —de por sí más cerca de Milei y Trump que de Uribe— darán la pauta de si será una neoderecha renovadora o repetirá los ciclos (y errores) anteriores. (Hago pausa: Muchos medios han empleado a tutti pleni las etiquetas de extrema derecha y fascista para todo lo que no sea izquierda, repitiendo consignas más ideológicas —woke— que de un análisis objetivo, posiblemente ya sea por propia posición política de quien “comunica” o por falta de mayor formación —que es cuando basta gritar ahí viene el lobo aunque sean desconocedores de Esopo—, pero usualmente son clementes con los extremismos de izquierda —como el maoísmo de Sendero Luminoso o el guevarismo del MRTA en Perú o el nacionalismo radical de EH Bildu y su alter ego ETA. Quede esta apostilla como constancia)

El nuevo Gobierno colombiano y el que asumirá poco antes (el 28 de julio) en Perú tendrá varios retos: El primero, que es claro que el país que va a gobernar aparece en dos mitades bastante similares —más en Perú— y necesitará todo su esfuerzo para evitar que se repitan las crisis anteriores (lo que incluye evitar que se vuelva a aplicar el conocido Manual del Grupo de Puebla); el segundo reto es en gobernabilidad: ni en Colombia ni en Perú los próximos Gobiernos van a tener las mayorías necesarias para avanzar pero deberán construir esas mayorías —permanentes o, más seguro, circunstanciales— dialogando con los que están indecisos y también (¿por qué no?) con los que están en desacuerdo.

Fujimori lo tiene más difícil: Arrastra el fantasma de El Chino, su padre y de la corrupción delincuencial y el totalitarismo que campeó, sobre todo al final de su segundo período y en el tercero fracasado, lo que conlleva que una gran parte del país no la acepta ni, posiblemente, la aceptará a pesar de que logró frenar el terrorismo y potenciar la economía, en buena medida continuada vigente hasta la actualidad. También le afectará cuán permanezcan potenciados el castillismo y su heredero, el sanchismo (el peruano, no el español, aunque sea de laya semejante), incapaces de reconocer su derrota.

Esperemos que ambos —todos los gobernantes, en fin— aprendan de los errores y crisis anteriores y aprovechen de la comunidad política hemisférica que los acompaña para avanzar sus países. Porque así avanzaremos todos.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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José Rafael Vilar

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