OpiniónEconomía

Para desbloquear el desarrollo de La Paz

Pablo Mendieta Ossio

Economista en el campo de políticas públicas

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La Paz festejó su aniversario después de 53 días de paro. Estuve hace una semana allá y percibí la angustia porque familias perdieron ingresos, empresas quebraron y la confianza quedó dañada. ¿Qué tipo de desarrollo podría devolverle a La Paz un propósito común?

La paradoja paceña es clara. Concentra poder político, instituciones, universidades y profesionales. Ser sede de gobierno impulsó el empleo y una amplia economía de servicios. Pero también generó alta dependencia del gasto público, congestión, mucha conflictividad y una cultura orientada al contrato estatal.

En 2023, la administración pública fue la actividad de mayor peso en el producto departamental. Su participación subió de 13% en 1988 a cerca de 21% décadas después. Además, alrededor de 80% de la población ocupada trabaja en servicios, transporte, comercio y administración pública. La Paz concentra decisiones, pero no pudo convertir esa centralidad en productividad, innovación y exportaciones.

No le faltan activos. Tiene capital humano, un gran mercado junto con El Alto, patrimonio cultural y una extensa economía emprendedora. Puede crecer en servicios digitales, turismo, logística hacia el Pacífico, manufactura especializada y economía creativa.

Tampoco le faltaron planes. Hubo descentralización, mejoramiento barrial, transporte masivo, gestión de riesgos y planificación de largo plazo. Barrios de Verdad y Mi Teleférico mostraron avances concretos.

El problema fue que esas iniciativas rara vez formaron una estrategia coherente. Se planificó por separado para los municipios y el departamento; se confundieron potencialidades con proyectos viables; y se midieron obras y presupuestos, no productividad, empleo formal o crecimiento empresarial.

San Buenaventura es una advertencia. El proyecto fue descartado técnicamente en los años setenta por deficiencias económicas y financieras. Décadas después se convirtió en empresa estatal y opera por debajo de su capacidad, entre otras razones por la falta de materia prima. Las aspiraciones regionales no sustituyen la evaluación técnica.

La literatura sobre desarrollo regional deja una lección sencilla: no existe una receta universal. Las regiones exitosas parten de sus capacidades y combinan capital humano, infraestructura, instituciones y empresas. Una carretera, una planta o un parque industrial sirven poco si faltan empresarios, trabajadores capacitados, financiamiento y mercados.

Por eso creo que la estrategia paceña debe descansar en la iniciativa privada. A escala nacional, más de 70% de la producción proviene del sector privado y nueve de cada diez empleos se generan fuera del sector público. El Estado puede habilitar el desarrollo; las empresas y los emprendedores deben invertir, innovar y asumir riesgos.

Eso exige cambiar el enfoque. No se trata de multiplicar capacitaciones, ferias o fondos sin resultados. Se trata de facilitar que el autoempleo se convierta en microempresa, que la microempresa crezca y que más empresas puedan formalizarse, incorporar tecnología y vender en más mercados.

Su política regional debería simplificar trámites, hacer atractiva la formalización, proteger contratos, mejorar el financiamiento y conectar universidades con empresas. También debe reconocer plenamente su metrópoli donde La Paz, El Alto y Viacha forman una economía complementaria: una concentra servicios avanzados y conocimiento; las otras, manufactura, comercio y logística.

Las provincias deben integrarse mediante cadenas viables. El altiplano puede avanzar en lácteos, camélidos y tubérculos; los Yungas y el norte paceño, en café, cacao, frutas y turismo. No se trata de declarar potencialidades, sino de identificar productores, demanda y posibilidades reales de agregar valor.

Después del paro, La Paz necesita empresas que creen valor, un Estado que construya capacidades y una institucionalidad que coordine.

El mejor homenaje a La Paz es desbloquear y multiplicar sus oportunidades, lo cual dependerá de sus habitantes y sus líderes.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo

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Pablo Mendieta Ossio

Economista en el campo de políticas públicas

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